Un artista diario que sabía editorializar sin palabras

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
Fuente: Archivo - Crédito: Soledad Aznarez
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2 de octubre de 2018  • 22:20

Hermenegildo Sábat hizo lo que siempre quiso hasta el último día de su vida: dibujar. El lunes, como de costumbre, cumplió con su rutina habitual en Clarín, tal como lo venía haciendo ininterrumpidamente desde hacía 45 años: hablar con los editores, chequear las últimas noticias y, de inmediato, dirigirse hacia su diminuto despacho, ubicado al lado del que hasta hace pocos meses ocupó Julio Blanck, para darles magia a sus lápices, pinceles y plumines. En la página 4 de la edición papel de Clarín de ayer quedó plasmado el que sería su último dibujo publicado: un George Washington guiñando el ojo y con una lupa en la mano. Entre los prolegómenos y su trabajo del día terminado, hizo lo de siempre, charló y tomó café con sus compañeros. Últimamente, un remise lo llevaba y lo traía de su casa en Olivos, donde murió en la madrugada de ayer, mientras dormía, a los 85 años.

Durante más de medio siglo, radiografió como nadie la agitada vida argentina sin que jamás le temblara el pulso. Ni cuando el temible general Carlos Suárez Mason le mandó su voz grabada amenazándolo con tirarlo al río si seguía haciendo esos "dibujitos" que tanto lo disgustaban, ni cuando la presidenta Cristina Kirchner calificó otra de sus ilustraciones de "mensaje cuasi mafioso" porque la había caricaturizado con la boca sellada. "Tengo otros defectos, pero no soy mafioso", aclaró Sábat, como si alguien hubiera podido dudar de su manifiesta bonhomía, lo cual no le impedía fijar posiciones con firmeza. Por eso tampoco se prestó a tomar un café con la viuda de Kirchner cuando ella le mandó discretos emisarios para concretar un encuentro.

Sobrio y parco en su forma de ser, escueto y reconcentrado, la seriedad del Maestro podía intimidar a quien se acercara por primera vez. Sello familiar, se dirá, con un árbol genealógico que hacia arriba y hacia abajo ofrece otros dibujantes talentosos y extremadamente serios en lo facial. Pero en el trato personal, Menchi era afable y conversador, sin ínfulas del gran artista que, sin duda, también era, aunque a él le gustara más definirse como "un periodista que dibuja". A la par de su enorme producción de dibujos periodísticos, se dio el gusto de armar muestras y libros dedicados a personajes de la cultura y del espectáculo, con particular predilección hacia los intérpretes del jazz, música que amaba y de la que era experto conocedor. Era un fino artista diario, culto y humanista, que disfrutaba del bajo perfil y con dibujos que hablaban sin palabras. Siempre trataba de correr los límites: cuando la dictadura prohibió dibujar a sus jefes máximos, aprovechó la euforia del Mundial 78 y quebró esa norma.

Fue una suerte que el año pasado quienes formábamos parte del jurado del Premio Konex en Comunicación y Periodismo nos pusiésemos de acuerdo para que Sábat se llevara la máxima distinción, el Konex de Brillantes, que recibió en noviembre último. Actualmente, además, se desempeñaba como titular de la Academia Nacional de Periodismo.

Menchi según Alfredo, su hijo y dibujante de LA NACION, en un retrato publicado el 15/12/2017
Menchi según Alfredo, su hijo y dibujante de LA NACION, en un retrato publicado el 15/12/2017

Sábat había nacido el 23 de junio de 1933, en Montevideo. Ya en la etapa escolar se destacó por el dibujo, que le venía en sus genes. Su abuelo, del mismo nombre, había despuntado ese oficio, y Menchi creció observando detenidamente su trabajo. Sábat se aseguró de que esa costumbre familiar no se cortara: los dibujos de su hijo Alfredo son bien conocidos por los lectores de LA NACION.

Su debut fue muy precoz: a los 15 años publicó en el diario El País, el principal de la otra costa del Río de la Plata, su primer dibujo, el de Juan Schiaffino, uno de los jugadores charrúas que definió el titánico triunfo de su país contra Brasil en la vibrante final mundialista de 1950. En la década siguiente, le ofrecieron ser jefe de redacción de ese diario, pero no aceptó.

Para aquella época decidió mudarse a Buenos Aires en plena ebullición de los 60, en un ambiente como el porteño, entonces muy estimulado por el arte y la cultura, pero también amenazado por la debilidad de sus instituciones. Poco después se produjo el golpe de Estado, que llevó al poder a Juan Carlos Onganía. Trabajó en agencias de publicidad, ocho meses en la editorial Abril y en dos ocasiones bajo la batuta del legendario Jacobo Timerman, primero en la revista Primera Plana y, desde 1971, en el diario La Opinión, donde adquirió visibilidad definitiva, ya que brilló sin la competencia de las fotos. Desde esas páginas retrató el regreso al país de Juan Domingo Perón y el fin de la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse. Fue entonces cuando lo convocaron de Clarín, diario en el que ingresó en 1973 y en el que trabajó sin pausa hasta anteayer.

De aquí en más echaremos de menos esos "detalles" editoriales tan simples, pero que decían tanto: un Videla diminuto sentado en un enorme sillón presidencial; la cara de Cristina Kirchner, con un perfil de Néstor adosado, a manera de siameses; las salpicaduras de sangre o los tomatazos sobre las caras de algunos personajes; un Menem siempre aferrado a su silla y tantas criaturas queridas que colaba en sus dibujos de actualidad: Gardel, Troilo, Edmundo Rivero, De Caro. Las líneas punteadas en la base de sus trabajos; la aparición recurrente de la sufrida República con su gorro frigio, los sellos de animalitos -especialmente de un león- que había comprado en un viaje a Estados Unidos y a los que también de vez en cuando, como una travesura, les hacía lugar en sus ilustraciones y que despertaban todo tipo de interpretaciones en sus lectores, también son historia y serán recuerdos indelebles en nuestra memoria.

Las alitas que Menchi solía adosarles a algunos personajes serán otro faltante a partir de ahora, al que costará acostumbrarse. Ayer, mágicamente, sobre la puerta cerrada de su despacho en Clarín, apareció pegado el dibujo de un Sábat con alitas. Lo había hecho un empleado de Intendencia, Ezequiel Ponce, a quien Menchi le había descubierto aptitudes para dibujar y pulió en su taller, donde impartía clases. Con las alitas de ese discípulo, el Maestro voló hacia la posteridad

Sábat por Sábat

"Puede tomar un pincel, mojarlo con mucha agua y acuarela, y hacer una mancha expresiva donde los colores se funden como explosiones, de manera aparentemente azarosa (...). Algo que es como el aire que respiramos: la libertad. Mi padre me enseñó el amor a la libertad, entre muchas otras cosas. Aunque nunca me haya enseñado cómo hace eso con la acuarela"

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