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Rodrigo Bueno, con el alma aferrada a la vida

Mariana Arias
Mariana Arias PARA LA NACION
Rodrigo Bueno, "El Potro"
Rodrigo Bueno, "El Potro"
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8 de octubre de 2018  • 14:25

Revivir la historia de Rodrigo Bueno a partir de la película recién estrenada, El Potro, lo mejor del amor, dirigida por Lorena Muñoz, no deja de ser una oportunidad para volver a sentirlo cerca. Un ídolo popular que hizo del cuarteto una música que traspasó las clases sociales, derribó prejuicios y que logró, a partir de su carisma apasionado, de su fibra creativa, llegar al corazón de todos. Un adelantado que desde muy chico sabía lo que quería: cantar arriba de un escenario.

Sus padres, Eduardo Pichín Bueno y Beatriz Olave, estaban ligados a la música; él era productor musical, ella componía algunas canciones que otros interpretaban. Cuando del colegio de Rodrigo los empezaron a llamar porque no podía dejar de subirse a los pupitres para cantar y distraer a sus compañeros, Beatriz se dio cuenta de que su hijo estaba expresando a gritos lo que llevaba en su interior: el deseo de brillar, de crear su propio destino. Esta mujer exuberante, siempre producida como una actriz de cine, lo incentivó a iniciar una carrera que sería arrolladora. "Rodrigo, sin su madre, no hubiese llegado jamás; ella fue muy importante para él, acompañó mucho a su hijo", asegura Lorena Muñoz, que también dirigió Gilda, no me arrepiento de este amor, Sucesos intervenidos y Yo no sé qué me han hecho tus ojos, entre otros films. En estos días vio la luz la película que cuenta un fragmento de la vida del cantante y compositor cordobés, que revolucionó la identidad del cuarteto.

Fue el primer varón de la familia, el primer sobrino, el nieto mimado. Lo amaron, lo hicieron sentir especial. Ese amor lo convirtió en un ser seguro de sí mismo. Ulises, su hermano, lo elogia y dice que estaba las 24 horas creando, componiendo; lo hacía en cualquier lugar, cuando se le ocurría una idea que no se le podía escapar. No sólo cantaba y componía, además, sabía tocar el saxo, el bajo, la guitarra, y dirigía a sus músicos con la misma meticulosidad y pasión con las que se entregaba en el escenario. Vivía a pleno, abría su corazón sin resguardarse de quienes pudieran lastimarlo.

Su padre, que en principio no quería dejarlo avanzar en un mundo que conocía bien, finalmente no pudo parar la vehemencia y el deseo arrollador de su hijo. La presencia de la Mona Giménez en su casa, en la vida de Córdoba y del cuarteto habían ejercido una influencia determinante en Rodrigo. Su tía, Telu Olave, lo llevaba a los bailes donde empezó a cantar. Su papá, finalmente, lo introduce en el mundo de la música; pero la continuidad vendría con Joe Gonzalo, su manager, quien lo prueba por primera vez. Un 31 de enero, a los 17 años, llega a Buenos Aires con sus padres, con el porte de quien está preparado, listo, vestido para subir al escenario. Lo bautizaron "El Potro", su energía era la de un ser irrefrenable que contagiaba alegría y entusiasmo. Fueron tres años a pura música, viajes permanentes desde Córdoba a Buenos Aires y la sensación de que podía llevarse todo por delante. La repentina desaparición de su padre, quien murió en sus brazos, lo quebró. Se sumergió en una fuerte depresión de la que lo sacó la música, su familia y sus afectos.

Rodrigo canta con el vértigo arrollador de quien se sube a un ring dispuesto a pegar un golpe de knock-out. De hecho, las trece noches consecutivas en que llenó el Luna Park lo demuestran. Con el torso desnudo, un pantalón de box y las manos vendadas, se aferró al micrófono como quien se calza los guantes para lanzar un decisivo cross a la mandíbula. Y pegó fuerte ese muchacho que viajó desde su provincia para triunfar en la Capital. Los flashes, las tapas de revistas, la súbita popularidad, la idolatría; fue un campeón de la música que tuvo el mismo trágico final que tantos campeones de boxeo. La película lo muestra con maestría: El Potro subido al ring del mítico estadio porteño, en pleno combate, cantando como si se le fuera la vida. Golpe a golpe, verso a verso, enamorando, con cada estrofa, a la multitud.

Las mujeres de su vida merecen un capítulo aparte. Su estampa, su atractiva mirada, sus ojos, se tornaron irresistibles para millones de admiradoras. Patricia Pacheco, la madre de su hijo Ramiro, tuvo con él una relación que perduró hasta su último día. Se conocieron cuando él tenía 23 años y ella 20, en 1996. El mismo año que se publicó su hit "Lo mejor del amor". Fanática de la música tropical, Pacheco se lo encontró en un bar cerca de Crónica, donde le iban a hacer una nota. Empezaron a hablar, intercambiaron sus números de teléfono y salieron. Al poco tiempo de conocerse llegó la convivencia y el embarazo. Después del nacimiento de Ramiro, él dejó de volver a Córdoba y sus momentos íntimos dejaron paso a las adicciones y las fiestas. "El amor sobre toda diferencia social, dentro del calendario cada día se va. A pesar de las dudas y del que dirán, el amor puede más"; "Fue lo mejor del amor lo que he vivido contigo. -Nunca me dejes mi amor -me dices suave al oído, ¿cómo dejarte si te llevo conmigo?"; son algunas de las letras que hablan del amor que no podía sostener en el tiempo. Marixa Balli, interpretada por Jimena Barón en la película y Alejandra Romero, su última novia, cuentan memorables historias de amor.

Lorena Muñoz retrata en el film a un hombre que irradia un carisma sobrenatural que despliega la perseverancia del que no puede dejar de demostrarle al mundo que es un artista a través de la prepotencia del trabajo, sin descanso. Así como Van Gogh pintaba ante la propia duda, y decía: "Cuando escuches una voz interior diciéndote que no puedes pintar, pinta tanto como puedas, y verás cómo se callará."

La directora del filme señala que en los cautivantes ojos de "El Potro", detrás de esa constante excitación, había cierta tristeza. Quizás cierta incertidumbre ante un universo exigente, pretencioso, que le dejaba poco tiempo para el amor al que tanto le cantaba. Indomable, seductor, talentoso, cumplió su sueño sin saber que la vertiginosidad de esa forma de vida lo ponía en peligro. Sin darse cuenta de que la omnipotencia lo podía sacar del juego en un instante. Ese segundo que a los 27 años se lo llevó para siempre, aunque su alma siga aferrada a la vida a través de su recuerdo que siempre vuelve. El recuerdo de un niño que solo quería cantar.

PING PONG CON BEATRIZ OLAVE, SU MADRE

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