Tevez: al jugador del pueblo se lo devoró un burócrata

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Carlos Tevez
Carlos Tevez Crédito: Mauro Alfieri
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7 de octubre de 2018  • 23:59

Generalmente Carlos Tevez hizo lo que quiso y puso por delante sus antojos. Un arsenal de virtudes futbolísticas y una hambrienta rebeldía le permitieron alcanzar casi todos los desafíos. Más de una vez traspapeló el bien común y atendió sus deseos. La desaparición al Lejano Oriente fue una de ellas, por ejemplo, cuando el mundo Boca se quedó durante todo 2017 sin explicaciones. Volvió cuando se le ocurrió, a principios de este año, burlándose de los chinos. Tema de su conciencia. Su último objetivo es ganar la Copa Libertadores 2018, pero ya no cuenta con los recursos para conseguirlo desde la cancha. Son tiempos testimoniales, casi decorativos para él. Un influencer lleno de telarañas, un apellido ilustre por el archivo. El que mejor lo sabe es él, por eso lo ha aceptado sin desbordes ni fastidio, con una generosidad desconocida. Tevez es una sombra.

Boca vive tenso, en constante crispación. Maniatado de impotencia, los xeneizes se dedicaron a quejarse y lloriquear porque ni sospechaban que el empate con Racing era una posibilidad. Tevez dejó la cancha en el minuto 81, con su equipo dos goles abajo. En un pestañeo, finalmente empató Boca. ¿Casualidad? Tal vez. Pero lo que ya nadie puede disimular es que Tevez no aporta juego ni bravura. Con el imán del recuerdo, el Apache suele contar con la complicidad popular -y de varios medios- porque la gente ve en él algo de superhéroe. Quizá porque reúne defectos que los argentinos nos empecinamos en jerarquizar. Pero la capa se le desanudó del cuello hace años.

Resumen de los goles del empate entre Racing y Boca - Fuente: Télam

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La titularidad de Tevez no resiste análisis. Ausente. La vigencia de 'Licha' López y sus 35 años provocaron que el Cilindro se rindiera ante su ídolo contemporáneo cuando salió porque la faena parecía resuelta. El clásico no había terminado... La salida de Tevez a sus 34 años desató, al menos, algún tímido revulsivo porque con él ya no había esperanzas. Algo de vergüenza empujó a Boca, ese combustible indispensable para no sentirse tan en falta. Tevez, como en trance, parece adormecido. Al jugador del pueblo se lo devoró un burócrata. Como si fuera un observador cualquiera desde la cima de un rascacielos. Un extraño.

Cuatro goles en China y ocho desde que regresó a la Ribera. Apenas 12 gritos en casi dos años, una cosecha perdida en un rebaño gris. Flota en la intrascendencia, parece un pasajero desorientado en una terminal del fin del mundo. Cuando Boca está aturdido, Tevez no aparece. Cuando Boca reacciona con la ayuda de la casualidad, Tevez ya no está. Sin colmillo, herbívoro y desangelado. En un clásico incendiario, hace tiempo que a Tevez se le apagó la llama.

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