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Hambre de futuro

La historia del minero que trabajó durante 20 años sacando oro

Micaela Urdinez
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13 de octubre de 2018  • 11:12

Hijos del viento, nómades en busca de trabajo, los picos y las palas detrás de los lingotes de oro y plata. José Chirino fue una de las 300 personas que trabajaron en las minas cercanas a Marayes. Y define su estilo de vida como una "casa caracol". "A dónde nos llevaban a trabajar íbamos con nuestra mesita y una silla chica. No podíamos tener muebles porque nos trasladaban todo el tiempo. Dormíamos en camas desarmables de tela. Estábamos de 3 a 5 años en cada lugar. No teníamos un lugar fijo", recuerda este hombre de 71 años, que dejó sus mejores años en esa tarea.

La suya fue una vida muy sufrida. Nació en Caucete, a los 6 años se fue a vivir a La Planta porque su papá era minero pero éste abandonó a su familia cuando él tenía 17 años. Como era el hermano mayor de cinco, tuvo que hacerse cargo y salir a trabajar. "A esa edad empecé en "la playa", separando minerales, sacándole la piedra. Cuando cumplió los 18 empecé a trabajar en la mina. Y a sufrir", cuenta con una linterna en la mano y una verborragia

Esa que muchas veces viene a tapar angustias, silencios o recuerdos incómodos. Chirino está dispuesto a recordar esos años y por eso se ofrece a acompañar a LA NACION a la mina que lo vio crecer. "Dele trabajar año tras año en esta quebrada para sobrevivir", termina confesando al final del recorrido.

En 1960 dejó de funcionar la mina de oro y en el 65 las otras quebraron
En 1960 dejó de funcionar la mina de oro y en el 65 las otras quebraron

Pero al principio todo es alegría e historias viejas. "El viento sopla todo el tiempo acá y es como nuestro ventilador", dice. La camioneta encara la ruta provincial 141 hasta que Chirino marca una tranquera en la mano izquierda en la que hay que ingresar. Hoy la tierra pertenece a la familia Sueiro pero cuando él trabajaba estaba en manos de Nobleza Piccardo. A partir de ahí el camino se va haciendo más intransitable, entre rocas de todos los tamaños y arbustos de espinas. La camioneta se queja todo lo que puede pero sigue avanzando a los tumbos, con la mano de Chirino como guía. Son 10 kilómetros de sufrimiento, de perder el rumbo, de bajar a chequear como seguir, de atravesar ríos secos, hasta estar cara a cara con el cerro.

Para arrancar con el relato, Chirino muestra la ladera por la que él caminaba durante cinco horas desde Marayes para llegar a la mina en la que trabajaba de lunes a sábado al mediodía.

"Ibamos cortando camino para llegar antes porque nadie se quería perder el baile del sábado a la noche", cuenta, entre risas, aunque en el fondo nunca se casó ni tuvo hijos. "Es muy difícil formar familia acá", dice cuando el peso de tantos años de esfuerzo logran atravesar su piel curtida.

La historia del minero que luchó por sobrevivir al cerrar la mina de Marayes

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El resto del camino hay que hacerlo a pie. Son otras 30 cuadras más, ahora en subida. A los pocos metros, ya se empiezan a ver restos de construcciones. Chirino señala la primera y explica: "Esta era mi escuela cuando mi papá trabajaba acá". Durante unos años toda la familia vivió alrededor de la mina. Ya de más grande, Chirino también vivió solo en unos salones que había para los empleados.

Es un viaje en el tiempo, a los recuerdos y las emociones que no siempre son lindas. Chirino escala a las ruinas del lugar en donde durmió durante tantas noches y posa para la foto. "Esta era otra casa", "este era el comedor", "ahí está el tanque de agua", "por este camino más arriba está la mina de florita", va enumerando Chirino como un nene entusiasmado que va armando el rompecabezas de su vida.

Chirino se la pasaba todo el día picando y sacando el mineral para afuera en unos carros
Chirino se la pasaba todo el día picando y sacando el mineral para afuera en unos carros

Se nota que sabe y mucho. Y que si bien fueron años de mucho esfuerzo, le gustaba poder trabajar en los cerros. En el camino de ascenso final a la mina, explica con orgullo cada una de sus tareas. "Yo trabajaba ahí colgado. Había que hacer un túnel a mano para poder subir. Con las barretas de acero íbamos a haciendo un agujerito para poner explosivos, y después volvíamos a subir. Toda la mañana, toda la tarde, para volver a empezar", relata con cierta nostalgia.

