Las elecciones brasileñas

(0)
11 de octubre de 2018  

El domingo pasado, un exmilitar, pero con una amplia experiencia parlamentaria a lo largo de 27 años, Jair Bolsonaro , se impuso rotundamente en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil . Su triunfo ha sido consecuencia del colapso de los partidos políticos tradicionales de ese país, afectados por un repudiable pecado común: haber caído ante la tentación de la corrupción, fenómeno transformado en casi endémico. Pero no se trata solo de la humillación de una buena parte de la clase política que traicionó a su sociedad. Se trata también de un rechazo a convivir empantanados en el socialismo y la corrupción.

Podríamos estar frente al cambio político más profundo del que Brasil haya sido testigo desde la restauración de su democracia, en 1985. A eso se suma el malestar de una nación traumatizada por la inseguridad y por el aumento insoportable de la criminalidad, que provoca un asesinato cada diez minutos. Y por una economía a la que el estatismo volvió anémica como consecuencia no solo de su venalidad, sino también de la irresponsabilidad de la dirigencia política brasileña de los últimos años.

Más allá de sus condenables declaraciones racistas, misóginas y homofóbicas, Bolsonaro podría suponer ahora un cambio drástico de dirección.

La decadencia de buena parte de la clase política brasileña comenzó antes de la elección del presidente Luiz Inacio Lula da Silva, en 2002. Pero desde que el exsindicalista se hizo cargo de la presidencia, la ola de corrupción se magnificó. El acceso al poder de Dilma Rousseff no hizo sino agravar el devastador impacto adverso de ese fenómeno sobre la política.

Lo que acaba de suceder en Brasil ocurre en momentos en que la defensa de la democracia está en su nivel más bajo de la última década. En Brasil solo el 13% de los votantes dicen estar claramente a favor de la democracia. Lo que está por debajo del promedio de la región, de apenas el 30%.

El cambio político de dirección se hizo también evidente en Río de Janeiro, donde un candidato con un perfil no muy distinto al de Bolsonaro, Wilson Witzel, fue elegido gobernador.

El país sacudido por el impacto del llamado Lava Jato tiene casi medio centenar de líderes políticos que están siendo activamente investigados por corrupción y lavado de dinero. Por esto las propuestas antiestablishment, sumadas a las de tolerancia cero con la corrupción, recibieron el apoyo masivo de los votantes, hartos de una cleptocracia que, cual hidra de mil cabezas, se ha extendido por toda la estructura política del país vecino.

Pero Brasil acaba de decidir desterrarla y, a la vez, tratar de volver a ser un país seguro. Los mercados celebraron de inmediato el triunfo de Bolsonaro, con subas en la Bolsa y en el valor del real.

Camino hacia la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, que tendrá lugar el 28 del actual, la confirmación de Bolsonaro parecería ser un trato social prácticamente cerrado.

El giro de Brasil, que ahora desregulará y privatizará, previsiblemente podría contagiar a otras naciones de nuestra región y revertir aquellas propuestas y medidas de la centroizquierda que a lo largo de las últimas dos décadas desanimaron el crecimiento, ahuyentaron las inversiones y ensombrecieron el futuro económico social de algunos países de la región.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.