Cuatro días en el hielo en busca de Moby Dick

Víctor Hugo Ghitta
(0)
7 de octubre de 2018  

Están tendidos en el hielo, arrebujados en sus bolsas de dormir, de cara al cielo y en silencio, los ojos llenos de asombro y el corazón palpitante, encandilados por el gran espectáculo del universo. Se me antoja, mientras los escucho recordar el día en que se aventuraron a conquistar los glaciares en medio de la desolada cordillera, que esa noche los asaltó la misma rara emoción que invadió al astronauta que por primera vez se adueñó del espacio exterior, el mismo vértigo que Yuri Gagarin sintió cuando una noche de abril de 1961 abandonó la nave espacial que lo transportaba y se convirtió en el primer hombre en observar la Tierra desde el espacio.

El silencio es hondo, cada tanto interrumpido por el silbido del viento o el rumor del agua corriendo debajo de la capa de hielo. A veces escuchan el sonido de la propia respiración y otras sus voces de asombro ante la magnificencia de la bóveda azul y las estrellas titilantes. Pero aunque cada uno de ellos está en ese espacio vasto y conmovedor, encandilados por una belleza extraordinaria que jamás se habían atrevido a soñar, y aunque sienten que están unidos en comunión -un hombre y una mujer enamorados en medio de la nada-, cada uno también ha emprendido un viaje interior y ha murmurado las mismas preguntas que se hicieron los antiguos cuando en el amanecer del mundo quisieron comprender los fenómenos de la naturaleza y el destino que les esperaba.

Cómo no preguntarse con cierta ansia metafísica acerca de quiénes somos y por qué razón inconcebible estamos aquí, cuando se está en una cumbre del mundo, tan desnudos y extrañados como habrán estado las criaturas aturdidas en torno del primer fuego o en la caverna poblada de sombras de Platón.

Cómo no sentirse pequeño e insignificante ante la inmensidad de las cosas, si el gran espectáculo de la galaxia a la que hemos llegado viene a recordarnos con su maravilla que somos tan solo un parpadeo en la historia del tiempo, la consecuencia de un albur químico que nos ha puesto sobre esta tierra, aunque, pese a la ciencia, cada tanto nos empeñemos en creer que somos hijos de la magia o del sueño de Dios.

Llevan en el cuerpo las fatigas del ascenso y la memoria del llanto, porque no han podido contener las lágrimas cuando el dolor convirtió en llagas sus manos o cuando el agua congelada de los ríos que debieron atravesar les caló los huesos. Pero aunque a cada paso ruegan volver a casa, sintiéndose malditos por haber emprendido otra vez una aventura extenuante, saben que en cuanto todo concluya empezarán a soñar otro destino, llevados por ese empecinado e insensato anhelo que guía a los montañistas. Porque no importa cuántos obstáculos se hayan presentado en la última travesía, ya están imaginando, secretamente conmovidos, el instante en que llegarán a tocar la piedra que nadie jamás ha tocado y se internarán de nuevo en las montañas, que en un tiempo que ya el hombre no recuerda fue la morada reservada a los dioses.

Ahora mismo, mientras cuentan detalles de la mañana en que treparon las paredes del glaciar, y entre bromas evocamos el día en que el coronel Aureliano Buendía recordó frente al pelotón de fusilamiento la vez que su padre lo llevó a conocer el hielo en Macondo, están ya inclinados sobre el gran mapa de África, pergeñando otra obstinada aventura: el ascenso al Kilimanjaro.

Escucho la agotadora serie de preparativos que deben cumplir, y se me ocurre que en ese andar juntos en la aventura hay también un encuentro amoroso. Junto a esa idea viene otra. En el principio de su novela Las nieves del Kilimanjaro, Hemingway nos advierte que en maa, la lengua nilótica que hablan los masáis, un pueblo que habita entre Kenia y Tanzania, esa majestuosa montaña se nombra Ngáje Ngái, que significa Casa de Dios. La leyenda cuenta que cerca de la cima, donde la altura supera ya los 5000 metros, se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, aunque nadie nunca pudo verlo ni imaginó qué hacía la bestia a esas alturas demenciales antes de morir congelada.

-Quizás escalar una y otra vez las montañas sea para ustedes como perseguir una ballena blanca en medio del mar -les digo. Nos reímos-. Son nuestro capitán Ahab y cada vez que se encaminan al cielo están yendo en busca de Moby Dick. O de sí mismos.

  • PLAYLIST. Mientras escribí este texto escuché: Sinfonía N° 7, Op. 92, Beethoven, Orchestre Révolutionnaire et Romantique, John Eliot Gardiner

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.