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Nick Cave and the bad seeds: la belleza y la furia

Sebastián Ramos
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12 de octubre de 2018  

Nick Cave and the bad seeds / Músicos: Nick Cave (voz y piano), Warren Ellis (violín, guitarra, flauta, teclados), Martyn Casey (bajo), Thomas Wydler (batería), Jim Sclavunos (percusión), George Vjestica (guitarra) y Larry Mullins (teclados) / Nuestra opinión: muy bueno.

"No es que subo al escenario para presentar a los Bad Seeds y me voy. No, se trata de crear comunidad, de lograr un intercambio con la gente". Ayer por la mañana, apenas horas antes de volver a subir a un escenario porteño después de veintidós años, Nick Cave definía así su búsqueda artística. Por la noche, este hombre que predica con el evangelio hecho canción definitivamente parece haber logrado su objetivo en el microestadio Malvinas Argentinas, guiando a su público por una experiencia movilizadora, superior a la de un concierto. Una suerte de misa electrificada con redención final que trata de tocar a todos por igual.

Demasiada agua ha pasado bajo el puente desde aquellos tres shows de 1996 que marcaron el debut de Cave en la Argentina (uno en el estadio de Ferro, otro en el teatro Ópera y uno más en el mítico Dr. Jeckyll) y el australiano definitivamente no es el mismo. A los 61 años, Cave encontró en ese ida y vuelta, en ese mirar a los ojos y en esa necesidad inclusive de contacto físico con su público, su mayor aliciente y su misión.

Cave trajo a Buenos Aires a los Bad Seeds de Warren Ellis (director musical indiscutido de esta corte y su socio creativo desde hace más de una década) y a su versión más pastoral, con la que bendice a sus seguidores una y otra vez: los hace subir al escenario, los abraza (literalmente), se lanza sobre ellos y les canta al oído en búsqueda de una comunión espiritual. "Con mi voz, te estoy llamando", recita en el inicio. "Sentémonos juntos hasta que llegue el momento", invita desde "Jesus Alone", el tema que abre su último álbum, Skeleton Tree, y también la performance de anoche.

Pero de pronto un apagón devuelve a todos a la realidad y tras un breve desconcierto por el desperfecto técnico, Cave vuelve a empezar. Nada parece poder desenfocarlo hoy y ya para "Do You Love Me?" su hipnótica voz acompaña al coro de fieles que se deja guiar dulcemente, más allá de cualquier pasado oscuro.

Durante el primer acto, el músico mostrará toda su teatralidad, micrófono en mano y bien cerca de su gente, subiendo y bajando la intensidad con canciones como "From Her To Eternity", "Red Right Hand" (el tema que tuvo una nueva vida en estos tiempos de Netflix gracias a la serie Peaky Blinders) o la dulce condena de "Into My Arms". Detrás de él, Ellis toca el violín, la guitarra eléctrica o la flauta, Thomas Wydler aporrea la batería, Martyn Casey pone su bajo gordo a disposición y George Vjestica suma confusión con su guitarra.

Cave se revuelca mientras las luces enceguecen a los de la primera fila cuando llega el turno de "Tupelo" y para "The Weeping Song" atraviesa el mar de fieles hipnotizados hasta llegar bien cerca de la platea y se entremezcla con su público desafiándolo, buscando transformarlo aunque más no sea por esta noche. Cave es todo histrionismo y juega el juego de las palmas sin inmutarse.

Pero este evangelizador no se conforma con estrechar las manos de su rebaño y entonces invita a una multitud de jóvenes a subir al escenario para cantar junto con él los versos asesinos de "Stagger Lee". Por un momento el ritual parece desbordarse y cuando el caos amenaza Cave pregunta una y otra vez si están listos antes de arremeter con "Push The Sky Away".

Es el cierre de la primera parte y también el fin del mito, de la leyenda oscura de un artista maldito que busca escaparse de su trauma personal abrazando la luz.

A este nuevo Nick Cave le calza bien el traje de artista masivo y performático, que logra cohesionar la intensidad con la intimidad, apoyado en una banda que por momentos parece de otro planeta, con un Warren Ellis exquisito comandando cada movimiento.

"The Mercy Seat" llegará casi como una concesión a sus más fanáticos seguidores y en el final volverá sobre sus pasos con versiones de alto voltaje de "City of Refuge" y "Rings of Saturn".

A estas alturas está claro que esto ya no se trata de un recital, que Cave convirtió su dolor en compasión y que así como él ya no es el mismo, después de dos horas de su predica, su público tampoco. Misión cumplida.ß Sebastián Ramos

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