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La devaluación del optimismo

Martín Rodríguez Yebra
Fuente: LA NACION
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7 de octubre de 2018  

"Fuimos demasiado optimistas". Esas tres palabras conforman la pieza autocrítica más elaborada del gobierno de Mauricio Macri al momento de explicar por qué la economía argentina se empantana en una recesión de final incierto en vez de disfrutar el auge que proyectaban las cifras oficiales un año atrás. El resto de los motivos que se esgrimen son fenómenos atribuibles a la geopolítica, el clima, la oposición y la insensibilidad de los inversores financieros.

Como la credibilidad se sostiene en la memoria, al Gobierno le está costando convencer que sus pronósticos para 2019 sí se cumplirán. Saben que enfrentan la desconfianza -justificada o interesada- de los diputados que tienen que votar el presupuesto, de los mercados, de los ciudadanos que sufren el recorte salarial.

Ahora desde el Presidente hasta sus ministros sobreactúan una suerte de pesimismo controlado. Pronuncian la palabra "crisis", advierten sobre lo malo que viene y ofrecen expectativas positivas de largo plazo, siempre módicas y con el cuidado de no ponerles fecha.

Es natural. Casi nadie dentro del círculo de poder desconoce que el programa económico ata su éxito a variables sueltas.

El plan contempla un ingreso récord de divisas provenientes de las retenciones al agro. Siempre y cuando un desastre climático no vuelva a arruinar la cosecha. Es hora de agregar el Servicio Meteorológico al tablero de indicadores macroeconómicos.

Hay que seguir elecciones ajenas. ¿Cómo le irá a Donald Trump en la renovación del Congreso? ¿Saldrá fortalecido para acentuar la guerra comercial que impacta de rebote en los países emergentes? ¿Y el caótico Brasil? ¿Un nuevo gobierno podrá revivir la economía de nuestro principal socio? ¿O -vistas las opciones en carrera-la condenará a destinos peores?

Resulta vital que no empeoren las condiciones de financiamiento. Las subas de tasas en Estados Unidos ya hicieron demasiado daño. La nueva política monetaria es la clave del acuerdo con el FMI (parte 2). El Gobierno cree que la restricción máxima de la emisión hará bajar la inflación en un plazo razonable. Economistas de primera línea -también se equivocan seguido, claro- advierten sobre el riesgo de que el precio a pagar sea una súper recesión que haga incumplible el resto del plan. La máquina de absorber pesos para que no vayan al dólar se llama Leliq, un instrumento de corto plazo a tasas altísimas que se colocan a los bancos. El desafío es no repetir el fenómeno "bola de nieve" de las Lebac.

El programa requiere que el dólar se estabilice, pero que no se atrase. Que el Gobierno no se tiente con saltarse la regla de déficit cuando se acerque la campaña. Que la red del Estado contenga la situación social. Que el año electoral no alumbre opciones de una sucesión extremista.

Si todas las piezas encajan, Macri habrá encarrilado la crisis. La Argentina podrá vislumbrar un futuro optimista. O el más optimista que le queda después de décadas de desidia: ser un país pobre que exporta.

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