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La diplomacia profesional ante la situación del país

Dotados de una sólida formación, nuestros diplomáticos promueven los intereses de la Argentina y asisten a los compatriotas en el exterior
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8 de octubre de 2018  

Después de diez años continuados al frente de la Asociación Profesional del Cuerpo Permanente del Servicio Exterior de la Nación (Apsen), el embajador Eduardo Mallea dejará esas funciones. Días atrás pronunció el discurso del Día del Diplomático. Unos podrán estar de acuerdo con lo que dijo en su medulosa exposición; otros, menos, y algunos, como el canciller Jorge Faurie, hasta podrán exasperarse por las referencias de Mallea al peso del servicio exterior sobre el erario nacional.

En las actuales condiciones económicas y financieras del país, lo verdaderamente incuestionable es que el discurso de Mallea no pudo haber dejado a nadie indiferente, pues logró representar el pensamiento de la generalidad de sus colegas respecto de una política de reducción de gastos en nuestra representación externa, que ha alcanzado a inmuebles que han sido, por relevancia y ubicación, parte de la identidad argentina en el mundo.

En su filosa exposición, Mallea dijo que si todo fuera mensurado a través del prisma de nuestras exportaciones, acaso debiéramos cerrar embajadas como la de la Santa Sede. Fue un argumento efectista, pero que no concierne al fondo de la cuestión, sino a la eficiente prudencia, en todo caso, con la cual se hagan los ahorros. Mallea sabe, por lo que se infiere de una parte sustancial de su discurso, que el Estado argentino se encuentra en situación crítica a raíz de años y años de dilapidación de recursos por una burocracia estatal que no ha cesado de crecer y por el déficit, que el país se ha comprometido a superar ante el Fondo Monetario Internacional. O sea: deben realizarse actos quirúrgicos dolorosos.

La confesión de que "se está trabajando en un convenio con la Secretaría de Seguridad Social", que implicará aportes adicionales y voluntarios por parte de los funcionarios del servicio exterior, indica que la gravedad de las cuentas públicas es perceptible por quien hablaba en nombre de más de mil colegas. Como señaló Faurie, nuestros diplomáticos no pueden olvidarse de su posición relativamente privilegiada en materia de salarios y condiciones laborales; también, en la condición de jubilados. La contrapartida es la calidad de sus servicios y hasta el cumplimiento de misiones no exentas tantas veces de riesgos.

El discurso que comentamos es una síntesis de la labor que realiza un cuerpo diplomático profesionalizado desde que egresaron los primeros graduados del Instituto del Servicio Exterior de la Nación, obra magnífica del ministro Carlos Muñiz.

La Cancillería tiene en el exterior, además de embajadas, 133 consulados y secciones consulares que se ocupan al año de un millón de actuaciones y atienden a detenidos 1500, en 2017 y a afectados por accidentes, vulnerabilidad o desprotección. Por igual se satisfacen requerimientos del millón y medio de compatriotas residentes en el exterior, turistas y gestores de negocios. El Ministerio de Relaciones Exteriores se halla involucrado en los acuerdos de libre comercio que se están negociando con la Unión Europea, la Asociación Europea de Libre Cambio, Canadá, Corea del Sur, Singapur, Nueva Zelanda, Marruecos y Túnez.

No es poco el renovado papel de nuestra diplomacia con el retorno en 2016 de un presidente argentino a las reuniones de Davos después de 13 años. Esto puede juzgarse por un sinnúmero de acciones. Entre ellas, la predisposición con la cual el presidente Macri recibió más de treinta visitas de Estado u oficiales y abrió el país a encuentros multilaterales. Ha habido este año aquí varias reuniones de esa naturaleza, aunque nada puede constituir un acontecimiento mayor, incluso en el plano histórico, que la concertación del G-20 a fines del mes próximo, en Buenos Aires.

Fue un hallazgo del embajador Mallea haber mencionado que los gastos de la Cancillería representan el 0,14 por ciento del total de la administración pública nacional.

Un discurso provocador en el buen sentido es un discurso útil para todos. Lo celebramos como elemento que ha puesto de relieve el encomiable papel que una diplomacia profesional, sin duda excesivamente afectada por nombramientos políticos, proporciona a los intereses permanentes del país.

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