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Una puja dramática que contaminó a la joya institucional de EE.UU.

Rafael Mathus Ruiz
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7 de octubre de 2018  

WASHINGTON.- El nombramiento del juez Brett Kavanaugh a la Corte Suprema de Justicia terminó de instalar la grieta que mantiene fracturado a Estados Unidos en el máximo tribunal del país, contaminando una de sus joyas institucionales. El "triunfo", esta vez, fue para la derecha, y llevó la marca imborrable de Donald Trump.

Un dato marca la irrupción de la polarización en la Corte: Kavanaugh fue confirmado ayer con 50 votos en el Senado, el respaldo más bajo de los nueve miembros actuales del tribunal. En 1988, su antecesor, Anthony Kennedy, obtuvo 97 votos a favor, y ninguno en contra.

El ascenso de Kavanaugh a la Corte no pudo haber sido más "trumpista": histórico, dramático, jaqueado por acusaciones de agresión sexual, mentiras, polémicas y protestas, politizado al extremo y con un desenlace que mantuvo en vilo a todos, decidido por lo justo, en el último minuto. Fue al cierre de una pelea durísima, que crispó las divisiones en el país y que, al final, volvió a correr los límites de la tolerancia.

La puja política por Kavanaugh dejó una herida en la Corte, y en el país. El máximo tribunal, último guardián de la Constitución -un documento que para algunos es casi tan sagrado como la Biblia-, dejó una huella imborrable en la historia al dirimir temas sensibles como el aborto, la libertad de expresión, el matrimonio gay, el cuidado del medio ambiente o los derechos de las minorías.

Ahora, el tribunal tendrá dos jueces acusados de acoso o abuso sexual -además de Brett Kavanaugh, Clarence Thomas, confirmado con 52 votos en 1991-, y perderá su equilibrio ideológico: el ala "conservadora" contará ahora con cinco jueces, contra cuatro del ala "progresista".

Para Trump, ese giro representa una de las victorias más resonantes y trascendentes de su presidencia. Un hito en su legado. Más aún: agigantó su figura dentro de la derecha norteamericana, sus seguidores y el establishment que tanto lo castigó, a quienes les dio una mayoría en el máximo tribunal de la nación, un objetivo soñado, y un proyecto perseguido durante décadas, impensado hasta hace apenas unos años.

Ante ese premio, los republicanos jugaron a fondo. Nada los detuvo. Ni la acusación de agresión sexual de Christine Blasey Ford, la chispa del movimiento #MeToo o las protestas de miles de mujeres que, ahora, prometen un castigo en las urnas.

Al contrario: la Casa Blanca y la cúpula oficialista en el Capitolio pusieron todo bajo el manto de un "golpe político" de la izquierda, tal como dijo el propio Kavanaugh al negar, en un testimonio atípicamente partidista para un juez, todas las acusaciones en su contra en el Senado.

Afecto a las teorías conspirativas, Trump fue más allá: acusó a los manifestantes de estar pagados por George Soros, el multimillonario filántropo progresista.

Al final, todos pensaron en los votos, y la verdad quedó en el camino, junto con una cuota de reputación de la Corte. Una investigación a medias del FBI sobre la denuncia de Ford dejó a la mitad del país diciendo que Kavanaugh es inocente, y a la otra mitad, culpable.

"No fuimos intimidados por la turba", atizó el líder republicano del Senado, Mitch McConnell, sobre las protestas. "Nuestra base está encendida", agregó. Derrotado, el líder demócrata, Chuck Schumer, terminó arengando a los suyos. "Para los norteamericanos, para tantos millones que están indignados por lo que sucedió, hay una respuesta: votar".

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