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Experiencias y experimentos

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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14 de octubre de 2018  

De pronto, la palabra experiencia es omnipresente. Se nos bombardea sin cesar con una invitación urgente: "¡Viví la experiencia!". Esto se aplica tanto a un evento sobre moda, como a un espectáculo, a una propuesta turística, a un acontecimiento deportivo, al lanzamiento de un modelo de auto, a una feria gastronómica, y a innumerables situaciones. Es curiosa la insistencia en esa palabra, porque, a pesar del extenso menú de posibilidades al que se la aplica, acaso estemos atravesando un tiempo en el cual las experiencias son cada vez menos y los experimentos cada vez más.

A partir de Fritz Perls (1893-1970), fundador de la psicoterapia gestáltica, los teóricos y ejercitantes de esta corriente establecieron la diferencia entre ambos conceptos. En síntesis, se puede decir que una experiencia es algo que se vive en el aquí y ahora, con todos los sentidos involucrados en el acontecer. Es presente puro, no planificado, no prediseñado, muchas veces resulta inesperada, es aleatoria, pero está ocurriendo. Sus efectos no están previstos. Uno de ellos, esencial, es lo que se conoce gestálticamente como "darse cuenta". La persona accede, debido a lo vivido, a aspectos de sí que le resultaban desconocidos, que estaban ocultos o negados. Algo cambia.

El experimento, en cambio, se planea, tiene un fin, procura confirmar o transformar algo, ya sea en un individuo, un grupo de ellos o en una determinada situación. Esta dirigido, orientado a un resultado. Una experiencia puede derivar en una teoría (incluso una teoría de alguien sobre sí mismo), mientras el experimento parte de una hipótesis y va en busca de su revalidación. Se es previamente consciente de un experimento, en tanto solo se cobra conciencia de lo vivido tras haber transitado una experiencia.

Las experiencias que insistentemente se nos incita a vivir están programadas para producir determinados efectos. Acicatear el deseo consumista, experimentar sensaciones y emociones prefijadas, convertirnos en seguidores o legionarios de alguna marca, en adictos a alguna actividad, en fanáticos de algún ídolo de ocasión. En suma, no son experiencias, son experimentos. En las experiencias somos sujetos, en los experimentos somos objetos.

Joseph Zinker, discípulo de Perls y uno de sus principales continuadores, autor de una obra central en este pensamiento como es El proceso creativo en la terapia gestáltica, denominó Ciclo de la experiencia a lo que considera como proceso básico de la vida humana. La existencia, según Zinker, es una sucesión de ciclos experienciales (gestalts) que se abren y cierran. Parten de una situación de reposo, continúan con la presencia de una sensación difusa, a la que sigue el darse cuenta de cuál es la necesidad a la que esa sensación remite. Tal necesidad (física o emocional) activa una energía que lleva a la acción. Y el ciclo se cierra cuando se hace contacto con aquello que atiende a la necesidad y la soluciona. Esto devuelve a la persona al reposo. Una Gestalt (forma o necesidad) no cerrada, es decir no atendida o mal atendida, impide la apertura de otras. Interrumpe el ciclo de la experiencia, que es un ciclo por el cual el organismo se autorregula tanto física como psíquica y emocionalmente.

La excesiva sucesión de experimentos virtuales que propone el uso disfuncional de la tecnología, más los acicates consumistas que convocan a experiencias que no lo son, nos van recluyendo en un como si que desplaza de a poco a la vida real y a su ciclo de experiencias. No es casual que el lenguaje esté actualmente plagado de frases del tipo es como que. Esas frases denuncian la pobreza de experiencias, de vivencias reales, y su remplazo por sucedáneos, por placebos. Más experiencias y menos experimentos, significa más vida y menos simulacros.

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