Un viaje con Nick Cave

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
Nick Cave
Nick Cave Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez
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12 de octubre de 2018  • 01:48

Volvemos desde Mercedes hasta Buenos Aires en el auto de una amiga. Ella maneja y su copiloto elige las canciones que escuchamos mientras atardece. Voy en uno de los asientos de atrás. Con cuidado, les cebo mate cuando me piden. Tomo dos o tres, hasta que alguno de los dos dice: "¿Tomás solo vos?". Antes de salir a la ruta, cargamos el termo en una estación de servicio a cambio de tres o cuatro monedas de un peso. Casi no dijimos una palabra desde que salimos de Luján y tomamos la autopista del oeste. El motivo por el que viajamos, en gran medida, explica nuestro silencio. Es un silencio vacío, más parecido al alivio que a la concentración. El padre de un amigo en común falleció hace unos días y nosotros cumplimos en pasar a saludar a la familia el fin de semana.

Años atrás, los cuatro habíamos viajado juntos desde Mercedes hasta un pueblo de Corrientes. No manejaba nuestra amiga (mi chiste que sobrevive a los años es decirle Penélope Glamour), sino el amigo que ahora vive en Mercedes. Recién se había separado y el propósito del viaje era paradójico. Una compañera de estudios se casaba con otro compañero en Esquina, bien al sur de la provincia de Corrientes. Ese viaje, que no fue breve, había durado casi toda la noche y parte de una mañana. ¿Éramos demasiado precavidos? Al día siguiente de nuestra llegada se celebraba la boda y, más tarde, la fiesta en un salón enorme frente a una de las plazas del pueblo. Como en ese entonces los pendrives no existían (o no existían para nosotros), llevamos diez o doce CD que escuchamos en los viajes de ida y de vuelta.

Ahora, de regreso de Mercedes les pregunto si se acuerdan de la música que escuchamos, y probablemente cantamos, en ese viaje que hicimos juntos para asistir a una boda. Los tres recordamos bien algunas escenas de la fiesta, el paseo en lancha que hicimos por el río Corriente, las bromelias que habían florecido en los jardines de Esquina y una merienda en el balneario, en la que muchos que habían seguido de largo sin dormir bailaban las canciones que ellos mismos cantaban, todavía vestidos de fiesta. Pero nos cuesta recordar los discos que habíamos escuchado años atrás en la ruta. Arriesgamos nombres propios con peso propio. ¿Depeche Mode? ¿REM? ¿Mercedes Sosa? ¿Daniel Melero? ¿The Cure? Ninguno de los tres lo recuerda con exactitud.

En este viaje más corto y apagado, mi amigo elige canciones de Nick Cave para llenar el silencio. Pocos días después fue al concierto de Nick Cave & The Bad Seeds en el Estadio Malvinas Argentinas. La voz grave del músico australiano retumba en el parlante de atrás del auto de mi amiga. Seguimos a otros autos y otros autos nos siguen.

Antes de que la canción termine, mi amigo nos cuenta que Cave la compuso después de la muerte de su hijo, que ocurrió en 2015. Le da "repeat" y, esta vez, traduce al aire unos versos de la letra. "Estoy caminando por aguas profundas/ es todo lo que puedo hacer/ estoy caminando por aguas profundas/ intentando llegar hasta vos", dice nuestro amigo. Es una canción fúnebre, una canción que habla sobre bailes en el fondo del mar, lágrimas y un rostro oculto que se quiere alcanzar. La traducción del tema termina antes de que el tema termine por segunda vez. Aunque el agua del termo ya está tibia, pienso que ofrecerles un mate podría ser una buena excusa para romper el hechizo mudo de "Deep Water".

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