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Convulsión: Brasil, del sueño de ser potencia global al trauma sin fin

Jair Bolsonaro
Jair Bolsonaro
Tras años de una profunda crisis política y económica que evaporó el entusiasmo de principios de siglo, el país va a las urnas; el ultraderechista Bolsonaro, favorito
Alberto Armendáriz
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7 de octubre de 2018  

RÍO DE JANEIRO.- Hasta hace pocos años, impulsado por su estabilidad política y un crecimiento sostenido, Brasil se entusiasmaba con ser una potencia global.

Pero, tras la peor recesión de su historia, uno de los mayores escándalos de corrupción en el mundo, una presidenta destituida por impeachment, índices de violencia y desempleo récord y el mandatario más impopular desde la redemocratización, el país parece ahora sumido en una pesadilla constante, sin que la primera vuelta de las elecciones presidenciales de hoy ofrezca una esperanza de salida.

Con los ánimos exacerbados, 147 millones de brasileños están habilitados para votar en unos comicios marcados por la polarización entre dos candidatos: el ultraderechista Jair Bolsonaro , del Partido Social Liberal, con 36% de la intención de voto, y el izquierdista Fernando Haddad , del PT, con 22%, que llegarían al ballottage.

Bolsonaro, un exmilitar y diputado durante casi tres décadas, se presenta como un neoliberal "salvador de la patria" por su perfil de línea dura contra la corrupción política y la criminalidad. Despierta temores por la defensa que hace de la última dictadura y sus controvertidas posturas machistas, racistas y homófobas. Haddad, académico y exalcalde de San Pablo, promete preservar al país del "avance fascista" y recuperar los años de bonanza vividos en tiempos de Luiz Inacio Lula da Silva, de quien heredó la candidatura del PT luego de que el exmandatario quedó impugnado por la condena a 12 años de prisión por sobornos. Genera desconfianza por un eventual retroceso en la lucha contra la corrupción y una mayor intervención estatal en la economía más grande de América Latina.

Se espera que estas elecciones, en las que también se renuevan los 513 miembros de la Cámara de Diputados, los 27 gobernadores, y dos tercios (54) de la bancas del Senado, se definan en un ballottage el 28 de octubre. Sin embargo, pocos analistas creen que el ajustado resultado final previsto en las urnas ponga fin a la espiral de crisis de los últimos años.

"Lo que posibilitó que Brasil disfrutase de un período muy favorable entre 1994, con la creación del Plan Real que estabilizó la economía, y 2013, cuando estallaron masivas protestas callejeras, fue un sistema político con eje centrista, de competencia moderada entre el Partido de la Social Democracia Brasileña [PSDB] y el PT, con el Movimiento Democrático Brasileño [ahora MDB] como aliado de uno y otro. Las tres principales fuerzas convergían en la necesidad de garantizar la democracia y las libertades civiles, mantener la estabilidad económico-fiscal, y reducir la pobreza y las desigualdades sociales", explicó a la nacion María Herminia Tavares de Almeida, profesora de ciencias políticas de la Universidad de San Pablo.

Durante los dos gobiernos del socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso (1995-2002) y los dos de Lula (2003-2010) se respetó ese entendimiento, pero ya durante la administración de Dilma Rousseff (2011-1016), poco a poco se empezó a erosionar el pilar económico-fiscal. Aunque se disminuyó de manera significativa la desigualdad social -en especial en la gestión de Lula, con 30 millones de brasileños que salieron de la pobreza- y se amplió mucho el mercado de consumo, no se realizaron los ajustes para volver la economía más productiva; se aumentaron los gastos públicos y se dio pie a un creciente desequilibrio fiscal (Dilma fue, justamente, destituida por manipulación de las cuentas públicas).

"Brasil se había beneficiado de un contexto internacional muy positivo, con altos precios de las materias primas que el país vende [soja, mineral de hierro, caña de azúcar, café, carne], el crecimiento de China, uno de nuestros principales compradores de commodities, y las bajas tasas de interés en Estados Unidos que trajeron dinero para aquí. Pero se crearon expectativas un poco exageradas sobre el país, que no resolvió sus problemas de infraestructura y burocracia, y no invirtió lo suficiente en educación. Se perdió una gran oportunidad. Mientras tanto, la corrupción creció", dijo el analista Oliver Stuenkel, del Centro de Relaciones Internacionales de la Fundación Getulio Vargas.

Con base en el boom económico, las autoridades brasileñas se aventuraron a estirar la fiesta. Brasil ganó las competencias para ser sede del Mundial de Fútbol de 2014 y para celebrar los Juegos Olímpicos de 2016 en Río, eventos que requirieron más gastos y dieron lugar a escándalos de sobornos y desvíos de dinero. Las primeras tensiones se hicieron evidentes con las manifestaciones de 2013, en rechazo a un aumento del precio del transporte público y que se ampliaron por la represión policial.

"Un sentimiento de indignación frente al deterioro de los servicios públicos y a la corrupción se hizo explícito. Era algo difuso, contra todos los políticos, y los partidos no se hicieron responsables de esa insatisfacción, que fue el germen de posibilitó el surgimiento después de un fenómeno antisistema como se presenta Bolsonaro", apuntó Mauro Paulino, director de Datafolha. Ese fue el caldo de cultivo del que se alimentó el fenómeno Bolsonaro, que promete un cambio drástico con el statu quo con reminiscencias autoritarias peligrosas. Frente a él, Haddad agita las banderas de la nostalgia, de un pasado reciente mejor, pero que hoy no se podría sostener.

Sea quien sea el ganador, tendrá desafíos gigantescos. En el ámbito económico, deberá hacer frente a la demorada reforma previsional para detener el crecimiento del déficit. Y desde el aspecto político, deberá garantizar cuanto antes su gobernabilidad; los índices de rechazo que tienen Bolsonaro y Haddad serán una gran fuente de inestabilidad.

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