La rebelión de la histeria

Diana Fernández Irusta
(0)
9 de octubre de 2018  

De todas las dicotomías de la humanidad, incluida la de negros y blancos, la división más grave es entre hombres y mujeres, entre otras razones, porque nos metemos en la cama con los enemigos". Brava, la frase. Brava, también, quien la dice: Vivian Gornick, nacida y criada en el Bronx de la posguerra, parte de la Segunda Ola Feminista de los años 60 y 70, y autora de un libro - Apegos feroces- que, recientemente reeditado por Sexto Piso, conserva toda la capacidad de fuego de su edición original. Allí Gornick habla del arrasador vínculo con su madre y, por extensión o no tanto, de su propio modo de transitar la vida en tanto mujer. Y de los modos -desesperantes, ambivalentes, encendidos por el deseo, devastados por la contradicción- de entenderse con los varones.

"Las jóvenes de entre 30 y 40 años han salido a buscar sangre -dijo hace unos meses, al referirse a la furia del feminismo actual-; hay ira, rabia, y eso es fruto del progreso insuficiente en el ámbito de la igualdad". En estas palabras pensé hace unos días, al descubrir Augustine, film de una realizadora francesa, Alice Winocour, que es parte de esa generación. Porque aunque nadie "busca sangre" en esta película, sí hay una mirada punzante sobre cierto momento crítico, el recodo de la historia en que nació una figura en absoluto inocua, la histérica.

Augustine es una ficción basada en el vínculo entre Jean-Martin Charcot, el neurólogo que entre mediados y fines del siglo XIX le puso nombre, investigó e inauguró los estudios sobre la histeria, y la más célebre de sus pacientes. Augustine era muy joven cuando fue ingresada en el hospital de la Pitié-Salpêtrière; como la mayoría de las mujeres internadas allí, era pobre, no sabía leer ni escribir, no tenía familia. Como muchas de esas mujeres, padecía inexplicables parálisis físicas y violentos ataques nerviosos. Fue la intensidad de estos cuadros lo que hizo que la mirada de Charcot, que venía desarrollando su teoría sobre la histeria como padecimiento intrínsecamente femenino, se centrara en ella.

Hablemos de poder. Augustine fue desvestida, manipulada, fotografiada y exhibida ante auditorios repletos de hombres -médicos, estudiosos, académicos- que la observaban desde la distancia atildada de sus cigarros, sus trajes impecables, sus modales dignos. Charcot utilizaba la hipnosis para inducir, ante esos mismos auditorios, las crisis de Augustine. La adolescente sufría espasmos y se retorcía ante un público que la observaba entre la estupefacción y la maravilla. Ahí es donde Winocur pone el acento: en la perturbadora ambivalencia del médico que cuida a su paciente, disecciona sus dolencias, la observa con un interés al filo de la atracción; vulnera -en nombre de la ciencia- los más elementales criterios de privacidad. Y -también en nombre del saber- termina convirtiéndola en fenómeno de feria.

Augustine no poseía nada, salvo su cuerpo. Ante la carencia de la palabra, allí estaba la violencia disruptiva de sus ataques. Así comienza la película: una cena en una mansión de la alta sociedad parisina, Augustine, cabeza baja, cabello discretamente trenzado y boca cerrada, se afana en servir platos, atender a los comensales, recibir sin chistar la mirada sugestiva de alguno de ellos. Hasta que sobreviene la crisis. Y, en lo más álgido del brote, todo -mantel, cubiertos de plata, vajilla exquisita- se estrella contra el piso.

Augustine -la histórica, la ficcional- acataba el lugar que le adjudicaba su época. Pero su cuerpo se rebelaba. Augustine callaba, pero su cuerpo gritaba. Y en ese desborde, que también era erótico, desplegaba una intensidad inexpugnable. Mal que les pesara a Charcot y a todos sus instrumentos de medición y a cada una de sus sesiones de hipnosis, Augustine era tan imposible de descifrar como de poseer. No porque fuera la histérica que quisieron que fuera. Simplemente, porque era un ser humano.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.