Durante esa época su trabajo le alcanzaba para comer y vivir. En 1970 ganaba cerca de $12 por día. "Para un pobre eso era mucha plata. Vivía bien. Había que trabajar y se andaba con lo justo. Nada de lujos", agrega, como si hiciera falta aclarar. Chirino se la pasaba todo el día picando y sacando el mineral para afuera en unos carros. Recuerda que usaban cascos y una lámpara antigua a carburo. "Con un alambre nos colgábamos para llegar a las paredes que están en pendiente negativa", explica mientras muestra un antiguo punto de extracción.

De allí se llenaban los camiones con minerales que iban a parar a La Planta, el pueblo que recibió ese nombre porque allí funcionaba la vieja planta procesadora que separaba los metales con cianuro. Hoy, quedan solo las ruinas. Una vez terminado el proceso de formación de lingotes, eran distribuidos por tren o tierra.

Chirino emprende la subida final hasta llegar a la entrada de la mina. Enciende su linterna, se hace bolita y entra como en un "deja vu". Los túneles se ramifican como en el interior de un hormiguero y él toma el principal. A la derecha aparecen los restos de un tacho amarillo abandonado en donde se cargaban los metales. Otro agujero es una chimenea que sale al aire libre, diferentes galerías. Chirino agarra una piedra y empieza a golpear el techo para sacar algún resto de metal. "Este metal es muy poquito, en donde va la plata, o puede ir el zinc. Acá hay algo de óxido de cobre y de tirita. Pero ya no vale la pena explotar esta mina. Quedó viejo, ya no sirve", resume a modo de epitafio.

Durante esa época su trabajo, a Chirino le alcanzaba para comer y vivir
Durante esa época su trabajo, a Chirino le alcanzaba para comer y vivir

Cuando sale a la superficie, los restos de metales en sus manos hacen que brillen al sol, como si estuvieran cubiertas con brillantina.

A lo lejos se divisan unas vías como de ferrocarril que se usaban para trasladar en carros los minerales por un túnel. "Cinco kilómetros más arriba está La Florita en donde hacían el carburo y otros metales más", explica con una paciencia y una pasión infinitas.

José no tiene contacto con ninguno de sus antiguos compañeros. Muchos se fueron en busca de otros trabajos y otros tantos, se fueron muriendo. "Gracias a Dios todavía estoy vivo. Porque muchos compañeros ya no viven y eso es consecuencia de los trabajos de perforación en seco. Porque eso cuando va a la pared es una polvareda que uno no se ve ni las manos. Entones la gente se muere más rápido por problemas en los pulmones. Yo, con la edad que tengo, no sé lo que es un doctor", destaca Chirino.

En 1960 dejó de funcionar la mina de oro y en el 65 las otras quebraron. En un momento de incertidumbre, los obreros quisieron pagar las deudas pero no pudieron. Chirino es una especie de camaleón que se pone una nueva piel cada vez que se le cierran las puertas de un trabajo. Sin actividad minera posible, se reinventó y hasta el 71 trabajó en la reparación de rieles de la estación de Marayes, cambiando las vías. En el 80 cuando cerró el tren, volvió a pegar otro salto al vacío y se dedicó durante 18 años a ser encargado municipal de Marayes y La Planta. Hoy cobra $7200 de jubilación y está trabajando en la reparación de la ruta 151. Además, hace de guía para la mina a personas vinculadas con la minería o la Universidad de San Juan.

En 1949 cuando funcionaba la minera la mayoría de los empleados eran bolivianos.
En 1949 cuando funcionaba la minera la mayoría de los empleados eran bolivianos.

Hoy divide sus días entre Marayes y la ciudad de San Juan en donde tiene a su hermana y a sus cuatro sobrinos, que él ayudó a criar. "Ahora ellos son los que me cuidan a mí", dice Chirino, en el camino de vuelta al presente, a la civilización, en donde no tiene que luchar más contra los monstruos del pasado.

La Planta

Para entrar a La Planta, hay que atravesar una tranquera. Esa es una de las características más llamativas - no será la única - de este pueblo, ubicado a 135 kilómetros de la ciudad de San Juan.

