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Los celos y el tiempo

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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4 de octubre de 2018  

Doy clases desde hace mucho años, y aunque los temas sean los mismos cada clase es diferente, porque uno no es el mismo (ni siquiera de una hora a la siguiente) y tampoco son los mismos los alumnos (de un año a otro y acaso también de una hora a la otra). Para mí, no hay rutina, todo es inesperado. Cierto: en muchas clases no pasa nada. Pero por otro lado, los mejores momentos de una clase, aquellos teóricamente más felices, suceden cuando uno se olvida de sí mismo (generalicemos: todos los momentos más felices ocurren cuando uno se olvida de sí mismo), piensa en voz alta y se sorprende de sus propios pensamientos. Pero eso pasa muy de tanto en tanto y no sirve para escribir: me olvido de lo que dije y todo se pierde en el aire. Con todo, en cualquier clase puede haber sorpresas, y en una que di ayer, eso sucedió.

La clase era de Estética Musical, la materia que dicto en el Conservatorio. El tema: la poética del compositor Morton Feldman. En realidad, no tanto Feldman sino su idea de que la música occidental, de Machaut a Pierre Boulez, no hizo más que tratar de construir y controlar el tiempo (el tempo) en la música. ¿Para qué? Para que no nos aburramos. Pero para Feldman eso era timing, no tiempo. "No soy un relojero", dijo. Él no quería el tiempo en un zoológico, sino como fiera salvaje. Enfrentados a él, a un tiempo sin distracciones, nos aburrimos, hasta que logramos perdernos. En el vacío aparece algo. Hablando en otra clase de For Philip Guston, una obra de Feldman que dura casi seis horas, un alumno me preguntó qué me había pasado a mí en todo ese tiempo que duró la pieza. No supe qué contestarle. El vacío no puede contarse: solo puede procrear algo, otra cosa, que ya no es el vacío.

Volvamos a la clase y al control del tiempo. Dije, sin premeditación, que quien pretende controlar el tiempo termina controlado por él, cae a su servicio, aunque piense lo contrario. Entonces un alumno intervino: "Es como los celos". No sabré nunca de dónde le sobrevino esa comparación. Cada uno se concentra en sus cosas y se abre ocasionalmente a otras, y de ahí sale una idea. Posiblemente, en esa fricción consista pensar.

Como sea, la observación me hizo acordar de inmediato a una página de La prisionera, el quinto volumen de En busca del tiempo perdido, de Proust. No se puede reconstruir toda la historia hasta ese punto. Alcanza con decir que el narrador desconfía de Albertine y trata de tenerla prisionera en su departamento de París. "Ya no amaba a Albertine, porque no me quedaba nada del dolor que sentí en el tren de Balbec al enterarme cómo había sido su adolescencia. Todo aquello, pensé durante mucho tiempo, se había curado". Pocas líneas más adelante nos enteramos de que la curación no era completa, y tal vez ni siquiera parcial. "Mientras mis celos no reencarnaron en seres nuevos, tuve un intervalo de calma después de los pasados sufrimientos. Pero el menor de los pretextos puede hacer renacer una enfermedad crónica, de la misma manera que la menor ocasión puede servir para que la persona causante de estos celos ejerza su vicio (después de una tregua de castidad) con otros seres diferentes".

La constatación de mi alumno era certera. También quien padece la enfermedad imaginaria de los celos pretende controlar el tiempo: quiere detenerlo a su antojo, porque cualquier movimiento podría introducir un desvío irreparable. La lección de Feldman -una de las tantas cosas que sabía- reside en el abandono. "Estoy interesado en el modo de existencia del Tiempo antes de que nosotros le pongamos las manos -la mente, la imaginación- encima". Claro que sí. Samuel Beckett habría estado de acuerdo. Pero quién pudiera.

Y además, si así hubiera sido, nos habríamos perdido casi todo el arte de Occidente.

Lo sano brota de lo enfermo, no al revés.

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