El arte, las artes; la mujer, las mujeres

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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11 de octubre de 2018  

En 1966, Theodor W. Adorno escribió un decisivo ensayo que decidió llamar, casi como una fórmula, "El arte y las artes". Es un escrito del mayor refinamiento teórico, como siempre pasa con el filósofo alemán, en el que llama la atención sobre el hecho de que los límites entre un arte y las otras (entre música y pintura, entre poesía y música, entre pintura y poesía) tendían a borrarse. "Sus líneas de demarcación se entrelazan", decía Adorno, no sin cierta evidente melancolía. Mucho antes del escenario contemporáneo, el compositor Robert Schumann creía algo parecido: que la poética de un arte era la de las otras y que solamente cambiaban los materiales (palabras, notas, colores). Era una utopía artística colectiva: todas las artes podían ser una sola, mientras que, antes, cada arte existía por y para sí misma. Hace un par de años hablé con la crítica de arte Catherine Millet, que ayer dio el discurso inaugural del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, cada vez más parecido a una feria de variedades, aunque hay que reconocer que tuvieron por lo menos el acierto (la astucia) de invitar Millet. En esa conversación, Millet me dijo: "Tenemos que abandonar la idea de tener una única definición de la obra de arte. Lo que me asombra del arte contemporáneo es que se volvió un fenómeno muy abarcativo e inabarcable: abarca las prácticas rituales de África, el art brut y a todo se lo llama contemporáneo. Lo que llamamos arte actualmente es un fenómeno en continua expansión. Hay una reivindicación del estatuto de artista para muchos artistas a los que antes no se hubiera considerado así".

Volví a pensar en estas cosas justamente por el discurso que Millet dio anoche en el Filba. Sus ideas acerca del arte serán contemporáneas, pero su posición sobre las mujeres es bien moderna, y por eso mismo, escandalosa. Lo moderno será siempre el escándalo de lo contemporáneo. No se puede decir que el discurso de Millet haya sido "valiente", porque la realidad es que no tiene oponentes de mucho peso, apenas la cadena de repeticiones de consignas que parece prohibido objetar. Pero ya sabemos que para Millet muy pocas cosas estuvieron prohibidas (quien tenga la paciencia necesaria podrá leer La vida sexual de Catherine M.), y esto vale no solamente para el cuerpo, sino para el pensamiento.

Del mismo modo que cree que existe el arte (con su borramiento de fronteras), cree, inversamente, que existen las mujeres y no "la" mujer. No hay contradicción. Una cosa es el arte y otra, las personas. La disolución de las artes tiende a la colectivización, pero el individuo, para Millet, no admite ser colectivizado, por más causas comunes que tengan. La Revolución Francesa es el caso más claro. Las intenciones iniciales fueron buenas, pero cuando el ser humano dejó de ocupar el lugar central, sobrevino el terror de la guillotina. Eran otras épocas. Pero la cuestión es la misma: cada individuo, y cada mujer, en este caso, es único, irreductible a ningún colectivo ni a ninguna causa. Aquí reside el punto de ruptura de Millet con las feministas à la page. Por eso fue la mayor crítica del #MeToo, mezcla de frivolidad y oportunismo. En el fondo, Millet, como toda buena francesa (por algo el francés es la lengua de los manifiestos), es tan astuta como quienes la invitaron a dar el discurso del Filba. Tan astuta, pero más inteligente, y por eso mismo sabe distinguir a la militante Simone de Beauvoir de la mujer Simone de Beauvoir. Por eso, también, sabe provocar y quedar cínicamente bien con todos. Pero algo más: entiende que los principios del arte ya no son más válidos para la vida. No, ya no somos modernos, y estamos a la intemperie.

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