Suscriptor digital

Atrevidos

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Crédito: Shutterstock
(0)
5 de octubre de 2018  • 01:48

"Este chango es muy atrevido", solía decir una de nuestras tías años atrás al referirse a alguno de nosotros. Supimos pronto que la frase se derivaba de "la gente es muy atrevida". El uso que ella daba a esa palabra era ambiguo. A veces, por ejemplo, cuando alguien caía en la casa a la hora de la siesta sin avisar sonaba condenatoria, pero en otras ocasiones se asemejaba más bien a un cumplido. Alguien que, por insistencia u obcecación, alcanzaba un objetivo había sido en principio un atrevido. La suya era una versión serrana de una máxima muy antigua: "La fortuna ayuda a los osados".

Tal vez por el tono ambivalente de su sentencia, el atrevimiento no estuvo entre nuestros dones adquiridos. Otra de las creencias familiares era que no había dones naturales sino solo aquellos que con el tiempo, para bien y para mal, se asimilaban y se volvían propios, tanto que parecía que uno había nacido con ellos.

Muchos vecinos eran considerados atrevidos. Si una persona que había dejado de ser joven hacía rato tenía costumbres provocativas, era atrevida. Sin embargo, cuando ese mismo atrevimiento le abría puertas, nuevos mundos y entornos diferentes era evaluado con reconocimiento, como cuando se califica a alguien de audaz. Cuando uno de los perros con los que vivía entraba en la casa, atravesaba el pasillo y saltaba a la cama de nuestra tía, no tardaba en llegar el veredicto: "Este es un atrevido". Pero era un atrevido simpático.

La audacia, en opinión de nuestra tía filósofa, hacía que personas incompetentes llegaran bien arriba en la pirámide social. "¿Y este es ministro (o embajador o gobernador o terrateniente o estrella del mundo del espectáculo)?", murmuraba al hojear una revista o los diarios. Aunque con los años le tuvimos que dar la razón, los nombres que mencionaba en ese entonces no nos decían nada.

En los libros o fascículos sobre mitología que tanto nos fascinaban, la audacia era un valor absolutamente positivo. El arrojo y la osadía estaban bien vistos por los dioses griegos, romanos y egipcios, incluso cuando iban en contra de sus infinitos intereses divinos. Casi siempre la audacia y el heroísmo habitaban un mismo ser. Así que empezamos a buscar a personas audaces en el limitado entorno en que vivíamos. El que se arrojaba al río desde la piedra más alta en Alpa Corral era audaz. La que manejaba la camioneta del padre a alta velocidad por el camino sinuoso de las sierras era osada. Los que salían por la noche a buscar el fuego fatuo de las luces malas en el campo eran audaces y, además, grandes fabuladores. No había audacia que no se convirtiera en relato.

Poetas y escritores podían ser catalogados como personas audaces. El solo hecho de que alguien se considerara a sí mismo escritor, poeta o artista hacía sonreír a mi tía. De todos modos, en los pliegues de su ordenamiento del universo alrededor, que afectaba a individuos, comunidades, cosas e ideas, se ponía siempre del lado del arrojo.

Fue en especial el tono zumbón de los nuevos poemas de Maximiliano Spreaf, un cordobés que vive en una localidad de las sierras chicas, lo que trajo al presente las sentencias de aquella mujer filosófica. "No soy poeta pero/ les leo poesía a los pibes que me limpian la pileta/ a la cheta que camina por la ruta con los auriculares puestos/ le leo y no me escucha y no me importa/ a mi amiga con derechos le leo/ me cachetea los muslos se ríe y sigue/ le leo al mozo del bar/ me putea por lo bajo/ les leo a mis gatos mientras duermen/ les leo poesía a los poetas/ [.]/ no leo mi poesía no/ leo la de los otros que es más linda/ a la cajera del súper y la gente se queja/ al policía y me amenaza/ a mis abogados que nunca tienen problemas con eso/ a los editores a los rectores a mis ex compañeros del secundario por whatsapp/ todavía nunca me ligué un cachetazo/ pero lo estoy buscando/ lo anhelo lo deseo/ que alguien me saque este problema/de la poesía de encima". Es uno de los poemas de No soy poeta pero, su nuevo libro. ¿Un no poeta que escribe en clave cómica y desinteresada? En el énfasis modesto del "pero", se esconde afilada la osadía.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?