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Sin reformas de fondo, el gran riesgo de un largo estancamiento

Alexandre Schwartsman
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7 de octubre de 2018  

SAN PABLO.- No exagero al afirmar que las elecciones de hoy pueden ser las más importantes desde la redemocratización de Brasil. Sin embargo, en la campaña se discutieron cuestiones que poco dicen sobre los enormes desafíos que el país tendrá que enfrentar en el futuro inmediato.

Hay una crisis fiscal en marcha. Tras años de cuentas fiscales relativamente controladas -más por el aumento de los ingresos que por el control del gasto-, desde 2014 el sector público muestra fuertes desequilibrios y no hay certezas en cuanto a su corrección en un horizonte razonable.

La principal causa de ese desequilibrio es el comportamiento del gasto. En el caso del gobierno federal, del que tenemos datos detallados desde 1997, los gastos no financieros saltaron del 14 al 20% del PBI en dos décadas. Para colmo, el presupuesto se volvió cada vez más rígido: se estima que de cada diez reales gastados por el gobierno, nueve tienen un destino predeterminado por la Constitución, así que el margen de maniobra del Tesoro para reducir el gasto es casi nulo. Eso implica sacrificar cada vez más la inversión pública.

De esos gastos obligatorios, el mayor es el previsional: casi el 60% de las erogaciones.

Contra ese telón de fondo, hay un alarmante crecimiento de la deuda pública, que según estimaciones oficiales ya se acerca al 80% del PBI, contra el 50% de hace apenas cinco años. Aunque casi la totalidad de la denominación de esa deuda es en moneda local, su acelerado crecimiento lleva a pensar que, de no mediar reformas, el gobierno no tendrá cómo pagarla, a no ser con emisión monetaria, un mecanismo que en el pasado condujo a graves problemas inflacionarios.

El desafío es entonces retomar el proceso de reformas: modificar el sistema previsional para contener el gasto, reducir las obligaciones presupuestarias para dar flexibilidad a la política económica, y hacer una reforma drástica de las cargas tributarias, que no solo son aplastantes, sino distorsivas, con efectos nefastos para la productividad. La lista es larga y hay poco tiempo, sobre todo frente a la trayectoria que tomó la deuda pública y que ya afecta el índice del riesgo país, deprimiendo las inversiones y elevando las tasas a largo plazo.

En vista a la imposibilidad del actual gobierno para avanzar en ese campo, el nuevo presidente tendrá la tarea de proponer una agenda en ese sentido. Era de esperarse, por lo tanto, que la campaña se enfocara en el tema de las reformas. Sin embargo, la configuración política actual muestra otra cosa.

De un lado, tenemos el intento del Partido de los Trabajadores (PT) de volver al poder sin reconocer sus errores, que nos llevaron a la crisis actual. El máximo de autocrítica que se permite el partido es no haber controlado a la policía federal, a los fiscales, al Poder Judicial y a los medios mientras controlaban el país.

Del otro lado, un candidato -Jair Bolsonaro- que creció al abrigo de su oposición al PT, pero que por su desempeño parlamentario calificaría más bien como un dirigente sindical militar al que nunca le importó la agenda de la austeridad fiscal.

El escenario actual, por lo tanto, no permite soñar con reformas ni con una recuperación del crecimiento. Por el contrario, los riesgos reales y bastante factibles para los años que vendrán son un estancamiento de la economía con alta inflación.

Traducción de Jaime Arrambide

El autor es economista y exdirector de asuntos internacionales del Banco Central de Brasil

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