Casi una ciudad en sí misma, un paseo obligado para todos

Evangelina Himitian
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4 de octubre de 2018  

No era solo una tienda: para los chicos era el lugar donde se iba a comprar zapatos de charol, a cortarse el pelo, a comprar los libros de inglés y a ver el tren de ferromodelismo que había en el tea room, mientras las mamás tomaban un té con masitas a las cinco o'clock. Era un paseo obligado para las visitas del interior, una ciudad en sí misma, el único lugar donde se podía comprar vajilla con paisajes campestres azules y sellos de origen, pilotos British o ropa interior de Mary Quant.

A ese rincón porteño -que por 84 años concentró aire londinense, impronta de la Belle Époque y aspiraciones de una ciudad que quería ser europea- le tocó asistir a la declinación de los negocios de su tipo, como Gath & Chaves, A la Ciudad de México, La Imperial y La Piedad, antes de salir a la venta, en agosto de 1998.

Ahora, promete resurgir de las cenizas y sacudirse el polvo que opaca las vidrieras de Florida y Córdoba desde hace más de dos décadas. Harrods Buenos Aires fue la primera réplica sudamericana de la pionera londinense creada en 1849 por Henry Harrods. En 1998, antes de poner a la venta el edificio, la firma Interconfianz y CBC ganó un juicio en Londres para continuar utilizando la marca en América del Sur.

Sin embargo, pese a las idas y venidas con su venta, no hubo cómo conseguir que una millonaria inversión le devolviera la vida que alguna vez tuvo.

En sus años de esplendor, Harrods tuvo 100 departamentos, 47.000 metros cuadrados de salón de ventas, con escaleras de mármol, pisos de roble, ascensores de hierro forjado con capacidad para 20 clientes y hasta un elefante de la India (sí, vivo). También albergó un ómnibus rojo de dos pisos y vidrieras que simularon una calle romana, un bistró francés y un rincón egipcio.

En 1945, en sus salones se ofreció la "cena de la victoria", para celebrar el fin de la Segunda Guerra Mundial, con las mesas formando una V. Pero el potencial comercial se deterioró desde los años de la hiperinflación y no volvió a recuperarse, hasta que en 1998, y funcionando solamente en la planta baja y con 50 empleados, bajó sus persianas.

Los Anchorena, los Pereda, el corredor de autos Rodríguez Canedo, el actor Alberto Closas y el humorista Tato Bores fueron algunos de los clientes del peluquero Ángel Adamo, que atendió durante unos 25 años en Harrods.

Vestido de impecable blanco, con la brocha y navaja o tijera, afeitaba o cortaba el cabello en el subsuelo, donde estaba el caballito de madera. El sueldo allí triplicaba al de cualquier otra peluquería de la ciudad. Eran otros tiempos y las relaciones laborales también eran otras.

Los empleados de aquellos años contaban que una vez se retrasaron dos días en el pago del sueldo y que bajó el gerente en persona a pedir disculpas a los empleados.

Claro que también ellos debían cumplir sus obligaciones con la puntualidad del Big Ben: cinco llegadas tarde significaban una semana sin trabajo y, por supuesto, sin cobrar.

La época de las liquidaciones en Harrods era un acontecimiento en sí mismo y convocaba a buena parte de la ciudad. Y cuando se organizaban eventos especiales adentro, por la tienda desfilaban artistas y políticos. Dicen los memoriosos que casi todas las semanas había una fiesta. Un paseo clásico era el de la época de Navidad. Había actividades especiales, y mucha magia traída del extranjero.

Mucho antes de que llegaran los shoppings, era allí donde los chicos y los grandes hacían fila para ver a los Reyes Magos y sacarse una foto o simplemente entregarle una carta a Papá Noel.

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