Más allá de la estadística, hace décadas que los pobres no notan cambios en su vida

Paula Urien
Paula Urien LA NACION
Fuente: Archivo
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2 de octubre de 2018  • 10:19

El ascenso y descenso cíclico de la pobreza habla de la enorme sensibilidad que tienen algunos sectores sociales a los vaivenes de la economía. Más allá de la clase media, que se siente castigada por la pérdida del poder adquisitivo del salario que este año está rezagado contra la inflación, los sectores más vulnerables no ven, desde hace décadas, cambios importantes en su manera de vivir pese a las estadísticas: casas precarias, poco y nada de servicios, problemas para acceder a la salud, a la educación a la seguridad y al trabajo de calidad. Desde los años '80 hay entre un 20% y un 25% de la población que nunca salió de la pobreza, ni siquiera durante los ciclos económicos más favorables, según estimaciones del Observatorio de la Deuda Social Argentina, de la UCA.

Esta vez, tal como se vio la semana pasada, el dato fue negativo. Quizás el número de pobreza del primer semestre de 2019 vuelva a ser positivo y luego, post elecciones, no se sabe qué será y así sucesivamente. En porcentaje de la población, los números son: 30,3% de pobreza en el segundo semestre de 2016; 28,6% en el primero de 2017; 25,7% en el segundo de 2017 y 27,3% en el primero de 2018 (último dato del Indec ).

Los cambios significativos vienen del acceso a un empleo de calidad. Un dato impactante presentado por el BID durante la última conferencia anual de FIEL reflejó que el conjunto de planes sociales, tan necesarios para cubrir las necesidades de quienes están fuera del sistema, de quienes no logran llegar a fin de mes ni alimentar a su familia, en realidad tienen un comprobado efecto secundario y contraproducente: llevan a la informalidad. Obviamente, el dinero que proviene de un plan no alcanza para una familia. Hay que buscar algo más, pero precario, para no perder el plan.

La Asignación Universal por Hijo, por ejemplo, se paga a personas desocupadas, a trabajadores en la economía informal con ingresos iguales o inferiores al salario mínimo, vital y móvil, a monotributistas sociales y a quienes perciban alguno de los siguientes planes: Hacemos Futuro, Manos a la Obra y los programas del Ministerio de Trabajo. Son $1684. Sin embargo, hay una suerte de "terror" a la hora de abandonar el plan para tener un trabajo formal, con una remuneración superior. La formalidad implica tener un salario acordado por cada gremio en representación de los trabajadores, pero, una vez que se tiene un plan, existe una suerte de seguridad por parte de la persona de que tiene un básico en mano que proviene del Estado, al que no se quiere renunciar ya que un empleador privado es, dentro de este segmento, alguien que puede dejar a la persona en la calle literalmente. ¿Y entonces? ¿Qué sucede, sin plan y sin trabajo? Para esto, que se entiende perfectamente, hay que buscar soluciones que den algo de tranquilidad a quienes pueden, si tienen la oportunidad, pegar el salto hacia una mejor calidad de vida a través de un trabajo decente.

La informalidad como opción es una paradoja. El trabajo del BID lo demuestra con números a través de un análisis de la Asignación Universal por Hijo (AUH), focalizada en los hogares con hijos menores de 18 años y sin empleo formal. Su beneficio es la mejora de 2 puntos porcentuales en la reducción de la pobreza. El efecto no deseado es de 0,6 puntos porcentuales de la pobreza a causa de la informalidad, por lo que el verdadero beneficio es de 2,2 puntos porcentuales en la reducción de la pobreza. Pero también se hizo una proyección extrapolando estos números a todos los programas sociales, que dio como resultado 3,5 puntos porcentuales de aumento de la pobreza debido a los incentivos a la informalidad. De hecho el porcentaje de trabajadores informales está entre el 33% y el 40%.

La salida, la única posible por ahora, es la generación de trabajo genuino, de calidad y planes que sirvan para impulsar e incentivar el paso del asistencialismo, que no saca a la gente de la pobreza, al trabajo que permite progresar.

Bajar los costos laborales, reducir el "pánico" de empleadores a tener juicios laborales casi por cualquier cosa (esto sucede sobre todo a las pymes, que proveen el 70% del trabajo en el país), la ley de blanqueo, la posibilidad de capacitarse para el trabajo ya en la escuela secundaria y también de hacer prácticas en las empresas, que agregan un punto importante en el CV, son algunas de las herramientas que existen, pero que están estancadas en proyectos de ley en el Congreso, como si fortalecer el empleo no fuera una prioridad.

Es la prioridad número uno. De otra manera, la pobreza estructural va a seguir haciendo sufrir a uno de cada cuatro, o tres argentinos (depende del sube y baja de la economía al que estamos tan acostumbrados) y a la mitad de los chicos.

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