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Boca respira y avanza en la Copa Libertadores: con sufrimiento y pocas luces, ya está en semifinales

El desahogo de Cristian Pavón es el festejo de todo Boca
El desahogo de Cristian Pavón es el festejo de todo Boca Fuente: Reuters
Ariel Ruya
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4 de octubre de 2018  • 23:14

Se derrumba y se levanta, se encoge y vuelve a empezar. Boca es un gigante, demasiado grande para quedarse envuelto en lamentos, en imágenes que lo lastiman, en complicidades que dañaron su espíritu guerrero. Los tropiezos con River -los de antes, los de ahora- y el sorpresivo adiós en la Copa Argentina ahora sí, quedan definitivamente un paso atrás. Representan apenas una imagen, un capítulo de una historia que promete el final esperado luego de tantos años de sinsabores internacionales. Ahora, sí. Ahora Boca, detrás de la batalla en Belo Horizonte, escribe el espacio en su historia que más lo representa. Cabeza fría, personalidad, explosión: alcanza las semifinales de la Copa Libertadores -el trofeo que es parte de su estirpe-, deja en el camino a Cruzeiro en una noche de adrenalina, y se cita con Palmeiras, rumbo al desafío esperado por todo el Mundo Boca: ser el rey de América una vez más. No hay vueltas: Boca se convirtió en un favorito. Con sufrimiento, sin todas las luces, Boca está en carrera.

Porque encuentra el estímulo mayúsculo contra un grande del continente y se burla de las sospechas de que este equipo, esta formación liderada por un volátil Guillermo Barros Schelotto, también está preparada para los decisivos mano a mano. Porque tiene el plantel más rico -en calidad, cantidad y recursos-, de los cuatro integrantes que quedan detrás del sueño mayor. Ni Palmeiras, ni Gremio, ni siquiera River tienen el potencial individual para sostenerse en la elite en la ruta final. Porque el conductor comprendió, al fin, que el juego tiene otras variantes del siempre admirado poder ofensivo. Defensa, estrategia, transformaciones, hacer tiempo, fortuna: el estilo que Carlos Bianchi llevó a Boca a la cúspide.

Anoche, en el Mineirao, no la pasó bien. Pero logró un empate impensado, con un tiro de Pavón en el cierre, ese remate que siempre se le exige en los encuentros vitales.

Durante la primera mitad, Boca exhibió virtudes que parecían desconocidas en estos días, extraídas de aquellos buenos viejos tiempos: una defensa sólida, estilizada, con los dientes apretados. Tal vez, apenas Buffarini tuvo algunas licencias, pero el resto, en cuanto al esquema y en cuanto a los nombres, sostuvieron la estantería boquense. Desde el triángulo integrado por Nández, Barrios y Pérez, hacia atrás, Boca hizo casi todo bien. Cruzeiro fue tibio, absorbido por la presión del ambiente. En encuentros influyentes, en aquellos que se definen clasificaciones internacionales, hay que tener más argumentos que el control de la pelota y una lógica vocación ofensiva. Apenas Thiago Neves y De Arrascaeta tuvieron inspiración y orgullo, pero cayeron en la trampa psicológica del contexto y la telaraña defensiva argentina.

Villa y Zárate -a veces juntos, a veces, en sintonías personales-, con ráfagas de velocidad y astucia, crearon las mejores páginas de los avances xeneizes, esporádicos y peligrosos. Boca jugó en todo el partido con el cuchillo entre los dientes, como debe ser en estos casos: para defender y para atacar. Un gol no cobrado a Cruzeiro -una arremetida que no llega a impactar contra Rossi en el área- abrió la fortaleza del juego brusco y la tensión en los minutos finales.

Sassá ya prepara el zurdazo: será el 1-0 de Cruzeiro
Sassá ya prepara el zurdazo: será el 1-0 de Cruzeiro Fuente: AP

Un zurdazo goleador de Sassá, minutos después de que el árbitro Andrés Cunha señalara un penal y, a instancias del asistente, la jugada derivara en una supuesta posición adelantada, acrecentó el clima en las tribunas y el nerviosismo en el campo. Cruzeiro atacó con los ojos vendados, Boca perdió la brújula del control defensivo.

Descontrolado en buena parte del desarrollo, Dedé, el mismo que fue expulsado injustamente en el primer encuentro, luego de un duro choque con Andrada, fue expulsado por acumulación de tarjetas. La Conmebol permitió que el defensor jugara, en una polémica decisión, pero en todo momento se mostró nervioso y hasta casi impacta sobre el cuerpo de Rossi apenas unos minutos antes. Cualquier cosa podía pasar. El arquero no ofrecía garantías, hasta que Abila se citó con Pavón y se acabó el martirio.

Plancha de Dedé -luego expulsado- sobre Rossi
Plancha de Dedé -luego expulsado- sobre Rossi Fuente: Reuters

De 13 series de eliminación directa con equipos brasileños, el conjunto xeneize se impuso en 11, y de ellas, en 9 logró el paso ganador fuera de la Bombonera. Una huella que creció con el Virrey, pero que continuó con otros conductores, a partir de los años 2000. Ahora, espía a Palmeiras con otro aire. Aprendió a jugar -o lo recordó, simplemente- este tipo de instancias con el fuego sagrado recuperado. Aprendió la lección de Independiente del Valle de Ecuador, cuando en julio de 2016, Boca perdió en la Bombonera por 3 a 2 y desperdició la enorme posibilidad de alcanzar otra final. Asfixiado y presionado, se le cayeron las medias.

Este Boca, ahora mismo, demostró la templanza y la convicción que le exigió el destino. Está preparado para el zarpazo final. Pavón, Zárate, Tevez, Barrios, Pérez, Izquierdoz: de arriba hacia abajo -como suele crear las formaciones el Mellizo-, Boca es un equipo maduro. Los dolores de cabeza le pasan rápido: ya lo había demostrado en un partido de cabotaje contra Colón con una demostración de elocuencia y optimismo. Boca está vivo, late. Subestimarlo sería caer en un error insoportable.

El candidato del sufrimiento.

Por: Ariel Ruya

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