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Gran China: los productores denuncian que la cosecha se muere por el agua contaminada

Juana Tejada, la esposa de Mallea, tiene 75 años y es la encargada de los animales.
Juana Tejada, la esposa de Mallea, tiene 75 años y es la encargada de los animales.
Micaela Urdinez
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11 de octubre de 2018  • 16:23

Nadie sabe por qué el pueblo se llama así, Gran China, pero la leyenda cuenta que es honor a una mujer ("china", como se les dice en el campo) muy linda. Lo cierto es que consiste en un grupo de ranchos de adobe que se desparraman a cada lado de la calle principal.

Allí viven 848 personas, en su gran mayoría campesinos, que dependen de la cría de animales y de la agricultura. En los últimos cuatro años, denuncian que disminuyó notablemente la cantidad y la calidad de la cosecha, producto de la contaminación del agua.

"Yo siembro sandía y melón y este año se me han secado las plantas antes de cosecharlas. Se empieza a poner amarilla por fuera pero por dentro está seca. Para mí es el agua que se echó a perder con la minería", explica José Carlos Cepeda, en la puerta de su casa. A modo de prueba, trae un melón pequeño y lo parte al medio. "Ves? Tiene olor a zapallo", agrega.

Augusto Mallea, su suegro, agrega: "El melón es más chico y además no tiene gusto a nada. Hace tres años, con la misma tierra y la misma agua, sacábamos productos perfectos".

Mallea tiene 80 años y es jubilado de la municipalidad de Jáchal
Mallea tiene 80 años y es jubilado de la municipalidad de Jáchal

Esto mismo les sucede con la lechuga, la cebolla, el membrillo y el tomate. Los vecinos coinciden en que la producción está en decadencia. "La cebolla hoy tiene un 35% de podrida cuando se la saca de la tierra. Nosé si es el problema del agua. La planta llega un momento en el que se empieza a secar, desde la punta a la hoja", dice Cepeda.

La población de Gran China ha crecido en el último tiempo, y se estima que hoy son cerca de 120 familias. En esta zona rural, siempre han sufrido la falta de agua potable. Al principio, el problema era la falta. "Cada dos por tres se corta, o por la bomba o por un tablero electrónico, nos quedamos sin agua. Los gobiernos hacen mal las conexiones, la última es más o menos como tendría que ser", cuenta Cepeda. Pero ahora, están preocupados por la calidad, y las consecuencias que eso puede tener en la producción.

Mallea tiene 80 años y es jubilado de la municipalidad de Jáchal. Siempre vivió en Gran China y puede dar testimonio de su transformación. "Antes la cebolla valía y en todas las parcelas había quince personas trabajando con el escardil. Ahora en cuanto sale una maleza le ponen químicos y veneno. Hoy la gente produce el tomate y no hay nadie que se los compre. Los secaderos y las plantas procesadoras fueron cerrando", dice Mallea. Y agrega que él trabajó en la cosecha de cebolla, tomate y ajo. "Hemos trabajado en todo. Somos curtibles", dice.

La población de Gran China ha crecido en el último tiempo, y se estima que hoy son cerca de 120 familias
La población de Gran China ha crecido en el último tiempo, y se estima que hoy son cerca de 120 familias

Con la agricultura en su mínima expresión de subsistencia, las familias de Gran China no tienen fuentes de trabajo alternativas. Además, dependen de las inclemencias del clima. "La cebolla de Jáchal era la mejor de la Argentina. El productor chico ha perdido toda su riqueza en plantar cebolla porque no la puede vender. El año pasado cayó una helada y se perdió toda la producción. Al no valer el producto, los pequeños productores fueron fundiendo su capital. Y ya no puede ni arrancar con la producción", dice Cepeda.

Entonces las personas viven de los planes sociales, o se van a ciudades más grandes. "Acá el problema es que no hay trabajo. Y las mineras tampoco emplean mucha gente", explica Faustino Esquivel, integrante de la asamblea Jáchal No se Toca.

Cepeda agrega: "Las casas en las que viven cinco personas y dependen de la producción de tomate o cebolla, están en problemas. Hoy se vive con un solo sueldo y eso es imposible con lo caro que están la luz y el gas".

En Gran China siempre han sufrido la falta de agua potable
En Gran China siempre han sufrido la falta de agua potable

En el pueblo se escuchan muchos cuentos de personas que se murieron de cáncer, especialmente de estómago, a causa de la minería. Y la duda queda instalada en el aire y en cada conversación. Cepeda dice que conoce algunos casos pero no puede dar nombres concretos.

-¿Les da miedo tomar el agua?

-Nosotros tomamos el agua que hay. A nuestra edad ya estamos curados de espanto. Tomar un vaso de agua más o menos no nos hace diferencia, ya tenemos el daño instalado en el cuerpo. El problema son los chicos.

-¿Creen que está contaminada?

-Yo no lo puedo asegurar porque no les quieren hacer los estudios. Pero siempre uno se queda con la incógnita de si está contaminada el agua. Y en ese caso, ¿qué hacemos? Si el agua no estuviera contaminada ellos deberían salir a todos los distritos a mostrarnos los estudios y a darnos la información.

Emigrar, la única salida

Además del agua, Gran China tiene otros inconvenientes que limitan la calidad de vida de su gente. Las calles son de barro y todavía esperan el asfalto que les prometió el intendente, el pueblo se inunda cuando llueve, usan gas en garrafa, y todavía hay muchas viviendas con letrinas. Igualmente, lo que más los angustia, es no poder llegar a fin de mes.

En este punto, Cepeda se muestra muy preocupado por el futuro de sus hijos. Tienen 13 y 11 años, y van a la escuela del pueblo. El más grande aspira a ser gendarme o policía. "Esa es la salida más accesible con un secundario. Todo lo demás es muy difícil. Nosotros ya estamos hechos, tenemos un sueldo, pero ellos cuando terminen la escuela no sé si van a tener la oportunidad de tener un trabajo", dice Cepeda.

Juana Tejada, la esposa de Mallea, tiene 75 años y es la encargada de los animales. Juntos tuvieron cinco hijos. Solo quedó una viviendo con su marido y sus hijos en la casa de al lado. Los demás, migraron. "Me ocupo de darle de comer a las ovejas, los conejos, las cabras, las gallinas y las vacas. Todo es para consumo personal. No tenemos lujos", aclara.

La gente trabaja de la cebolla y el melón pero no se vende mucho. Otra cosa no hay para hacer
La gente trabaja de la cebolla y el melón pero no se vende mucho. Otra cosa no hay para hacer

En el fondo de su casa, tiene un altar del Gauchito Gil al que le pide poder estar mejor. "Le pido salud porque estoy un poco sola, que no reneguemos tanto y que los nietos estén más cerca. Para eso hace falta tener un lugar en el que los chicos puedan seguir estudiando y trabajando. Acá la gente trabaja de la cebolla y el melón pero no se vende mucho. Otra cosa no hay para hacer", explica.

La casa que tienen la fueron construyendo de a poco, y con sus propias manos. A Tejada se le nubla la mirada cuando habla de sus hijos, los extraña. "Me hubiera gustado que pudieran quedarse todos más cerca, eso me pone triste. Pero yo los saqué de acá para que fueran a estudiar. Acá no iban a poder hacer nada y yo no los iba a poder ayudar para que ellos fueran alguien", concluye Tejada.

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