Casi a nivel europeo: fue una pena que River e Independiente se hayan cruzado antes de la final

Francisco Schiavo
Francisco Schiavo LA NACION
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2 de octubre de 2018  • 21:42

River e Independiente siempre se parecieron demasiado. Tal vez nunca lo admitirán. Les cuesta hacerlo. Eso de mirarse en un espejo ajeno no va con ellos. Pero un eje en común sobresale en muchos aspectos. Desde los colores, blanco y rojo o rojo y blanco, hasta la más pura esencia del juego. Tal vez el instinto. Quizá el ADN. Desde ese paladar elitista en lo que al juego refiere hasta esa idolatría por dos números 10 que disfrutaban más un pase entre líneas que un gol propio: de Bochini a Alonso y de Alonso a Bochini. De las penas. ¡Vayan que son importantes las tristezas en sus historias! Entre dos gigantes que ostentaron la omnipotencia y que, más tarde que temprano, mordieron el polvo del descenso. Hasta los momentos de gloria. Porque eso fue lo que vivió anoche el fútbol argentino. Una jornada de gloria entre dos equipos cuyas venas reventaban por seguir entre los mejores de América.

Hoy son tan parecidos que atacan en cualquier parte. River lo hizo en Avellaneda. E Independiente respondió con el mismo billete en el Monumental. Tanto que el gol millonario fue de contraataque, después de una búsqueda a fondo de los Rojos, en la que a Gigliotti le faltó panorama. Tanto que después de casi el segundo tanto de River aparece Silvio Romero para anudarle la garganta al Monumental. Después llegó la conexión colombiana: Quintero y Borré.

No hay nada que hacerle. River e Independiente son equipos que en la actualidad sienten el fútbol de una manera especial. Quizá única, con el respeto lógico que merece el Racing de Eduardo Coudet, líder de la Superliga, aunque en los últimos tiempos estuvo más preocupado por "ganar 1-0" que por su afán ofensivo.

Fue una pena que River e Independiente se hayan eliminado en los cuartos de final de la Copa Libertadores. Pero a la vez fue un orgullo que hayan sostenido sus posiciones con tanta altura. Sin grandes polémicas en el primer partido y sin reclamos airados en el segundo, en el que todo se definía. A lo sumo, los Rojos se habrán ido con bronca por el penal de Pinola a Benítez que ni siquiera el VAR se atrevió a cobrar.

River e Independiente fueron leales, consecuentes y disciplinados. Con sus armas, inquietudes y propuestas. Sin teatros ni exageraciones. En gran parte jugaron el fútbol que muchas veces se reclama y que queda a un paso, apenas a un paso, de las grandes ligas europeas. No es fácil por la presión del momento y porque un detalle pudo haberlos dejado afuera. Si no que lo diga Independiente. La gran diferencia fue el especialista, un DT como Gallardo, graduado con honores y aún sin haberse ido a Europa.

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