Concierto de yuja wang (piano): ímpetu, calidad y virtuosismo

Wang, casi una rockstar
Wang, casi una rockstar Crédito: L. Morsia
Virginia Chacon Dorr
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12 de octubre de 2018  

Obras de Sergei Rachmaninoff, Frederic Chopin y Sergei Prokofiev / Presentado por Mozarteum argentino, en el teatro Colón / Nuestra opinión: muy bueno.

La pianista china Yuja Wang es una de las intérpretes más aclamadas de la actualidad: a base de talento, carisma, y una historia de "niña prodigio", logró generar fascinación entre los melómanos. En su primera visita a la Argentina, Wang y el Mozarteum proponen un programa que explora el repertorio de tres compositores claves para el piano, cada uno en su época y estilo.

Luego de abrir el concierto con una versión enérgica y natural del Preludio Op. 23 N°5, de Rachmaninoff, Wang decidió cambiar el repertorio sobre el escenario, posiblemente por las imposiciones del instrumento. En lugar de completar el bloque de las tres piezas propuestas del compositor ruso, reemplazó el Etude-Tableaux Op. 39 N°5 con la Canción sin palabras, Op. 67 N°2, de F. Mendelssohn.

Esta apuesta extendió el meticuloso lirismo abierto con Vocalise (la segunda pieza de la noche), y dejó en la imaginación el deseo de escucharla interpretar en vivo las vigorosas texturas del Tableaux.

La fortaleza de su despliegue técnico se hizo patente en los movimientos finales de las sonatas. La monumentalidad y exigencia de la Sonata N° 3, de Chopin, se vio aparejada con las capacidades que llevaron a Wang a la fama. Las sutilezas en materia de tempo y dinámica, sumadas a su titánica agilidad, dieron una particular solidez en la construcción de los puntos de clímax en el Finale, aspecto que escaseó en el Largo. Por otro lado, la artista interpretó con gran sentido cohesivo el Vivace de la Sonata N° 6, de Prokofiev, configurando los temas contrastantes con musicalidad y respondiendo con agilidad a las demandas de la pieza.

Su carácter de rockstar se afianzó en las obras finales fuera del programa. Las piezas elegidas, casi todas virtuosísticas hasta la pirotecnia, hicieron que el vértigo se sienta en la sala: Tritsch-Tratsch Polka (de Strauss-Cziffra), Gretchen am Spinnrade (de Schubert-Liszt), Variaciones sobre la marcha turca (de Mozart-Volodos-Wang), y Variaciones sobre Carmen de Bizet (Horowitz).

No podía faltar una pieza de corte exótico-latinoamericano, y se hizo presente el Danzón N° 2 (Márquez), popularizada por el maestro Gustavo Dudamel. Con los encores se completó una cita colmada de virtuosismo y calidad, en la que no faltó el tan mentado cambio de vestuario, ni ese ímpetu administrado magistralmente, como Wang lo sabe hacer.ß Virginia Chacon Dorr

La pianista china Yuja Wang es una de las intérpretes más aclamadas de la actualidad: a base de talento, carisma y una historia de "niña prodigio" logró generar fascinación entre los melómanos. En su primera visita a la Argentina, Wang y el Mozarteum propusieron un programa que exploró el repertorio de tres compositores claves para el piano, cada uno en su época y estilo.

Luego de abrir el concierto con una versión enérgica y natural del Preludio Op. 23 N°5, de Rachmaninoff, Wang decidió cambiar el repertorio sobre el escenario, posiblemente por las imposiciones del instrumento. En lugar de completar el bloque de las tres piezas propuestas del compositor ruso, reemplazó el Etude-Tableaux op. 39 n°5 con la Canción sin palabras, op. 67 n°2, de Mendelssohn.

Esta apuesta extendió el meticuloso lirismo abierto con Vocalise (la segunda pieza de la noche) y dejó en la imaginación el deseo de escucharla interpretar en vivo las vigorosas texturas del Tableaux.

La fortaleza de su despliegue técnico se hizo patente en los movimientos finales de las sonatas. La monumentalidad y exigencia de la Sonata N° 3, de Chopin, se vio aparejada con las capacidades que llevaron a Wang a la fama. Las sutilezas en materia de tempo y dinámica, sumadas a su titánica agilidad, dieron una particular solidez en la construcción de los puntos de clímax en el Finale, aspecto que escaseó en el Largo. Por otro lado, la artista interpretó con gran sentido cohesivo el Vivace de la Sonata N° 6, de Prokofiev, configurando los temas contrastantes con musicalidad y respondiendo con agilidad a las demandas de la pieza.

Su carácter de rockstar se afianzó en las obras finales fuera del programa. Las piezas elegidas, casi todas virtuosísticas hasta la pirotecnia, hicieron que el vértigo se sienta en la sala: Tritsch-Tratsch Polka (de Strauss-Cziffra), Gretchen am Spinnrade (de Schubert-Liszt), Variaciones sobre la marcha turca (de Mozart-Volodos-Wang), y Variaciones sobre Carmen de Bizet (Horowitz).

No podía faltar una pieza de corte exótico-latinoamericano, y se hizo presente el Danzón N° 2 (Márquez), popularizada por el maestro Gustavo Dudamel. Con los encores, se completó una cita colmada de virtuosismo y calidad, en la que no faltó el tan mentado cambio de vestuario, ni ese ímpetu administrado magistralmente, como Wang lo sabe hacer.ß Virginia Chacon Dorr

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