Esto sucede porque las tierras en las que está instalado son privadas y pertenecen a la familia Sueiro, también dueña de la mina que dio trabajo y origen a esta localidad. Para que el ganado de los Sueiro no se escape, cada persona que entra o sale del lugar, tiene que abrir y cerrar la tranquera.

Dos kilómetros más adentro, se llega al corazón del pueblo, en el que se erige una especie de Coliseo de la minería. Una serie de estructuras abandonadas de ladrillo en donde lo que más predomina es el color rojo. Están agarradas al piso como pueden para no caerse, para recordarle al que quiera pasar y ver, que ahí funcionó una planta de tratamiento de metales. Y que por eso el pueblo de trabajadores que se fue formando a su alrededor recibe, precisamente, ese nombre: La Planta.

Las lagunas y charcos de agua que se forman alrededor de este cementerio de estructuras y maquinarias, también son de un rojo intenso: son la sangre de la tierra que se queja por tanta contaminación y tanto descuido.

Con el fin de la actividad minera, el problema de la falta de trabajo es una constante.
Con el fin de la actividad minera, el problema de la falta de trabajo es una constante.

"Estos son los espacios que han quedado abandonados. Allí se ve una plataforma de hormigón que es donde funcionaba la bomba, y ahí estaba el pequeño dique que embolsaba el agua", cuenta Jorge Lozano, director de la escuela del lugar hace 18 años.

Cuando la planta dejó de funcionar, se quedaron viviendo unas cinco familias que empezaron a tener descendencia. Ellos son el pueblo. Ellos se multiplicaron hasta llegar a ser los 350 habitantes que hoy viven como pueden en ranchos de adobe y paja. El gobernador prometió empezar a construir quince viviendas en el corto plazo. Mientras tanto, a las personas se les llueve el interior de sus casas, tienen frío en invierno y viven hacinados.

"Es una comunidad artificial que se generó alrededor de la planta de tratamiento. Necesitaban el agua para poder procesar los metales y buscaron un codo de este río con agua salada con un alto valor de arsénico, agua que no sirve para el uso humano pero sí para la minería", explica Jorge Lozano, director de la escuela del lugar hace 18 años.

Justamente el agua potable es lo que hoy está faltando en esta comunidad desde hace ocho años, cuando mermó el caudal de una vertiente del río Papagayos que cruza el pueblo. Por eso, las familias esperan ansiosas a que dos veces por semana llegue el camión que los abastece desde Caucete -a unos 100 km de distancia- o desde la localidad riojana de Chepes -a unos 140 km- para llegar sus tachos. Los chicos, cada vez que pueden, salen a la ruta a pedir agua.

"Cuando llegué acá, me encontré con una comunidad compleja porque había muy poca agua. Venía un camión con 7000 litros y se repartían 3500 en la escuela y 3500 en la comunidad, por semana. Pero teníamos pocos alumnos. El 42% de los chicos en edad escolar, estaba escolarizados. El resto salía a la ruta a pedir agua", recuerda Lozano.

En febrero pasado el gobierno y Obras Sanitarias Sociedad del Estado (OSSE) se comprometieron a empezar a construir un acueducto y ya empezaron las obras. "Se cree que en dos meses va a estar terminado", dice Lozano.

El agua potable es lo que hoy está faltando en esta comunidad desde hace ocho años
El agua potable es lo que hoy está faltando en esta comunidad desde hace ocho años

Betty Riveros vive a unos kilómetros de distancia, en Marayes, y no está muy contenta con esta iniciativa. Tiene miedo que el agua que van a extraer de La Planta, no esté en buenas condiciones. "Ahora están haciendo una perforación ahí y dicen que nos van a traer el agua también para nosotros. Pero yo prefiero quedarme con el agua que tenemos que viene del cerro, es sana y natural. La perforación la van a hacer muy cerca de los restos de la planta de tratamiento. ¿Y si hay arrastre y eso está todo contaminado?", se pregunta.

En 1949 cuando funcionaba la minera la mayoría de los empleados eran bolivianos. Entonces cuando pidieron construir una escuela, la minera se las concedió y le pusieron "Escuela República de Bolivia" que hasta el día de hoy se conserva.

