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Madre soltera por elección propia

Luciana Mantero
Luciana Mantero PARA LA NACION
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6 de octubre de 2018  

Habían pasado cinco años desde el casamiento. Fueron 60 meses, 1825 días, 43.800 horas de una vida sin anclas, de viajar por el mundo, de bailar hasta el amanecer. Mariela Teitel tenía 34 años, su marido un par más e iba por su segundo matrimonio sin hijos, cuando ella sintió que era tiempo de afincarse, de intentar ser padres. Le había advertido poco tiempo después de conocerse: "Mirá que no me voy a meter en una relación a veinte años si a vos no te interesa porque yo sí quiero ser madre". Y él le había jurado que era un deseo en común.

Empezaron a buscar, primero de forma más despreocupada, después controlando las fechas de ovulación para tener relaciones. Pero cada vez que eran los días indicados, él ponía excusas: o tenía que salir con sus amigos, o estaba cansado, o trabajaba hasta tarde. El embarazo no llegaba. Ella se hizo análisis y comprobó que todo en su aparato reproductor estuviera bien. Le tocaba a él; pero él esquivaba los laboratorios como el mejor esquiador de slalom.

Un día Mariela se cansó y dijo "Basta". Decidió que él la estaba evadiendo, que no estaba dispuesta a volverse vieja esperándolo y para sus adentros empezó a hacer el duelo de la separación. Entonces un ataque de celos disparó en él el sincericidio: "Estaba esperando que se te pasara el cuarto de hora y te dejaras de joder", le gritó en medio de una escena. E inmediatamente se desdijo: "No mi amor, era mentira, lo dije en un momento de calentura...". Mariela le pidió que se llevara sus cosas y desapareciera de su vista. Al día siguiente se buscó un abogado.

Nueve meses después le salió el divorcio y se preguntó: ¿Qué voy a estar esperando? Hasta conocer a otro hombre, tener una relación seria y empezar a buscar un hijo voy a estar por jubilarme. Se dijo: El príncipe azul no existe, es celeste lavadito ¿Qué mejor que un hijo deseado, buscado, planificado y esperado totalmente? Y se decidió a ser madre sola, con una donación de espermatozoides. Lo que ahora se llama "Madre soltera por elección propia" (MSPE).

Lo intentó con una donación de esperma y su primer tratamiento de fertilidad fracasó. Justo después le extirparon fibromas del útero y, cuando se estaba recuperando, dejó de menstruar. A sus 42 años le diagnosticaron menopausia precoz: su reserva estaba "vieja", había dejado de ovular.

Fue un golpe. De todas formas, el duelo por su maternidad genética le llevó una semana. Mariela lloró, lo pensó, lo procesó y a la semana siguiente decidió encarar la búsqueda de la maternidad con espermatozoides y óvulos donados.

Volvió a someter su cuerpo a las esperas a los médicos, los análisis invasivos y las pastillas para preparar su útero y su endometrio. El día de la transferencia del embrión a su útero estaba nerviosa. Su médica quería que fueran dos o tres embriones, pues pensaba en las dificultades económicas de Mariela, en cuánto le iba a costar hacer otro tratamiento si el embrión no prendía (en aquel momento no había ley de cobertura). Pero Mariela no podía arriesgarse a tener mellizos. Nueve meses después, nació Mindy.

Mariela es adoptada y su papá murió cuando era chica. Siente que la donación y la adopción son actos de amor. A diferencia del 90% de las parejas que tienen hijos con gametas donadas, hoy le habla a Mindy con la verdad, le cuenta de esas personas tan lindas que hicieron que ella pudiera ser mamá, que hicieron posible que hoy estén juntas.

Su miedo es que Mindy no tenga la posibilidad de conocer a los donantes si así lo quiere, después de que cumpla 18 años, si la Justicia se lo autoriza. Por eso presentó un recurso de amparo para que el banco de esperma y el centro de fertilidad guarden los datos. Creó un grupo de Facebook de madres solas y coordina otro en la ONG Concebir. Y mientras busca de alguna forma reemplazar la figura paterna que no está, como le aconsejaron los psicólogos, va decidiendo la vida paso a paso.

Hoy Mindy se ríe como Mariela; no pronuncia ni la R, ni la L, ni la D, como Mariela. Y cuando se enoja, como su mamá, también frunce los labios como en un dos del truco.

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