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En la vereda de enfrente de la vida

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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10 de octubre de 2018  

Lloraba. Lloraba sin parar y sin poder articular palabra. Trataba, pero el llanto no la dejaba hablar. Éramos muy jóvenes, acabábamos de entrar a la universidad y noviábamos desde la secundaria. Por fin entendí lo que quería decir, desolada, en la puerta de su casa.

-Te llamaron -pronunció, apenas, y me abrazó y lloró más.

Esto fue a fines de abril de 1982. La escueta frase significaba que me convocaban para la Guerra de Malvinas. Poco antes, mi padre se había comunicado por teléfono desde el extranjero y había pedido hablar conmigo, lo que era inusual.

-Te aviso que están convocando a tu clase. Pero no le digas nada a tu madre.

Mi madre adivinó minuciosamente, y el 5 de mayo hube de presentarme en el mismo cuartel en el que durante 14 meses había ejercido como soldado escribiente del jefe de regimiento. Llegué temprano, fiel a mi estilo; el dato no es menor.

De aquella mañana, cosa extravagante, recuerdo lo que desayuné y que me acompañaron mi novia, mi madre, mi hermano, mi padre y mi abuelo Torres, y que la despedida fue como para triturarnos los huesos. Pero soy pésimo en eso. Ya despuntaba el día y quería terminar de una vez con la hipnótica tibieza familiar. Quería meterme, de nuevo, en el clima castrense, que conocía bien, y enfrentar lo que tuviera que enfrentar. Una guerra, vaya. Sonaba tan irreal. Por fin abrieron las puertas. Fui de los primeros en ingresar.

Me buscaron en una lista y se encontraron con una sorpresa. Durante la conscripción, por mi destreza con la máquina de escribir, había sido ascendido. La ley imponía que volvieran a promoverme, en caso de prestar servicio otra vez. Así que, con mi familia todavía en la vereda de enfrente, estirando el cuello para verme en la multitud, un uniformado me proclamó cabo del ejército, contó nueve hombres de una fila y me los encomendó. De pronto, a los 21 años, era jefe de un grupo de fusileros en una guerra que hasta entonces parecía espectral, pero que empezaba a coagular ante mis ojos.

Esos chicos no tenían instrucción alguna. De eso me ocuparía, muy a pesar de que terminaría por ponerme a la plana mayor en contra, durante las semanas siguientes. Nos mandaron a buscar la ropa, los borceguíes y el arma.

-Este fusil no sirve -le dije al suboficial que suministraba los pertrechos-. Le falta el guion.

-Es lo que hay, soldado -gruñó, y llamó al siguiente. Tenía mi tira de cabo en el bolsillo, pero no parecía la ocasión ideal para discutir el escalafón. Continué mi recorrido meditando sobre el hecho, por lo menos tragicómico, de que mi vida dependía ahora de una pequeña pieza de metal que va adelante, sobre el lomo del fusil, y que sirve para apuntar, el guion. Me faltaba un guion.

Me puse de inmediato a pensar en una solución. Soy muy bueno tirando, modestia aparte. Pero todo depende de que el arma esté completa. Recordé a un sargento de la sala de armas de ese regimiento a quien había ayudado con un trámite durante el servicio militar; casi con entera seguridad podría proveerme el repuesto. Era un fusil viejo y castigado, pero si le conseguía un guion y le tomaba el pulso, haríamos una buena yunta.

Armados y con la ropa en las manos, volvimos al playón, cerca de la entrada, y nos hicieron esperar sentados en el piso. Entonces vi algo que no se me ha olvidado ni se me va a olvidar nunca. Del otro lado de la reja, la calle estaba todavía repleta de jóvenes que habían sido convocados esa mañana. De pronto, una orden pasó de boca en boca, de rango en rango, cerraron el portón y mandaron a los que habían quedado afuera a sus casas. Imagino -nunca lo supe- que calcularon que muchos faltarían a la cita; en consecuencia, enviaron más cartas documento que vacantes disponibles, y los que llegaron tarde se volvieron a sus casas. Los vimos irse. Miré a mi familia, allá, en la vereda de enfrente de la vida, y pensé: "Tengo que arreglar este fusil".ß

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