srcset

Grandes Esperanzas

Tras perder a su marido, un ritual de madrugada transformó su dolor en amor

Carina Durn
(0)
12 de octubre de 2018  • 00:52

Desde niña, Iris se caracterizó por tener un espíritu explorador, rebelde y bello como cada uno de los rulos que enmarcan su rostro siempre expresivo. Fue así que cuando ella, tan aire y fuego, encontró a Paul en su camino, por fin sintió que había tocado tierra firme y segura por primera vez.

"Fuimos un gran equipo", afirma Iris con una sonrisa, "Cada uno era bueno en lo suyo. Nos respetábamos, nos dejábamos ser, nos apoyábamos y nos encantaba que el otro pudiera disfrutar de sus espacios, tanto juntos como separados".

Solos podían, pero de a dos eran mejores y, por ello, cuando a Paul le diagnosticaron un cáncer avanzado, un temor irrefrenable se apoderó de Iris. "Al principio sentí mucho miedo", confiesa, "luego aprendí que ese sentimiento es nuestro peor enemigo porque nos paraliza, que la incertidumbre nos desencaja. La primera parte la viví como espectadora, bloqueada y superada por la situación, hasta que un día entendí que si no me involucraba no iba a poder acompañar a Paul como él necesitaba, que no tenía otra opción que despojarme de mis pesadillas y abrirme incondicionalmente y estar disponible para él".

En familia
En familia

Frenar el miedo carcelero

Así fue como Iris se vistió con el traje de supermujer, una con una fuerza sobrehumana para atender todos los frentes sin quebrarse ante su hombre y sus tres pequeños hijos. Pero detrás de aquella fortaleza los días de internación le resultaron durísimos.

"Hacíamos postas con sus amigos y su familia para cubrir todos los horarios y acompañarlo. Paul me quería cerca, así que estaba absolutamente todo el día pegada a él", revela. "Por suerte mi familia, las mamás del colegio, amigos se pusieron a mis hijos al hombro. Resolvían la logística, fueron una gran y fundamental tribu. Recuerdo llegar a la noche y meterme en la cama con los tres; Sol aún tomaba la teta, nuestra única y sagrada conexión. Yo les ponía palabras y los abrazaba, y nos dormíamos todos agotados y al otro día me iba sigilosamente antes de que se despierten".

Por aquellos días, como suspendidos en un tiempo paralelo y extraño, los procesos emocionales de Iris fueron variando. Comenzó paralizada por aquel miedo carcelero, uno que finalmente miró a los ojos y la inspiró a movilizarse. "Armé un gran equipo en casa cuando estuvo con internación domiciliaria. Era un restaurant, un hotel, un hospital y una casa sin paredes para mis hijos. Circuló un nivel de ayuda y sostén que nos contuvo. Todo terminó con muchísimo dolor y muchísimo amor", rememora Iris conmovida.

Un torbellino letal

Apenas unos meses antes, en agosto del 2017, los cinco se habían ido de vacaciones. Lejos se encontraban de imaginar que la palabra cáncer entraría a sus vidas y que aquel sería su último viaje juntos, el de despedida.

El 5 de octubre llegó el diagnóstico, luego la primera intervención, en noviembre les dijeron que todo estaría bien y que él saldría del hospital caminando y el 23 de enero del 2018 murió. Una bofetada inesperada; el cáncer de Paul había atacado extremo, doloroso, letal.

"Al principio sentí alivio, es que sufrió tanto", confiesa Iris. "Ya estaba en paz, ya no soportaba semejante dolor. Y yo volví a casa y fue duro, porque los chicos habían perdido a su papá y su mamá había desaparecido. Pero cuando volví no podía con mi vida, así que estaba, pero ausente. Fue una etapa de muchísimo dolor, ese que voltea, que se siente en el cuerpo, que estruja el alma".

Juntos
Juntos

El escrito

Apenas unos días después de la partida de Paul, Iris comenzó a utilizar su computadora para hacerse cargo de cuestiones prácticas que jamás hubiera elegido ni imaginado. Fue allí que encontró un escrito de él colmado de aprendizaje; uno que había empezado y suspendido. "Y ahí me surgió escribir unas líneas", cuenta Iris. "A partir de ese día, comencé a despertarme a las 3 de la mañana con la necesidad de expresarme. Un texto salía desesperadamente, casi con urgencia, mis dedos volaban, mis palabras describían con exactitud lo que iba sintiendo", continúa.

Y un día Iris lo compartió. Sintió que era inminente y que esas palabras eran todo lo que estaba sucediendo en su ser. Sus escritos generaron mucho impacto en su entorno y en ese instante entendió que en esta vida a todos les duele algo. Las letras comenzaron a purgarla, a ser su catarsis y la de muchas personas más.

