La soledad de los padres en la Argentina degradada

Luciano Román
La destrucción de los lazos éticos no ayuda a cuidar a los jóvenes y deja a las familias a merced de ellas mismas
(0)
10 de octubre de 2018  

Quizás haya que remontarse a tiempos de guerras para encontrar una generación de padres más desamparada que la que hoy tiene, en la Argentina, el desafío de formar a sus hijos. Y esto ocurre, paradójicamente, después de décadas de gobiernos paternalistas y "maternalistas", que en nombre de un supuesto progresismo social han alentado la cultura del "sálvese quien pueda" (y como pueda).

Históricamente, los sistemas públicos de educación, de salud y de seguridad funcionaban, para los padres, como aliados fundamentales en la crianza y formación de sus hijos. Pero no eran los únicos respaldos: existía la noción de ética ciudadana; había sentido de comunidad; las instituciones generaban confianza y se podían identificar modelos y arquetipos que inspiraban a las nuevas generaciones. Hoy todo eso parece resquebrajado, si es que directamente no ha desaparecido.

Padres de entre 40 y 50 años, con hijos de 12 a 18 (para definir un universo aproximado), se sienten huérfanos y desamparados en la Argentina de hoy. La escuela no los ayuda; la policía no los protege; el "médico de familia" ha desaparecido en medio del colapso de un sistema sanitario cada vez más inaccesible y deshumanizado; el lugar de los jueces ha sido usurpado, durante décadas, por Oyarbides y Melazos. Hasta la Iglesia Católica -aliada fundamental de familias con convicciones religiosas- ha sido traicionada, en el mundo entero, por aberraciones y desvíos de muchos de sus integrantes.

Se ha naturalizado que los maestros y profesores hagan meses de huelga sin siquiera convocar a los padres, contener a los chicos, atenuar con medidas creativas el impacto en los alumnos de semejante deserción. Nos hemos acostumbrado a la falta de liderazgo docente y a una escuela de brazos caídos. Hemos naturalizado, también, que a los chicos les roben en las puertas de los colegios y que en las comisarías se declaren impotentes ("... ¿qué quieren que hagamos?"). Nos hemos acostumbrado a ir a una guardia pediátrica y esperar ocho horas para ser mal atendidos. Y a que los reclamos se ejerzan con violencia y prepotencia, en una suerte de "piqueterismo" cotidiano que ha quebrantado la convivencia ciudadana. Nos hemos resignado a perder el espacio público y a criar hijos con miedo, que apenas pueden salir a la calle sin riesgo de ser despojados. Y esto les pasa a padres privilegiados, a aquellos que, con sacrificio, pueden suplir o atenuar algunas de estas deserciones y carencias. Para los que atraviesan situaciones de mayor vulnerabilidad, el desamparo ya adquiere la dimensión de una tragedia.

Ser padres en esta Argentina corroída por la desconfianza pública y la degradación ética se ha convertido, en definitiva, en un desafío cada vez más arduo y solitario. Enseñar valores en un país que parece haberlos extraviado; inculcar el sentido del esfuerzo y de las obligaciones en una Argentina que ha derrapado en el facilismo demagógico; enseñar el respeto a la ley en medio del festival de la indecencia; predicar normas de tolerancia ante el imperio de la prepotencia; estimular el compromiso ante la escuela de la indiferencia, y sembrar confianza en el reino de la trampa no solo es nadar contra la corriente, es correr el riesgo de fracasar. Porque los padres, en el mejor de los casos, podrán sumar su grano de arena, pero no podrán, en la orfandad, frenar la cultura de la degradación.

La herencia de las últimas décadas es la de un país que no contiene, que ha roto los lazos de solidaridad, que no cuida ni ayuda a cuidar a los jóvenes y que ha dejado a los padres a merced de ellos mismos. La Argentina del "sálvese quien pueda" ha terminado por moldear rasgos extremos de individualismo, desidia e indiferencia. Y lo ha hecho bajo el falso ropaje de un "progresismo solidario", de un supuesto "distribucionismo" que solo ha distribuido una pobreza que excede lo económico para extenderse al plano de la conducta y los valores.

Hay una generación de padres que debe lidiar con un Estado desertor. Con un Estado que hace como si controlara, pero no controla: ni la venta de alcohol a menores (en cualquier quiosco de barrio y con absoluto desparpajo), ni el consumo de marihuana en los baños de los colegios ni los excesos en las fiestas de egresados, por mencionar solo algunos "descontroles" cotidianos. Las escuelas están entrenadas en mirar para otro lado, en desentenderse y esquivar el bulto, creyendo que de esa forma salvan su responsabilidad.

Vale la pena rescatar, frente a tantas deserciones, el rol de contención, apoyo y complemento familiar que juegan muchos clubes deportivos, ONG, centros de fomento y asociaciones comunitarias que, con legiones de voluntarios, prestan un valiosísimo servicio en la formación de los jóvenes. No están a salvo, sin embargo, de las penurias y calamidades de un país que ha descuidado a sus hijos.

Toca a los padres de esta Argentina educar a chicos que ven a una ministra de Educación fumando un porro y exhibiéndolo en las redes; que escuchan que el juez integraba una banda de ladrones; que conviven con profesores y maestros que conciben la docencia como una "bajada de línea" y no como un esfuerzo por enseñar la complejidad de las cosas y la diversidad de los matices. Toca a los padres de esta Argentina transmitir a sus hijos confianza en el futuro, cuando la mayoría de los ciudadanos (según encuestas coincidentes) descree de las instituciones, está convencida de que "este país no tiene solución" y considera que "la única salida está en Ezeiza". Les toca educar a sus hijos en una Argentina donde la autoridad es sospechosa, donde se reclaman derechos sin asumir obligaciones; donde cumplir la ley parece optativo y donde la corruptela cotidiana se reivindica como estrategia de supervivencia. Les toca hacerlo, además, en medio de una grieta que desprecia la moderación, ignora los hechos y alienta los antagonismos.

La "avivada" se ha arraigado como un rasgo de época y el control social prácticamente ha desaparecido. Contra eso deben luchar los padres, cada vez con menos ejemplos que los ayuden en la tarea; en un tiempo sin ideales, con valores resquebrajados e instituciones bastardeadas, en el que los cuadernos ya no simbolizan el aprendizaje y el estudio, sino la más obscena corrupción. Y una corrupción que -hay que decirlo- no solo ha infectado a la política y al sindicalismo, sino también a otros estamentos públicos y privados, como la medicina, la educación, la Justicia y hasta el deporte.

Por supuesto que no todo es lo mismo. Hay escalas y matices. También hay muchos jueces probos, políticos honestos, docentes abnegados, médicos que hacen milagros sin hacer negocios y policías que se juegan la vida y dan un ejemplo. Pero ¿son la regla o la excepción?

La Argentina no solo se ha empobrecido económicamente. El peor saldo de las últimas décadas es, después de todo, el empobrecimiento moral. Eso ha llevado a romper los pactos de confianza y de solidaridad. A quebrar los compromisos básicos y a convertir la Argentina en un país que no duerme con la conciencia tranquila. En medio de ese tembladeral, hay una generación de padres a la que le toca el desafío crucial de formar a los ciudadanos del futuro. Será con poca ayuda (quizá con ninguna). Será con modelos que "patean en contra" y con instituciones que miran para otro lado. Será con el peso de las frustraciones argentinas y con todas las incertidumbres que tiñen el porvenir. Pero hay algo seguro: bajar los brazos no es una opción. Si fracasa esta generación de padres, entonces sí estará todo perdido.

Periodista y abogado

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.