Una de las principales dificultades que tiene la institución es que "se enseña mucho pero se aprende poco" porque las posibilidades de los chicos son escasas. Y también porque existen muchos matrimonios intrafamiliares. "Se van mezclando y reproduciendo. Y hay chicos que se ven aparentemente normales pero que en el aprendizaje el maestro se empieza a dar cuenta que tienen serias dificultades", agrega Lozano.

A otro desafío que se enfrentan es a los problemas de desnutrición. "Muchos de nuestros alumnos vienen con problemas de alimentación. Y la escuela es la que cubre ese hueco. Es de jornada completa, tiene desayuno, almuerzo y merienda. El trabajo que hacemos acá en la escuela es bastante exitoso. Tenemos a todo el alumnado permanentemente acá", dice Lozano.

Con el fin de la actividad minera, el problema de la falta de trabajo es una constante. Algunos tienen unas pocos animales, otros trabajan en las cosechas esporádicas y las mujeres cobran planes sociales. "La problemática laboral es fuerte y acá está acentuada porque esta gente se instaló con una actividad certera que desapareció y ahora hacen cosas para sobrevivir. Las familias cuando llega la época de la vendimia, emigran todos. Nosotros comenzamos las clases recién a mediados de abril que es cuando vuelven las familias completas de la cosecha de uva. Hachan un poco de leña, algunos tienen cabras, vacas pero siempre en pequeñas cantidades. Este es un monte pobre, entonces tampoco se pueden tener tantos animales", dice Lozano.

Contaminación

El impacto de años de minería no fue en vano para el ambiente de La planta. Recientes estudios muestran niveles elevados de plomo y arsénico. "Ahí se purificaba el oro, con cianuro y con mercurio. Y gente conocida me cuenta que la zona está contaminada con esos químicos. Es alarmante escuchar algo así porque ahí viven muchos chicos. Uno va ahora y con la lluvia y el sol a uno le hace doler la cabeza con el olor a azufre que los que saben dicen que es olor a cianuro. Se ha muerto mucha gente joven por reiterados dolores de cabeza y yo creo que es por eso", dice preocupada Betty Riveros, vecina del pueblo cercano de Marayes.

El agua potable es lo que hoy está faltando en esta comunidad desde hace ocho años
El agua potable es lo que hoy está faltando en esta comunidad desde hace ocho años

Por su parte, Lozano agrega, que desde hace poco, los vecinos tienen el certeza de que han quedado residuos. Un equipo de INTA Castelar hizo los estudios de estudios de suelo, agua y flora. Los resultados, encendieron las alarmas: "Está comprobado científicamente que hay inconvenientes con el residuo que quedó. Hay contaminación de plomo y otros minerales como magnesio y manganesio. Tuvimos una reunión con Salud Pública y la Secretaría de Medio Ambiente. Y también el Ministerio de Minería. Están analizando qué solución ambiental se le va a dar y se cree que será el enterramiento", explica Lozano, quien preocupado por algunas muertes y casos de discapacidad en sus alumnos, se puso al hombre llegar al final del tema.

Y agrega: "Lo que más ruido me hacía eran casos de personas que habían fallecido y quisimos investigar. Pero también estaba la situación de la cosanguineidad. Certeza de que ha habido problemas en la salud de la gente yo no se las puedo dar pero es probable".

La escuela

La escuela República de Bolivia es el oasis en medio del pueblo: además de tener un edificio completamente remodelado en 2014, cuenta con luz, gas, agua, Internet, comida, huerta, generador por si se corta la luz. "Acá los días que llueve o en invierno, no falta nadie porque la escuela es el único lugar caliente y que no se llueve. Yo tengo abierta la señal de wifi para que todos la puedan usar", dice Lozano, quien puso todas sus energía en que los alumnos quisieran ir a la escuela.

Para eso, se ocupó de solucionar el problema del agua y hacerla más cautivante. "Les empezaron a dar las tres comidas a los chicos y la escuela está abierta todo el día. Con esos cambios logramos que el 100% de los chicos en edad escolar estén escolarizados. Casi no existen analfabetos en el pueblo", agrega Lozano orgulloso.

En el plantel de la escuela hay tres maestros de grado, un maestro tutor de secundario y un maestro más, además de otros itinerantes.

"Lamentablemente son muy pocos los chicos que siguen estudiando y es porque tienen algún familiar en Caucete, Chepes o Valle Fértil y ahí concluyen el secundario. Sería genial poder tener un secundario completo acá", dice Lozano.

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