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Por fin sabemos para qué sirve el Obelisco

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
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6 de octubre de 2018  • 22:50

Diez años atrás, China organizó una ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín que podía resumirse en una línea: "Vean, muchachos de Occidente, tenemos tanta historia y somos tan, pero tan poderosos, que si un día nos levantamos de mal humor, nos los comemos crudos a todos". Aquello fue impactante, abrumador y atemorizante. Cuatro años después, Londres demostró que unos Juegos se pueden inaugurar de otra manera. El imperio británico, venido a menos, apeló al soft power, con un delicioso paseo por lo mejor de su historia musical. Un dato es suficiente: el equipo olímpico local ingresó al estadio al son del "Heroes" de David Bowie, todo un orgullo nacional.

¿Y de qué estamos orgullosos los argentinos? Ignorados por muchos, pero entusiasmando de antemano a cientos de miles que se registraron para asistir a los 12 días de competencias, los Juegos de la Juventud –muy lejos de los Juegos "grandes", pero un evento en absoluto menor- aparecieron en medio de estos meses de crisis y clima de negatividad extrema para interpelarnos. ¿Es cierto que está todo mal, es cierto que hacemos todo mal?

Quizás parte del problema pase por esa aún hoy extendida convicción de nuestro irremediable destino de grandeza. ¿Aspiramos a demasiado? Es posible, aunque depende de cómo se lo mire. Cuando los aros olímpicos vuelan sobre la Avenida 9 de julio y el Obelisco se transforma en una obra de arte, quizás sí debamos pensar que ni hacemos todo mal ni estamos condenados a la mediocridad.

"Viví el futuro", pide el slogan de los Juegos. Y el futuro se moldea con el presente. Afortunadamente no nos vamos a comer crudos a nadie, pero la inusual experiencia de los Juegos de la Juventud está demostrando que somos capaces de hacer ciertas cosas muy bien. Y a estos Juegos que apenas comienzan hay que reconocerles además algo: por fin sabemos para qué sirve el Obelisco.

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