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Marcelo Toledo: "Me importa el mensaje, no la estética de la obra"

El artista Marcelo Toledo
El artista Marcelo Toledo Fuente: LA NACION - Crédito: Ignacio Sánchez
Laura Reina
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6 de octubre de 2018  

De orfebre a artista. De la exploración estética a la búsqueda del mensaje. Hace años que Marcelo Toledo optó por dejar de lado la comodidad que implica ser uno de los joyeros elegidos por las celebridades para meterse en el barro y empezar a transitar el camino más comprometido, con especial énfasis en los temas femeninos. La muestra sobre violencia de género en la que trabajó los últimos años y que finalmente será exhibida en el edificio de las Naciones Unidas, en Nueva York, en diciembre, se suma a "Matriz", la obra en metal que emula un útero y que los pasajeros que transitan a diario por la estación Julieta Lanteri de la línea H pueden admirar con solo mirar hacia el techo. Y también a las pequeñas esculturas que realizó en 2015 para concientizar, junto con catorce famosas, sobre un tema de salud como el cáncer de mama.

"No es fácil entrar en la vida de personas que han sufrido violencia -plantea Toledo-. Me pasó de llegar a una casa y había tres patrulleros en una puerta; mujeres que habían sido quemadas que tenían en brazos al hijo del tipo que las había quemado. Esas mujeres salen y quieren que su voz se escuche y les parece interesante contarlo a través de una obra y no del discurso. Yo creo que ahí el arte rompe esquemas", dice el artista, que también está trabajando en un proyecto sobre atentados en la comunidad judía y en la conformación del mito en el Che Guevara.

Hijo mayor de seis hermanos, en su casa de Escobar, provincia de Buenos Aires, Marcelo empezó a explorar en soledad con cualquier material que encontraba a mano. Mientras otros jugaban al fútbol, él pasaba horas enhebrando los collares rotos que sus tías le traían cuando iban de visita. Así, sin proponérselo, empezó a forjar lo que se transformaría en su vocación.

-¿Cómo nació tu interés por lo artístico?

-De chico me divertía haciendo cosas con lo que encontraba a mano. Era un niño solitario, de puertas adentro. Mi mundo de fantasía era crear y hacer. Era un juego, nunca pensé que con los años me iba a transformar en artista.

-Venís de una familia numerosa..., ¿cómo lograbas esos ratos de soledad?

-Yo aprendí a ser una isla dentro de mi familia. Siendo el mayor de seis hermanos, era el que estaba al mando cuando mis padres no estaban. Pero aprendí a aislarme dentro de ese caos familiar. A resguardarme. Y hoy sigo necesitando esos momentos, de estar un par de días en soledad con mi computadora y mis libros. Necesito estar en contacto con mi interior para exteriorizar en una obra lo que estoy pensando. Para poder hacer una obra, la tengo que tener cerrada conceptualmente en mi cabeza.

-¿Quién fue tu maestro?

-Hasta los 14 años fui ciento por ciento autodidacta. Recuerdo de ir a ferias de artesanos y colgarme mirando. Tengo un recuerdo muy vivo: un verano fuimos en familia a un camping y ahí había dos artesanos que trabajaban y yo iba a verlos. Mientras todos jugaban a la pelota, yo me quedaba con los artesanos observándolos. A los 14 empecé a viajar para Acassuso donde me habían dicho que había un artista que daba clases en metal y soldadura. A los 17 años armé mi primer taller en mi casa de Escobar. Me compré una pulidora y herramientas. Ya a los 18 me mudé a Capital y a los 21 tuve un puesto en Caminito donde vendía anillos, cosas chiquititas. Después empecé con las piezas grandes. Siempre me gustó mucho la cosa volumétrica, que no sea plana. Sentía que desde ahí podía involucrar más mi cuerpo. El oficio de escultor implica poner el cuerpo, tajearte las manos, Me gusta meterme en la obra y además del cuerpo, poner el alma.

