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Un presupuesto que se transformó en un tenso plebiscito para la política económica

El Gobierno enfrenta la etapa definitoria del proyecto con poco margen para las concesiones y en medio de una interna desatada en el peronismo; sin embargo, asegura tener los votos
Jorge Liotti
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7 de octubre de 2018  

Hay pocos emprendimientos menos épicos en política que lograr la aprobación de un presupuesto . La "ley de leyes" no deja de ser una proyección contable que se trata todos los años y que en la Argentina suele generar nostalgia apenas se cruza el primer trimestre del año siguiente. Por ejemplo, el que se aprobó a fin de 2017 pronosticaba una inflación de 15%, un dólar de $19 y un crecimiento de 3,5%.

Pero este año el tratamiento del presupuesto viene arropado en un contexto que le augura un carácter especial: es una suerte de plebiscito parlamentario del giro económico que adoptó el Gobierno para enfrentar la crisis que lo azota desde abril pasado. Es la prueba más desafiante en la que se pondrán en juego no solo el concepto de déficit cero que guía el proyecto y que justifica un fuerte ajuste del gasto, sino también el nuevo acuerdo con el FMI , las bandas cambiarias y las subas de tarifas. Es más un debate de política económica que de números técnicos. Y esta vez va a tener épica: negociaciones interminables con los gobernadores hasta último momento, legisladores que giren en el aire, marchas afuera del Congreso y nervios del Gobierno para aprobarlo antes de que se instale el show del G-20 , donde aspira a mostrarle al mundo que la Argentina es un país normal.

La Casa Rosada pasó de un cálculo optimista hace dos semanas, que auguraba unos 140 votos afirmativos (11 más que el quorum) a admitir que "si ganamos por uno festejamos". No temen un rechazo, pero reconocen que convivirán con la incertidumbre hasta el final. ¿Qué pasó en el medio? Básicamente dos cosas: se cristalizó la idea de un gobierno frágil y muy expuesto a la inclemencia económica, y se activó el modo full de la interna peronista. Los dos datos tienen costados positivos y negativos para el objetivo de Cambiemos. La crisis debilita a los negociadores oficiales, pero también asusta a los interlocutores de la oposición. Los reacomodamientos en el justicialismo complejizan el diálogo, pero al mismo tiempo facilitan las divisiones y los acuerdos parciales.

Frigerio y Monzó
Frigerio y Monzó Fuente: Archivo

Como hizo con Nicolás Dujovne y Guido Sandleris en el acuerdo con el FMI, Mauricio Macri esta vez delegó la negociación en Rogelio Frigerio y Emilio Monzó . Ambos mantienen actualizado a Marcos Peña . El Presidente no está muy interesado en las menudencias de las tratativas. Solo les indicó a sus delegados dos líneas rectoras: sostener el equilibrio fiscal y mantener las proyecciones macroeconómicas pautadas. En el medio, hay margen de negociación. El problema es que esta vez no hay plata para compensaciones, como en 2017, cuando el Gobierno cedió $45.000 millones en el camino que fue desde la presentación del presupuesto hasta su aprobación definitiva.

Frigerio y Monzó son dos mercaderes de baratijas que se contorsionan para seducir a gobernadores y diputados opositores. Prometen destrabar algún plan barrial de viviendas, atender un reclamo atrasado, liberar un pago trabado. No tienen mucho más para ofrecer. Las grandes concesiones ya se hicieron: los $4100 millones para reparar el traspié del fondo sojero, el freno a la baja del impuesto al sello y la promesa de que se gravará con bienes personales el patrimonio declarado en el extranjero. "En la negociación se mezcla nuestra situación de debilidad con el hecho de que 21 de las 24 provincias tienen superávit fiscal, lo que les permite endurecerse más sin temor a pagar costos", confiesa uno de los articuladores del oficialismo. Entre los asesores de Frigerio aseguran que los gobernadores no pierden tanto en el paquete global que incluye el presupuesto y la adenda del pacto fiscal que enviarán esta semana al Congreso. Sí admiten que el retroceso real vendrá por el lado de las obras. El año electoral solo verá terminaciones de trabajos ya iniciados, nada para comenzar de cero.

Para sorpresa de varios, una de las más incómodas con la negociación es María Eugenia Vidal. Y ya expresó su malestar a la Casa Rosada. Pero tiene lógica: será la más perjudicada con los ajustes, sobre todo por la transferencia de los costos de subsidios al transporte y a la energía. Su prédica para actualizar por inflación el Fondo del Conurbano no tiene margen para prosperar en el contexto actual. Solo podría salvarla un gesto magnánimo de Macri una vez terminada la discusión en el Congreso.

"Esta vez vamos a hacer la doble Nelson: negociación con los gobernadores y con los diputados al mismo tiempo. Ya aprendimos la lección del año pasado", comentó el ministro del Interior entre los suyos. Todavía pesa el recuerdo del tumultuoso fin de 2017, cuando los mandatarios provinciales firmaron el pacto fiscal y se desentendieron de las reformas en el Congreso.

El cálculo que hace Monzó por estas horas es que a los 108 diputados propios se sumarían un par de votos del bloque de Martín Lousteau (pidió algunos cambios, pero dice que encontró receptividad en el oficialismo), de los legisladores de Santiago del Estero (la firma esta semana de la adenda del pacto fiscal por parte del gobernador Gerardo Zamora fue festejada en la Casa Rosada como una garantía de apoyo), de los diputados de Misiones y algunos legisladores sueltos.

"Si garantizamos los 120 votos llegamos, porque va a haber muchas abstenciones", comentó esta semana. El Gobierno trabaja para eso: transformar los votos negativos en abstenciones, y las posibles abstenciones en votos positivos. La abstención es un riesgo simbólico para el oficialismo. Puede ser el refugio ideal para muchos opositores que quieren expresar su desacuerdo con la política económica y a la vez evitar quedar como un obstáculo para un gobierno en dificultades. Pero una ola de abstenciones empañaría el objetivo central que para Macri tiene el presupuesto: mostrarles a los mercados internacionales un "acuerdo político" con la oposición.

Es difícil que el peronismo le regale ese trofeo en el estado de ebullición en que quedó tras la foto conjunta de Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey, Miguel Ángel Pichetto y Juan Schiaretti. Desde la mirada del debate del presupuesto, esa imagen no es unívoca. Massa ya avisó que no lo votará y que lo más probable es que sus diputados se abstengan o se ausenten. Diego Bossio, aunque no pertenece al Frente Renovador, está en la misma sintonía. Urtubey, Pichetto y Schiaretti, en cambio, ayudarán a Macri.

Pero no se trata de una diferencia por los números, sino de posicionamientos políticos. Aconsejado por sus estrategas electorales, Massa resolvió abandonar la "ancha avenida del medio" y ubicarse en un rol claramente opositor. "Hay un 65% de la población en contra del Gobierno, y nosotros tenemos más posibilidades de capturar votos entre los adherentes débiles del kirchnerismo que en las cercanías del macrismo, donde lo hará Urtubey", explicó uno de sus asesores. Subyace un cambio que será clave para el año próximo: si hasta ahora el vector que ordenaba el tablero era Cristina -a favor y en contra- ahora pasaron a ser Macri y su política económica.

Este preámbulo del escenario electoral 2019 es el que se exhibirá en la votación del presupuesto. Macri buscará la foto para el FMI; los gobernadores, no perder plata, y el peronismo, mostrar las cartas de su interna. Los números probablemente serán un recuerdo en algunos meses.

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