Para Haddad y el PT, una diferencia muy difícil de remontar

Inés Capdevila
Inés Capdevila LA NACION
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7 de octubre de 2018  • 21:48

Jair Bolsonaro y Fernando Haddad son enemigos íntimos. Se enfrentan desde los opuestos y tienen visiones irreconciliables -ambas bastante vagas- de cómo Brasil debería emerger de su pesadilla de inseguridad, corrupción, desempleo, desigualdad y déficit.

Sin embargo, uno no estaría donde está ahora sin el otro y viceversa. Ambos, como dejó en evidencia esta campaña, se necesitan y se necesitarán íntimamente en las próximas tres semanas.

Bolsonaro quedó ayer cerca de la presidencia de Brasil porque se dedicó a declamar sin sutilezas y con agresividad que él es el anti Lula, el anti PT, el antipolítica.

Con esa estrategia y ese discurso, tan parecidos ambos a los que llevaron a Donald Trump a la presidencia, se alzó con el voto de millones de brasileños que se hastiaron con la corrupción descubierta por el Lava Jato, con la recesión que dejó el gobierno de Dilma Rousseff , con los más de 64.000 homicidios que estremecieron a Brasil en 2017.

Para llegar al Planalto, al candidato ultraderechista sólo le faltan unos pocos votos, un 4 o 5% del sufragio de los 147 millones de brasileños habilitados en el padrón.

Para ganar esos apoyos, probablemente tenga que presentar una plataforma de gobierno más precisa de la que mostró hasta ahora, y que no se base únicamente en declaraciones moralizantes y divisivas. Y deberá , sobre todo, formar un equipo más coordinado y menos expuesto a las desprolijidades, como desplegó en campaña.

Si se vende como líder de una campaña más profesional y si aprovecha el envión del abrumador caudal de votos que recibió ayer, tal vez entonces no le haga falta moverse hacia el centro para atrapar ese "puñado" de votos que le permitirá llegar al palacio del Planalto.

Una buena porción del centro y del progresismo brasileño desconfía profundamente de Bolsonaro y ve en él una amenaza a la democracia.

Por la diferencia de votos que dejó la votación de ayer, Haddad necesita casi captar la totalidad de los votos de los brasileños que no se inclinaron por el dirigente de la ultraderecha y tiene que atraer integralmente a esa franja del centro.

El exalcalde de San Pablo deberá ser a partir de hoy, más que nunca, el antiBolsonaro. De otra forma, le será prácticamente imposible remontar una diferencia de 18,5 millones de votos.

Esa misión no le será fácil a Haddad. El centro también desconfía de la izquierda y de PT. Les cuestiona la falta de autocrítica frente a los escándalos de corrupción, sospecha de su verdadera voluntad de renovación y le reprocha la ineficiencia de su última gestión de gobierno, la de Dilma.

Para remontar una diferencia tan difícil, entonces deberá sí moverse al centro, alejarse de los grupos más radicales que hoy conducen el PT y venderse como el candidato antiBolsonaro. Un postulante que es capaz de mantener la salud de la democracia, de garantizar el bienestar y la paz de todos los brasileños pero también de preservar al Estado de los manejos turbios de un partido que creyó que las arcas públicas eran propias.

Eso implicará distanciarse de su padre político y de su partido. Irónicamente Haddad tendrá que ser, desde hoy hasta el 28 de octubre, no sólo el anti Bolsonaro si no también el anti Lula.

De otra manera, su enemigo íntimo, un excapitán del ejército con cierta nostalgia de la dictadura, será el nuevo presidente de Brasil.

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