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Ceremonia religiosa en el escenario

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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8 de octubre de 2018  

Crucé la entrada a la platea del Teatro Nacional Cervantes y me interné en el amplio corredor de la derecha, detrás de un acomodador. El guía abrió una puerta en la que jamás había reparado, seguimos por un pasadizo y desembocamos en una sala desconocida que no tenía nada que ver con la platea ni con el estilo hispánico del teatro, sino con los teatritos independientes. En ese espacio, había unas gradas con sillas para los espectadores. Frente a estos, en lo que era un escenario más bien pequeño, ya estaban sentados dos actores que dialogaban susurrando. Unas cámaras de televisión enfocaban lo que se suponía era el decorado de un estudio de grabación. Los actores eran Marilú Marini, devenida periodista, y su entrevistado, el sacerdote y poeta Hugo Mujica, que se interpretaba a sí mismo. Era el comienzo de Sagrado bosque de monstruos, la obra de Santiago Loza sobre la vida de Santa Teresa de Ávila, dirigida por Alejandro Tantanian.

Cuando terminó el diálogo de la "periodista" y el religioso, el entero sector de las gradas empezó a girar hacia la izquierda como una calesita e, inesperadamente, tuvimos frente a nosotros la imponente vista de la platea, los palcos y el paraíso del Cervantes sin público, donde se desarrollaría la acción. Los espectadores estábamos ubicados en lo que es normalmente el escenario giratorio. Desde allí, asistimos a las peripecias de Teresa y al asombroso despliegue tecnológico del teatro.

Recuerdo dos "intervenciones" logradas de ese tipo en el Cervantes. La primera, el 8 de agosto de 1984, fue cuando debutó la compañía de Lluis Pascual con La vida de Eduardo II, de Marlowe y Brecht. Eduardo II era Alfredo Alcón; el papel de Gaveston, el favorito del rey, lo encarnaba el casi desconocido Antonio Banderas. Estaba habilitada la mitad de la platea y las butacas se habían dispuesto en la circunferencia de una improvisada pista de circo: el escenario.

El 22 de agosto de 1986, presencié otra "intervención". En aquella oportunidad, Brigitte Jaques-Wajeman dirigió la Comédie Française en la maravillosa Elvire Jouvet 40. El público ocupaba una parte de la platea. Las butacas estaban cubiertas por sábanas, como en algunos ensayos. Parecía que se iba a desarrollar una ceremonia religiosa. Y así fue. En ese sentido, la pieza de Loza tiene un punto en común con Elvire...

En 1934, el gran actor y director Louis Jouvet empezó a enseñar en el Conservatorio de Arte Dramático de París, y en 1939 indicó que estenografiaran sus cursos. Más de tres décadas después, Brigitte Jaques-Wajeman se valió de esos registros para concebir y montar Elvire 40, basada en las siete clases que Jouvet había dado, de enero a septiembre de 1940, a una alumna de tercer año, Paule Dehelly. En el drama se llama Claudia. Maestro y alumna trabajaron solo la escena VI del IV acto de Don Juan, de Molière: la despedida de Elvire. Una y otra vez, Jouvet interrumpía a Claudia-Paule para corregirla, explicarle y hacerle repetir hasta la extenuación sus movimientos y el texto de amor y fe. Las indicaciones incesantes, cada vez más sutiles, eran precisas, poéticas y crueles. La porfía implacable del maestro en alcanzar la perfección era una ascesis dolorosa para la alumna. No debía quedar nada de Claudia para ser Elvire: una experiencia mística.

En la vida real, Paule Dehelly obtuvo el primer premio de comedia con esa escena en el concurso de egresados del Conservatorio, en 1940, pero nunca la representó frente al público. Era judía. Los nazis le prohibieron que actuara. Solo fue Elvire en una sala de ensayos vacía.

Una devoción similar se vive al final de Sagrado bosque de monstruos, cuando las monjas ciñen la cabeza de Teresa con una corona de flores. Se desvanecen los artilugios, el "espectáculo", las palabras, para que reinen el silencio del éxtasis, la presencia y el arte de Marilú Marini.

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