"Tuve devoluciones de lo más emotivas. Es que todos perdimos algo o a alguien. Todo tenemos experiencias de situaciones que no pudieron ser, que no salieron como esperábamos, que nos cambió los planes", explica Iris. "Y también comprendí que hay una única cosa que no falla, que nos salva a todos, que nos sostiene y nos expande, que nos facilita atravesar cualquier proceso: el amor. Incluso a pesar del dolor".

Hacernos cargo

Cada persona tiene sus maneras de atravesar los procesos más complejos y para Iris el medio hacia la sanación fueron sus escritos espontáneos, intensos como ella y que ofrendó a todo aquel que también lo necesitara. Y así, a través de ese nuevo camino, sintió que no le quedaba otra opción que abrazar el misterio de la vida.

"Eso incluye nuestra capacidad de resiliencia, de conciencia y de transformación. O la vida elige que hace conmigo, o mejor decido yo", continúa Iris. "Podemos hundirnos, claro. Enojarnos, patalear, maldecir, odiar la injusticia, y vale. Pero no puede durar por siempre, porque la vida sigue. Mejor nos hacemos cargo, nos arremangamos y amor mediante, salimos a sanar la herida y a salvarnos todos".

Fue por ello que durante el proceso Iris les brindó palabras claras a sus hijos: "Que papá estaba enfermo, que se iba a curar, luego que no iba a mejorar, que se iba a morir y, finalmente, que murió", cuenta Iris. Así, con el correr de los días, ella aprendió que nombrar es poner estantes, acomodar las emociones, hacerlas parte. Sobre esto, en uno sus textos de las 3 de la mañana, escribió:

Nunca imaginé que la maternidad me convocaría a semejante desafío. Sostengo 3 duelos más el mío, es decir, 4 necesidades distintas. Intento aliviar a mis hijos y así voy nombrando el dolor, poniendo palabras al enojo, la frustración, la ira, la tristeza. Intento habilitarlos y que todo valga. Podemos quedarnos en la cama, no bañarnos y comer harinas...no será para siempre (...). Busco palabras a las emociones, pongo abrazos donde no hay palabras, donde no hay explicación. Pongo el cuerpo para intentar acompañarlos, soy malabarista de día y contorsionista de noche. (...)

Tenemos que reinventarnos. No somos los mismos (...) Hay dos caminos posibles: hacer de esta vivencia un sufrimiento interminable o la segunda, y la que más me convence: resiliencia, transformación, aprendizaje. Mi rol de madre es sostenerlos y estar disponible emocionalmente para ellos. No soy mamá y papá, ellos ya tienen uno. Sigue siendo presente. Su cuerpo no está, pero nos acompañará siempre. No existen palabras sanadoras y universales. No hay edad para el dolor. Hoy tengo la enorme responsabilidad de invocar y honrar al padre de mis hijos, al amor de mi vida, con la infinita gratitud de todo lo vivido. Hoy, confío en el amor incondicional. Confío en mí. Confío en el destino, en el misterio de esta vida. Ojalá mis hijos aprendan a confiar.

Conexión eterna
Conexión eterna

Hacia el ArcoIris

Hoy, en esta etapa aún inicial del proceso de duelo, Iris eligió abrazar el dolor, no negarlo, sino atravesarlo. Y comprendió que para ello también es fundamental rodearse de personas disponibles emocionalmente y encontrar espacios que reconforten. "Todo vale", dice ella.

Para Iris, Paul, el amor de su vida, le dejó grandes enseñanzas y por ello siente que ese aprendizaje no puede quedar trunco. "Él no tuvo tiempo de expandirlo, pero encontró su cauce y nuestra conexión eterna a través de los escritos, que son un puente, con un mensaje lleno de amor a pesar del dolor", continúa.

"Pienso que lo más importante es trabajar la aceptación y que esta experiencia nos sirva para cuestionarnos. Siempre es un buen momento para hacerlo, para elegir redireccionar la energía, para colgar trajes que ya nos quedan incómodos. Siempre es un buen momento para buscar encender esa llamita interna, que, si la seguimos, no nos equivocaremos, porque somos fuente de lo que nos pasa. No elegí lo que me pasó, pero sí qué hacer con eso. Toda situación que nos impone un cambio, también nos abre una puerta para reinventarnos. Siento que transciendo y que sigo amando a Paul, y sobre todo a mí misma y que, a través de soy mujer arco iris, el espacio para mis escritos, mi alma está hoy más resiliente, abierta y transformada a favor del universo", concluye con su mirada dulce y en paz.

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.