Hasta el cuello

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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4 de octubre de 2018  

Una amiga me obsequiaba unos preciosos rizomas de loto, y solo el sábado a la mañana pude hacerme un rato para ir en mi auto hasta su casa. Un rato, nada más.

Un minuto antes de salir, empezó a llover. Llovía fuerte, es verdad. Pero salí igual, porque era solo una lluvia fuerte y no, digamos, un terremoto. Pero este sábado descubrí con qué tétrica impiedad las décadas de negligencia, abandono y corrupción pueden convertir una lluvia fuerte en casi una tragedia.

Seguí la ruta del GPS y encontré algunas calles anegadas, pero en un cuarto de hora estuve en Beccar. Entonces giré por una calle inundada hasta los zaguanes. Luego por otra. Y muy pronto solo tenía agua alrededor, y a duras penas atiné a escapar por una bocacalle que supuse me sacaría de la crecida. Pero era un callejón sin salida. Varias vecinas me reconvinieron, porque mi coche había empujado más agua dentro de sus casas. Les pedí disculpas. "Siempre que llueve esto es así", se quejaron, resignadas. Giré 180 grados y me quedé mirando el torrentoso río en el que la calle ahí adelante se había convertido, rogando que escampara, consciente de que esta escena estaba repitiéndose en docenas de distritos, y preguntándome por qué dejamos que nos llegara el agua al cuello.

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