Sólo para fanáticos: los que se suben a una tabla de surf antes del verano

Fuente: LA NACION
Nathalie Kantt
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6 de octubre de 2018  

PUNTA DEL ESTE.- Pablo Zanocchi aparece con zapatillas sin atar, peinado revuelto y gran sonrisa. Le cae agua de la nariz y en el auto la tabla está aún mojada. Dejó al bebé con su mujer en Montevideo, al hijo con los suegros camino al Este, y manejó hasta La Barra para surfear un rato. No hacen más de 15 grados, el agua está fría y dicen que las buenas olas recién llegarán tres días más tarde. Él ya surfeó y está feliz.

La peregrinación surfista de Montevideo a las costas del Este uruguayo es un clásico durante el fin del otoño y los primeros días, aun fríos, de la primavera -la mejor época aquí según los especialistas-. También lo hacen en invierno. Las buenas olas uruguayas no son constantes y llegan en promedio una vez al mes, así que ponerles el pecho al viento y a las bajas temperaturas es la única actitud posible para quienes quieren mantener la práctica de un deporte que los apasiona y que suma cada vez más adeptos.

Estos buscadores de olas decentes se suman a los residentes de La Paloma, La Barra o Maldonado, para quienes agarrar una tabla ya es una herencia familiar, y a los tantos otros, también argentinos y brasileños, que se mudaron al Este y adoptaron esta actividad acuática como modo de vida.

Juntos, forman la contracara del programa uruguayo por excelencia: esperar la llegada del viernes para ver fútbol y comer asado. Lo único inquebrantable es el mate, que acompaña también a estos amantes del movimiento. Con sus gorros, trajes, espaldas anchas, y autitos que explotan con cinco o seis amigos adentro, hombres y mujeres de mar reconfiguran un paisaje esteño que antes de la temporada de calor queda reducido a calles vacías, semáforos apagados y picadas nocturnas de motos en una rambla sin autos. Basta con ir un domingo a Borneo Coffee, abierto todos los fines de semana del año, donde sirven el latte más rico del balneario. Con una televisión que pasa en silencio imágenes de surf todo el día, el lugar explota. Sus baristas, Tavo de Venezuela y Thomas de Francia, dicen que trabajan ahí porque queda cerca del mar.

"El surf antes del verano es para el que le gusta el surf de verdad. Sacrificás los huesos. Pero me encanta el mensaje: ves a todo el mundo apachurrado y vos estás vivo, poniéndole cara a la vida", reflexiona Zanocchi. Hace seis meses lanzó la plataforma dukesurf.com, presentada como "el sitio del surf moderno".

Lejos de las postales veraniegas de Hawai o Costa Rica, aquí los fogones se hacen de día para mantener el calor. Los trajes de neopreno son de cinco milímetros e incluyen botas, gorras y guantes. Todos cuentan que, cuando están obligados a pasar debajo de una ola (movimiento conocido como "patito"), es como si les clavaran "agujas en el cerebro".

"Los de afuera ven olas chicas, agua marrón, gente abrigada tipo Rocobop y no entienden nada. Sin embargo, nosotros surfeamos porque te prepara para cuando entra 'esa' ola. No la podés esperar comiendo bizcochos", sentencia Francisco Pérez del Castillo, acá conocido como Chifle, creador del bar Master House en La Barra y fabricante de las tablas customizadas Master Surfboards desde hace una década.

En épocas de frío su bar se reconvierte temporariamente en gimnasio. Hay pesas, colchonetas y un pizarrón con los días de entrenamiento. Arriba, en medio de panes blancos de poliuretano expandido y una máquina cortadora con tecnología de punta traída de Australia, Chifle dice que el surfista uruguayo es un surfista fisurado, entendido de la siguiente manera: "La ansiedad de querer hacer algo que sabemos que está ahí, pero que muchas veces no lo podemos hacer. Estamos todo el tiempo queriendo que entren las olas". Él se convierte así en inesperado psicólogo de quienes llevan a arreglar sus tablas.

Sergio Revello (64) se mudó de Montevideo a La Barra cuando se jubiló de su trabajo en una joyería familiar con más de 110 años de existencia. Empezó a surfear a los 56 años. "Aún no incursioné en deportes de aire, y el surf es lo único que me permite ser parte del movimiento de la naturaleza y participar. Es un power interesante".

Cuando Juan Malek (38) abrió la Escuela de Surf La Olla en la parada 3 de La Brava, hace 20 años, los lugares para aprender eran tres. Hoy son una quincena. En verano trabajan sobre todo con turistas, y el resto del año se dedican a entrenamientos más técnicos, clases para avanzados y particulares.

Dice que el surfista uruguayo es un surfista sufrido: temperaturas heladas, olas de viento (picadas), poco apoyo del Estado, poca constancia de las olas. "La sufre a la uruguaya". Pero eso no impide que el deporte siga creciendo. "A veces llegamos a las 8 o 9 de la mañana y ya hay autos de Montevideo con 4 o 5 chicos en cada uno. No importa que aún no haga calor. Vieron las condiciones y salieron a las 5 am. Pensaste que ibas a estar solo y hay 20 en el agua. En un día de buenas olas, a lo largo de toda la costa pueden llegar a 500", cuenta Juan, que forma parte de esos que mamaron este deporte de chicos. A los 10 años, su padre lo sacaba del colegio para meterlo al mar.

"Me daba el licorcito de ciruela que hacia mi abuela para entrar en calor. Hoy hay trajes calentitos".

Juan Gorlero abrió hace 15 años Surfo La Barra, donde vende bikinis, bermudas, tablas y accesorios. Son 3 o 4 en La Barra como él, y la misma cantidad en la Punta. Las tiendas de surf fueron de las primeras en quedar abiertas todo el año. "Hace 10 años tenías que venir a mirar las olas. Yo bajaba a la playa. Hoy, con internet, sabés cómo estará el tiempo y te venís desde Montevideo. En estos últimos 10 años hay muchos más surfistas. A veces llegás a Santa Teresa y hay más brasileños que uruguayos", opina.

Agustín Pereira (23) estudia educación física; Joaquín Ferrari (20), para contador, y Luciano Mora (25) es diseñador grafico y fotógrafo. Cuando saben a través de la app Wind Gurú que el día siguiente será bueno, preparan todo la noche anterior. Si les da el tiempo, van con parrilla, siri, mate y termo con café, tipo camping por el día. Madrugan en Montevideo, en el Este levantan a Matías Nóbrega (20), surfista profesional, y salen a buscar olas. También tienen un "lugar secreto", donde siempre se encuentran con los mismos. Los cuatro aprendieron a surfear en la escuela de La Paloma con el Canario Vásquez. Dicen que es una eminencia.

"La característica en común es la voluntad de tirarse al mar cuando hay buenas olas, aunque esté helado. Al igual que el argentino, el uruguayo es más apasionado", dice Matías, mejor resultado uruguayo en un mundial ISA (International Surfing Association) juvenil. "Cuando salís del agua estás renovado. El viaje y la búsqueda nos alcanzan, aunque no encontremos las mejores olas. Y si hace frío, la sensación es que salimos de la zona de confort. Eso vale la pena", agrega Luciano. "Como la ola no es constante, el que va a surfear lo valora mucho más, y con esa espera se surfea con otras ganas", remata Agustín.

Todos coinciden: Punta del Diablo, Santa Teresa, La Paloma, la boca de La Barra y la desembocadura son buenos lugares de surfeo. Aunque ninguno da demasiados detalles: a todo buen surfista le gusta guardarse los mejores spots solo para él y sus amigos.

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