Asombroso: Sampaoli sigue sin saber para qué fue al Mundial

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
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9 de octubre de 2018  • 23:59

Cien días después de la dura eliminación ante Francia en octavos de final, Jorge Sampaoli sigue sin saber para qué fue al Mundial. Queda claro si se lee con atención una de las respuestas que dio en su entrevista con el diario deportivo español Marca: "Me responsabilizo de que en la selección no pude generar mi estilo, lo que yo siento futbolísticamente, y eso me servirá para el futuro, porque yo quiero disfrutar del juego. Mire lo que pasó en el Mundial. Lo terminó ganando un país casi al contragolpe. Y uno de mis candidatos, que era España, se quedó fuera rápido. El campeón ganó a base de recuperación y carreras largas. Por eso, los que amamos el juego estamos un paso atrás a la hora de competir. Hoy en día, es mucho más fácil no dejar jugar y aprovechar alguna chance que proponer juego".

La confusión de Sampaoli es notable. Se responsabiliza de que la selección no jugara con "el estilo" que él hubiera querido y se plantea como objetivo "disfrutar del juego", algo evidentemente muy noble. Se espanta porque el Mundial fue ganado por una selección "casi al contragolpe" y argumenta que aquellos que "aman el juego" están "en desventaja". Traducción: Francia es el antifútbol y la Argentina pagó por su pureza y amor a la pelota. No tan noble.

Suena muy similar a lo de cuatro años atrás, cuando Josep Guardiola perdió en un global de 5-0 ante el Real Madrid como técnico del Bayern Munich, y su primera reacción fue definir a los del equipo español como "atletas", hombres ultraveloces. Decir directamente que no jugaban al fútbol le hubiera quitado elegancia, de ahí el rodeo. Lo mismo vale para Sampaoli. ¿Antifútbol? No. Digamos "atletas", digamos "contragolpeadores".

La verdad es que la AFA no contrató a Sampaoli porque "ame" el juego, ni para que aumentara el nivel moral o la belleza del equipo. No, lo único que le pedían era que armara una selección competitiva que, con Lionel Messi como capitán, ganara el Mundial. Todo lo demás es palabrerío, todo lo demás es ser sectarios en un deporte, el fútbol, que tiene entre sus bellezas la posibilidad de ser jugado de muchas maneras. ¿Acaso Didier Deschamps, campeón mundial como jugador y como entrenador, no ama el fútbol? Es, además, muy cómodo plantear la falsedad del "amor al juego" para instalar la idea de que la Argentina, por bondadosa, fue al Mundial en desventaja. Farragoso y confuso, Sampaoli llega incluso a lamentarse indirectamente de la presión que le creaba contar con el mejor futbolista de la última década: "Tener a Leo te obliga a no tener margen de error a la hora de ganar". Tremendo problema el de tener a Leo, sí.

Acierta, sin embargo, Sampaoli en un par de momentos de la entrevista. Uno, cuando menciona que sus reuniones con los jugadores no eran el problema: "El problema es que las reuniones se vuelvan públicas. Los jugadores de Argentina del 86 se reunían constantemente, pero nos enteramos 20 años después de que salieran campeones". Dice también el extécnico de la selección que "los procesos no se quiebran, se corrigen". Muy cierto, tanto como que a los campeones se los aplaude. Y se los respeta.

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