Una noche con Santaolalla

Rodolfo Reich
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6 de octubre de 2018  

El saco abierto, de color salmón. La camisa blanca, que destaca un collar hindú formado por 108 cuentas y un penacho de hilos violetas. Los lentes de marco grueso y la sonrisa en el rostro. Así entra Gustavo Santaolalla al salón Posadas, en el Palacio Duhau, para un encuentro íntimo, único. Apenas 80 comensales en una noche que comenzará con una entrevista, seguirá con un show acústico y culminará con una cena deliciosa y grandes vinos.

El caso de Santaolalla es atípico: personificando aquello de "nadie es profeta en su tierra", su trabajo es menos conocido en la Argentina que en el mundo. Estamos hablando de uno de los músicos argentinos contemporáneos más premiados, cuya influencia alcanza los ritmos de gran parte del continente. Comenzó con 16 años, formando la legendaria banda Arco Iris. Siguió son Soluna, se hizo solista y, gracias a su amigo León Gieco, se introdujo en la producción, haciéndose cargo del álbum de De Ushuaia a La Quiaca.

A finales de los 70 se autoexilió en los Estados Unidos, sin olvidar sus raíces: desde allí revolucionó la escena musical como productor de muchas de las más grandes bandas de Latinoamérica. "Siempre fui para adelante", cuenta en el pequeño salón donde estamos. "Un amor al vértigo, al peligro, también a cierta inocencia. Me convertí en productor, sin una fórmula única. Tengo más de cien álbumes producidos, abarcando estilos bien distintos, desde Molotov al Kronos Quartet, de Julieta Venegas a Prisioneros, de Divididos a Cristóbal Repetto, de De Ushuaia a la Quiaca al Café de los maestros. Siempre algo nuevo, distinto. El mismo desafío que me llevó a meterme en el cine".

Ahí estamos, a un par de metros de Santaolalla, escuchándolo responder las preguntas. Resumir la importancia de este artista en unos pocos párrafos resulta imposible: en simultáneo a la producción de bandas y artistas, también de fundar Bajofondo, trabajó junto a grandes directores de cine como Alejandro González Iñárritu, Ang Lee, Wong Kar Wai y Walter Salles, entre otros. En su vitrina hay más de 15 Grammys, un par de premios Bafta, un Globo de Oro y nada menos que dos estatuillas Oscar, por la música de Secreto en la montaña y Babel. El señor de los premios, lo llaman, con razón. "Hay muchos premios, y aparte están los Oscar; es una bestia aparte, el premio máximo del mundo del entretenimiento. Es el más pesado, y lo digo también de manera literal, pesa cuatro kilos y medio. Y cuando te lo dan, te lo llevás en ese momento, te vas de fiesta en fiesta para celebrar, cada vez tomando un poco más, y siempre tenés que estar pensando en no perderlo. Como le pasó a Frances McDormand en la última premiación".

Ahí, en el salón apenas iluminado, entre mesitas bajas y un escenario pequeño, Santaolalla toma el roncoco, una suerte de charango, y comienza a entonar los acordes de "De Ushuaia a la Quiaca", canción bellísima y delicada. En YouTube, este tema tiene casi dos millones de visualizaciones. No extraña que haya comenzado por aquí. "Apreté el botón de pausa, algo que nunca había hecho", explica. Bajo el título de Desandando el camino, hoy este artista mira hacia atrás, recupera canciones, repasa una historia. "Siempre quise mirar para adelante. Lo del cine me llevó al videojuego (es responsable de la música de Last of us, el popular juego de la Playstation 3; ahora está terminando la segunda parte, que se lanzará en 2019). Hice música para un espectáculo de danza, estoy trabajando en un musical sobre el laberinto del fauno, me asocié a una agencia de comunicación y estamos hablando con la NASA. Pero a la vez se dio una confluencia de causas -una es mi edad, que ya pasé los 60 años; otra la perspectiva de convertirme en abuelo- que me hicieron dar vuela la cabeza. Al mirar lo que hice en mi vida, encuentro las canciones. Y en esas canciones hay algo atemporal. Hoy gracias a la cuántica sabemos que el tiempo no existe, que es una convención relativa. Y reconocí en esas primeras canciones cosas muy modernas, incluso futuristas, siempre alrededor de los temas que me interesan: la vida, la muerte, el amor, el desamor".

