Un mal que corroe la democracia

Ricardo Monner Sans
Ricardo Monner Sans PARA LA NACION
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1 de octubre de 2018  

La realidad económica posterior a la Segunda Guerra Mundial hoy es otra. No solo porque la vertiginosa concentración en pocas manos de la riqueza material debilita al sector del trabajo de manera irreversible, sino porque la especulación financiera se ha ido agrandando de manera galopante.

Aquel capitalismo que pudo acoger el llamado Estado del Bienestar, ha sucumbido. El dinero especulativo succiona riqueza dejando a la intemperie a cada vez más vastos sectores sociales. No crea empleo, única alternativa para aquel que solo tiene como capital su fuerza de trabajo. Y como el dinero se adelgaza en un mundo cada vez más caro, se suman a la pobreza aquellos que solo pueden apostar a subsistir. Los Estados nacionales inyectan auxilios en cuenta gotas, despreocupándose de subsidios y de haberes jubilatorios. La perspectiva de progreso en los sectores mayoritarios se diluye porque la dramática lucha por el trabajo priva de educación, de cultura, de salud, de agua potable, de electricidad. El Estado de Derecho quiso ser el modulador de servicios para todos y no agotarse solo en la tripartición formal del poder (cada vez menos tripartito). El deterioro humano que se ha evidenciado, vino para quedarse.

El populismo es consecuencia obligada frente al enorme enriquecimiento de los muy pocos ricos. Con lo que se agranda el tajo social y se empobrece la calidad democrática. Denostar el populismo sin advertir la correlación que se genera desde la riqueza de unos pocos, no es posible. La opulencia de pocos gesta un populismo que -de derecha o de izquierda- retuerce esperanzas institucionales. Aunque haya comicios regularmente. El voto en Occidente va acompañando el crecimiento de ese populismo. Los pobres de nuestro tiempo miran hacia un lado y se encuentran con el modelo de la corrupción; miran hacia el otro y ven la soberbia de los que tienen y el avance de las formas tecnológicas que apuntan a suprimir mano de obra humana.

El Estado, pensado como la respuesta jurídica de la sociedad organizada, viene debilitando su aporte. Y no hay signos que permitan revertir la situación. Porque los ricos -personas físicas o multinacionales- aspiran además a que el Estado no los toque. Evaden. La evasión quita aptitud al Estado para combatir la desigualdad social. La evasión termina protegida por el propio Estado. Comparativamente, ocurre cada vez menos puertas adentro, porque es mucho mayor la extranjerización de dineros y de bienes. El crecimiento de paraísos fiscales para albergar a las off shore es notable. No todo el dinero extranjerizado implica necesariamente evasión, pero en todo caso es capital que se resta a cualquier esfuerzo nacional de crecimiento democrático.

La democracia se achica porque la desigualdad se agranda. Y la desigualdad se agranda, entre otras cosas, por la evasión. La extranjerización es la contracara de la transparencia. Y en los últimos -digamos- veinte años, los fenómenos de corrupción han crecido por una suerte de internacionalización de dineros y bienes y por la degradación moral de los que estaban obligados a no degradarse.

No hace mucho registraba en cifras las pérdidas de países que, sin evasión, hubieran podido mejorar sustancialmente la calidad de vida. José Antonio Ocampo -Presidente de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional- explicaba por qué, a nivel mundial, se podía medir en más de un 40% los "beneficios" obtenidos por las multinacionales con motivo de su traslado a paraísos fiscales. "Beneficios" es ventaja por evadir.

¿Hay manera de medir en nuestro país qué pasa con las grandes empresas? ¿Es cierto que muchas evaden y, además, pagan sobornos desbaratando toda posibilidad de auténtico progreso social? ¿De quién es la responsabilidad, sabiendo que está de por medio el hambre y la enfermedad de miles y miles de chicos -no solo de ellos- que no podrán dar en la vida lo mejor porque la desnutrición atrofia intelectos?

Desentenderse de la evasión implica para los países pobres, recurrir al endeudamiento. El Estado -permisivo con los ricos- se arrodilla y se endeuda. Al hacerlo acrece el problema social: ¿por qué las generaciones futuras tienen que absorber costos que ellas no generaron? ¿Quién y cómo rompe el círculo vicioso? ¿Por qué se permite, por ejemplo, que YPF haya extranjerizado dineros en un paraíso fiscal (Delaware), desentendiéndonos de que se trata de la mayor empresa argentina?

Abogado, Presidente de la Asociación Civil Anticorrupción

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