Del Bronx a Puerto Madero: el breaking trajo la cultura hip-hop a los Juegos Olímpicos

El ruso Bumblebee en plena "batalla" olímpica
El ruso Bumblebee en plena "batalla" olímpica Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli
El argentino Mariano Carvajal y su compañera italiana Lexy terminaron cuartos y se clasificaron para la fase de hoy; la disciplina tiene fuerte respaldo del público
Fernando Massa
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11 de octubre de 2018  

David Mansilla dejó la mochila sobre el pasto y se alistó enseguida para una batalla informal, al paso. Movimientos de brazos, de piernas, luego al piso, giros y un truco. De pie otra vez. Ahora era el turno de su amigo. Otro baile improvisado, aprovechando el ritmo que marcaban los dos DJ desde el escenario donde en minutos empezaría, en su modalidad mixta y en parejas, la competencia oficial de breaking, este baile callejero que nació en el Bronx en los 70 y ahora se metió por primera vez como disciplina de los Juegos Olímpicos de la Juventud en esta edición en Buenos Aires, que ayer tuvieron otra jornada repleta de público en el Parque Urbano de Puerto Madero.

A Mansilla y su amigo se les unieron otros espectadores que formaron una ronda a su alrededor. Aplausos, sonrisas. Mansilla venía de participar del show de baile que abrió la competencia de escalada, con sus paredes que se alzaban ahí detrás, hacia el Río de la Plata, y no dejó pasar la oportunidad de practicar break dance un rato más. Hoy, a los 22 años, es bailarín. Pero antes de estudiarlo en una academia se cruzó por primera vez con el breaking hace seis años en una plaza de San Miguel. Y no lo largó más.

"El breaking está saliendo del under, y con esto -señaló hacia la pista donde bailarían los olímpicos-, más todavía". Él cree que acá, en Buenos Aires, fue el freestyle (el rap de improvisación con batallas verbales de uno contra uno que creció mucho en los últimos años) el que le abrió una puerta al breaking. Como explicó, se trata de dos ramas de la misma cultura: la del hip-hop.

"La cultura hip-hop para mí es expresar todo lo que uno siente, en este caso a través de la expresión corporal -contó Mansilla-. El baile lo vas adaptando según lo que tenés a tu alcance: para uno es la elongación; para otro, la fuerza, y con la práctica lo vas completando. Por eso alguien al que le falta una gamba o el brazo lo puede hacer igual. Es libre, superinclusivo".

Las tribunas del miniestadio se habían llenado una hora antes de la competencia. Los que llegaban a último momento se acomodaban en una lomada de pasto desde donde se alcanzaba a ver el cuadrilátero donde se librarían las batallas.

Se trata del mismo estadio donde se desarrollan las competencias de básket 3x3, esta adaptación con menos jugadores y un solo aro. Para el breaking lo único que debe modificarse es el piso: se monta uno especial para baile hecho de madera con vinilo y gomaespuma debajo. Ahí se presentan los competidores, donde uno después de otro improvisan el baile, siempre desafiante y acrobático, según los ritmos que marque el DJ. Basándose en los criterios de creatividad, personalidad, técnica, variedad, actuación y musicalidad, los jueces -eximios break dancers- emitirán su voto.

"Jornada histórica"

"¡El que haga más ruido se va a llevar un premio! Let's clap your hands everybody, aplaudan, aplaudan, vamos a calentar un poquito", arengaba desde la pista, micrófono en mano, el freestyler Inti Rap, que hizo las veces de locutor. "Es una jornada histórica para compartir la cultura hip-hop. Un aplauso para las b-girls y los b-boys (por breaker girl o breaker boy) y para los DJ, que con la música mantienen viva la esencia del hip-hop".

Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

Desde afuera, Mariano Domínguez lo escuchaba atento y sonreía. Es músico, percusionista, y se conocen. Acá en el Parque Urbano él está dando un taller de percusión corporal para niños. La idea es hacer música y generar ritmo con el propio cuerpo. "Lo que se armó en esta sede está buenísimo. Es superurbano: las competencias de bicis, el básket de tres, el skate, la escalada. Recallejero".

A unos metros de él, Kash Gaines no paraba de moverse y de festejar los trucos y movimientos que desplegaban los b-boys y las b-girls durante las sucesivas batallas. Camisa holgada, jeans, descalzo y con una vincha en la cabeza, este productor audiovisual y street dancer estadounidense llegó desde California para dar una mano en la organización de la competencia de esta disciplina. Estaba exultante: ante sus ojos tenía la evidencia de que este estilo que nació en los barrios pobres del Bronx, entre la comunidad negra y la latina, algo que nació de la nada, de quienes no tenían nada, ahora se practique en todo el mundo y hasta sea una disciplina olímpica, al menos por ahora, para los jóvenes.

"Esto es para cualquiera -dijo Gaines-. Solo se tiene que amar la música y tener fortaleza mental. Se trata de crear tu estilo. Después sí se le suman la flexibilidad y la creatividad. Y a medida que se avanza se les da más importancia a la meditación, la nutrición, la hidratación".

Mariano Carvajal (o Broly, según el nombre de batalla que eligió el representante argentino olímpico masculino en honor a un villano del animé Dragon Ball Z), acababa de ganar otro round con su compañera italiana, Lexy. Terminarían cuartos en la competencia del día y estarían entre los clasificados para la fase que tendrá lugar hoy.

Lautaro Caraballo (o Lauxt, según su nombre artístico para las batallas) lo observaba con un grupo de amigos desde afuera. Compitió (y perdió) contra él tiempo atrás en un torneo en Córdoba.

Al igual que Broly, Lauxt envió un video de 40 segundos con su baile cuando la Federación Mundial de Baile Deportivo convocó a bailarines de todo el mundo nacidos entre 2000 y 2002 para la preselección que llevaría a un grupo a competir a Japón y de donde saldrían los 12 b-boys y las 12 b-girls que participarían de los Juegos Olímpicos.

Lauxt no quedó preseleccionado pero no quiso perderse la competencia y vino con sus amigos de Villa Mitre, en Berazategui, hasta el Parque Urbano. "En el breaking vas buscando tu personalidad en el baile. Al principio es frustrante, pero con práctica los movimientos se van naturalizando. La música se siente en el pecho, de ahí pasa a los brazos y se expande a todo el cuerpo. Es una descarga sin agredir. Vas a la guerra, pero sin hacer daño", describió.

Y en la pista se ve exactamente eso: cada batalla, donde abundan los gestos desafiantes, termina en sonrisas y en un abrazo fraterno con el contrincante. En definitiva, de eso se trata.

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