Sigue la música, ya con guitarra en mano. La preciosa "Río de las penas", donde recuerda a Mercedes Sosa. La algo hippie "Un poquito de tu amor". El rock de Ando rodando, de 1982. Gustavo es un personaje ecléctico, que habla sobre física cuántica, sobre qué significa ser latino en los Estados Unidos, sobre el papel de los medios. "Estamos en un momento muy groso, una transición en la historia de la humanidad. Y esto exige ser cauteloso. No quiero caer en una visión fatalista, como la de Elon Musk, pero hay que ser conscientes. Y no quedarnos nunca con lo que nos cuentan diariamente los medios de comunicación. Todo tiene siempre dos lecturas. Hay una globalización hermosa, donde estamos todos conectados; y otra globalización que habla de un new world order, que achata para igualar", cuenta. De pronto, Santaolalla es una persona práctica y terrenal; de pronto es pura espiritualidad .

Suenan los aplausos: después de seis temas -el último es "Mañana Campestre"- es la hora de la cena. Un menú elaborado por Antonio Soriano, Matías Rouaux y Damián Betular, los cocineros del Palacio Duhau Park Hyatt Buenos Aires, junto a los vinos de la bodega Cielo y Tierra, que Santaolalla elabora en Mendoza. "Es un viaje que va de Ushuaia a la Quiaca. No lo pensamos desde los platos típicos sino desde los productos. Empezamos con el norte, y van a ver en el plato surubí, quinoa, mandioca, cítricos, pimentón. Nuestro propio cerro de siete colores", presenta Soriano. Sigue Cuyo, con cabrito de Malargüe, olivas y jugo de Torrontés; luego, de las pampas, un bife de Black Angus con risotto de trigo cítrico; para finalizar, la Patagonia dice presente con una mousse de vainilla y chocolate blanco, frambuesa y pistachos.

Gustavo Santaolalla no sabe leer ni escribir música: lejos de la academia, aprendió escuchando. Lo mismo hizo con los vinos. "Aprendí bebiendo y comiendo, dos cosas que van juntas. Una vez, con Arco Iris, hicimos una zapada en una finca, bajo una galería mirando un viñedo, y esa imagen me quedó grabada. Luego me mudé a California, también zona viñatera. Y el vino siempre fue un momento poético con Ale, mi mujer. Empezamos con la bodega en 2005, junto al enólogo Juan Carlos Chavero. Tardamos cinco años en sacar nuestros primeros vinos, tres malbec: Celador, Don Juan Nahuel y Don Juan Nahuel Reserva. Y al toque logramos medallas de oro y altos puntajes. Igual, es un negocio a largo plazo. Una vez le preguntaron a la señora de Rothshild (con bodegas muy famosas en Francia) si se hacía dinero con el vino y ella dijo: 'Sí, sí, sí, en cien años podés hacer dinero'. Y mirá cómo son las cosas: mi hija Luna tiene 23 años, se acaba de recibir en la Universidad de California Davis de vitivinicultura, ahora está en la cosecha en el norte de Italia, en el Piamonte. A lo mejor ella continúa esta tradición y algún día logramos hacer algo de dinero", ríe.

Tras cuatro horas de palabras, música, sabores, el encuentro culmina. Pero queda una pregunta: ¿hay algo que una todas estas facetas tan distintas de Santaolalla? "Sí. Detrás hay una única cosa: afectar positivamente, con bondad, a la gente con lo que hago. Es un hilo que atraviesa todo. Luego, es diversidad".

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