Que la mano invisible del mercado no se convierta en el garfio del pirata

Oscar Oszlak
Oscar Oszlak PARA LA NACION
Los Estados deben trabajar para lograr un capitalismo social, democrático y con rostro humano
Los Estados deben trabajar para lograr un capitalismo social, democrático y con rostro humano
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8 de octubre de 2018  

Hace 25 años, en su libro El futuro del capitalismo, Lester Thurow vaticinaba "saltos cuánticos" en el sistema capitalista, movimientos tectónicos en sus capas profundas, que producirían enormes cambios y posibles cataclismos. Los sintetizó en cinco fuerzas: el fin del comunismo y, como consecuencia, una inmensa oferta de mano de obra barata y capacitada proveniente del Segundo Mundo; las nuevas tecnologías, que prefiguraban una actividad económica basada en la capacidad intelectual, más que en las clásicas ventajas comparativas; el crecimiento de la población en las naciones pobres y los desplazamientos migratorios masivos; el avance hacia una economía globalizada y, finalmente, la ausencia de liderazgo en un mundo crecientemente multipolar.

Todas se cumplieron. En su visión, esas "placas tectónicas" demostraban la incapacidad del sistema de renovarse ideológicamente, la incompatibilidad entre democracia y economía de mercado y el menguado papel regulador cumplido por el Estado. Al respecto, el autor señalaba que los mercados libres y sin ataduras tienen la costumbre de descubrir actividades muy rentables pero improductivas, por lo que la maximización de los beneficios -atada a la prosecución del interés individual- no siempre conduce a la maximización de los productos. Con mucha frecuencia la "mano invisible" de Adam Smith se convierte -en sus palabras- en la mano de un carterista.

Esto último ya lo admitía el propio FMI -hoy actor ineludible de la crónica diaria- durante su etapa de "renovación" finisecular. Y lo repetiría su tres veces director, Michel Camdessus, cuando señalaba, en 2006, que "si se abandona totalmente el mercado a sus mecanismos, se corre el riesgo (...) de que los más débiles sean pisoteados". Agregaba que una sociedad verdaderamente humana no apela a la economía de la mano invisible, sino a una economía de "tres manos", que incluía la mano invisible del mercado (con la empresa en el centro), flanqueada por la mano de justicia del Estado y la mano fraterna de la solidaridad, para reducir las desigualdades y combatir la pobreza.

Como apelación moral no estaba mal. Pero en un sistema capitalista, fundado en una distribución desigual e inequitativa del ingreso y la riqueza, las "tres manos" suelen tener fuerzas y velocidades muy dispares. Por una parte, las desigualdades sociales no alcanzan a ser debidamente compensadas por la mano interventora del Estado y, a menudo, sus decisiones y acciones no consiguen sino exacerbarlas. Por otra, la mano solidaria, nunca mejor ilustrada por la llamada "responsabilidad social empresaria", también es incapaz de cerrar -siquiera parcialmente- el tremendo abismo social existente entre ricos y pobres. En la práctica, ambas manos, juntas o separadas, han probado su ineficacia frente al afilado garfio del pirata en que termina convirtiéndose la "mano invisible" del mercado.

¿Por qué? Años atrás intenté explicarlo con una metáfora, imaginando qué ocurriría en un cruce de avenidas si súbitamente se apagara el semáforo. No dudo de que en el intento de cruzar tendería a primar la racionalidad individual de cada peatón, automovilista o conductor de colectivo, camión o ambulancia. El bien común sería lograr que el cruce al otro lado de la calle fuera un proceso ordenado. Que primero lo hicieran las mujeres, los niños y los ancianos; luego, el resto de los peatones, para que entonces comenzaran a cruzar los vehículos, alineados de modo de respetar diferentes velocidades, comenzando por aquellos que circulan de derecha a izquierda de los otros. Cederían el paso a las ambulancias, bomberos y peatones discapacitados que se hubieren demorado en el cruce. Y nadie intentaría "ganar de mano" a los demás aprovechando el porte de su rodado o su mayor temeridad. Esta sería la lógica colectiva que maximizaría el interés general. La misma que está implícita en la pretendida "mano invisible" del mercado.

Sabemos de sobra que estas reglas de juego son incompatibles con la naturaleza humana. Que en ausencia de un semáforo, peatones y conductores no regularán sus movimientos observando una jerarquía de valores y un código de conducta que privilegien el desinterés individual y el respeto por el interés del prójimo. No son estas las reglas que gobiernan ni el "mercado" de peatones y automovilistas ni el mercado económico. Y aunque el discurso neoliberal nos indique que maximizando nuestro interés individual maximizamos el interés colectivo, no ignoramos que si pretendemos hacerlo como "automovilistas-cruzadores-de-avenidas", solo contribuiremos a un caótico congestionamiento de tránsito. Peor aún, parafraseando a Camdessus, si somos débiles peatones y el tránsito es totalmente abandonado a la decisión de los motorizados, corremos el riesgo de ser pisoteados.

No han sido pocos los momentos de la historia económica contemporánea en que los países han pendulado desde posturas que privilegian la iniciativa individual hasta posiciones estatizantes a ultranza. Pero así como las sociedades hiperestatizadas han demostrado su inviabilidad histórica, es probable que lo mismo ocurra con las sociedades desestatizadas. La utopía leninista de extinción del Estado en el tránsito al comunismo no pudo concretarse en los "socialismos reales"; más bien, se manifestó en su opuesto: un Estado hipertrofiado e ineficaz. El liberalismo extremo, que proyecta igualmente el desmantelamiento del Estado en el tránsito hacia la plena vigencia del mercado, también resulta utópico porque es incapaz de frenar las consecuencias socialmente disruptivas del patrón de acumulación que tiende a imponerse bajo condiciones económicas salvajes. Los automovilistas irresponsables y los capitalistas voraces solo observan la ley de la selva, a menos que algún semáforo -por tenue que sea su luz- continúe encendido.

Por lo tanto, si la "mano solidaria", aunque deseable, solo aparece por excepción; y si la "mano invisible" tiende a convertirse en el "garfio del pirata", solo la "mano justa" (de un Estado justo) es la que puede conciliar y arbitrar las contradictorias demandas de estabilidad, crecimiento y equidad en las que se funda, desde sus orígenes, el orden capitalista. Pero se trata de un Estado que debe transformarse según una concepción que rechace, simultáneamente, las nociones antitéticas de la inevitable supremacía del mercado sobre el Estado, o la de este sobre aquel. La experiencia enseña que en el "mercado" del tránsito, los poderosos, los audaces, los irresponsables, siempre consiguen sus objetivos, a despecho de los más débiles, de los desamparados o de los obedientes observadores de las reglas. En el tránsito hacia el mercado ocurre algo parecido: un creciente tendal de víctimas, inermes frente al "sálvese quien pueda" impuesto por los más fuertes, queda a la vera del camino.

Ni el "puño de hierro" de los socialismos hoy preexistentes ni la "mano invisible" del nuevo milenio mercadista han probado ser capaces de regular las conductas sociales en un sentido que permita preservar y conciliar el orden, el progreso material y el bienestar para todos que exige la convivencia civilizada. Tal vez no sean "puños" ni "manos", sino cabezas bien plantadas, lo que haga falta para lograr este supremo objetivo: imaginar un capitalismo social, democrático y, sobre todo, con rostro humano.

Investigador titular de Cedes, área política y gestión pública

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