-¿Por qué el metal? ¿Es tu material fetiche?

-Yo siempre sentí que el metal era mi manera de comunicarme con el mundo. Si tenía algo para decir era a través del metal.

-¿Cuándo empezaron a interesarte los temas femeninos?

-Sinceramente no me había dado cuenta de la recurrencia hacia lo femenino hasta que una clienta me lo remarcó. Supongo que pasa porque hay temas que hoy me empezaron a hacer ruido y siento que hay cosas que puedo decir desde mi lado. En el arte contemporáneo el foco está puesto en lo conceptual, en qué es lo que querés decir a través de la obra. Antes ponía el foco en lo estético, que brillara, que sea bonito. Hoy es el mensaje. Hay temas que me atrapan, me apasionan, me hacen ruido.

-Es una cuestión de época, también.

-Sí, se abrieron puertas que antes estaban cerradas. El artista es una esponja, un receptor de lo que pasa alrededor. Es una expresión de época porque tiene una sensibilidad especial y busca expresarlo. Hoy, para mí, lo importante es el mensaje, no tanto la estética de la obra.

-¿Cuándo te empezó a importar más el contenido que la forma?

-Después de un tema familiar muy grave le empecé a encontrar sentido a muchas cosas o le empecé a restar sentido a otras. Eso me marcó mucho, me empecé a cuestionar qué quería. Llegó un momento en que técnicamente podía hacer cualquier cosa que me pidieran, tenía la técnica para hacerlo, pero sentía que era ejecutar algo de otro, sin ser propio. Empecé a tomarme un día por semana para pensar, investigar. Necesitaba estar solo en mi taller. Fue mover fichas internas. Y llegó un momento en que decidí dejar todo lo anterior por amor. Si buscaba aceptación, me hubiera quedado con lo que hacía antes. Con la orfebrería sentí que había llegado a un techo, necesitaba un sentido extra, que me hiciera vibrar a mí. Hoy puedo mostrar un trabajo interno más que externo. Mis obras son una reproducción de lo que me está pasando, de lo que me hace vibrar. Me gusta sorprender a través de la obra.

-¿Sos de los que piensan que el arte tiene que incomodar?

-No, yo creo que el arte tiene que tocarte una fibra sensible. Podés estar frente a una obra y largarte a llorar sin saber por qué. Tiene que ser capaz de tocarte una fibra de sensibilidad, que te conmueva. No necesariamente tenés que largarte a llorar, pero sí conmover. Cuando uno genera incomodidad, hace que prestes más atención. Lo que pasa con las incomodidades es que tienen que ver con las épocas. Lo que hacía hace años León Ferrari hoy ya no sorprende.

-¿Tenés un límite? ¿Decidís no meterte con determinados temas?

-En realidad, no. Yo solo me meto con los temas que a mí me interesan. Lo feminista y el #MeToo ahora está de moda, pero no lo hago por eso, sino porque es lo que me interesa.

-¿Te ves trabajando con otro artista?

-Me encantaría..., no solo con un artista. También con un científico, con sociólogas, con un cocinero o alguien que no tenga que ver con el arte. Me gusta la idea de bucear qué tiene el otro para aportarme y qué puedo darle yo al otro.

-¿Todo ese trabajo interior que mencionabas es producto de analizarte?

-Tengo un psicoanalista, por un lado, que se encarga de mi psiquis y por otro tengo una coach que se encarga de accionarme. Empecé a analizarme a los 17, cuando me anoté para estudiar arte dramático con Agustín Alezzo. Ahí me dijeron que tenía que analizarme y ahí fui.

-¿Por qué no prosperó lo de Marcelo Toledo actor?

-Me di cuenta de que lo que tenía para decir era más genuino si lo hacía a través de una obra. No tenía que estar yo adelante. Y la verdad no tenía ganas de vivir vidas ajenas, sino la propia.

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