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De Vido, la Biblia y el calefón

Martín Rodríguez Yebra
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14 de octubre de 2018  

No hace mucho a Cristina Kirchner, acorralada por el escándalo de los cuadernos, le aconsejaron una "solución bíblica". Debía recordar el Sermón de la Montaña: "Si tu mano derecha te es ocasión de pecar, córtala y échala de ti; porque es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo vaya al infierno".

La traducción prosaica a la política argentina implica admitir que figuras importantes de su círculo de poder incurrieron en el pecado de la corrupción, despojarse de ellos y resguardar el capital político que conserva. Ella ni lo consideró. Aunque las sospechas y las pruebas vayan afianzando el techo a sus aspiraciones presidenciales, prefiere el papel de víctima. Se queja en privado de que si pecó fue por moderada, por no haber sido más radical en su vocación por controlar a los jueces que hoy la investigan, a los políticos peronistas que le huyen, a los medios que destapan miserias de su larga aventura en el gobierno.

Fuente: LA NACION

Fue un alivio para Julio Miguel De Vido, hoy lo más parecido a esa mano que Cristina podría cortar para tomar distancia del festival de coimas expuesto en las escrituras profanas del remisero Oscar Centeno. Encarcelado desde hace un año, De Vido pasó de la paranoia a la fe. Ya no despotrica contra la Jefa como hacía meses atrás, cuando se veía abandonado a su suerte y sospechaba que iban a convertirlo en chivo expiatorio. Se siente arropado por los propios, que en los mensajes que le hacen llegar a la prisión le dicen que es un mártir y le dan esperanzas en lo que vendrá.

Ese espíritu movió el alegato del exsuperministro al cerrar el juicio por la tragedia de Once. Se declaró un perseguido de Mauricio Macri y recurrió a la Biblia para describir sus penurias. No dudó en compararse con Jesús, cuando mencionó a Judas Iscariote como "el primer arrepentido de la historia", en una agria alusión a los empresarios y exfuncionarios que pasaron de alabarlo a delatarlo.

Por más místico que se muestre, De Vido -como Cristina- cree en una resurrección que es terrenal. Puede verse como un Cristo, pero no se imagina esperando siglos a que se forme un culto que reivindique su legado. Sueña -sueñan- con una elección ganada que archive expedientes y sentencias, acaso por decisión de los mismos que hoy se dedican a redactarlos.

Tiene motivos para el consuelo. El kirchnerismo, con todas sus complicaciones, se sostiene como la alternativa opositora más firme. El tormento de Cambiemos le resulta alentador. ¿Qué pensará cuando la crisis del Gobierno se agrava por las subas de tarifas del gas, justo él, artífice de la bomba de subsidios que Macri intenta desactivar? A De Vido la Biblia le da ánimos, pero también el calefón. Es cierto que la Justicia acaba de condenarlo a 5 años y 8 meses de cárcel por administración fraudulenta en el caso de Once y lo tiene como acusado en otras once causas. Pero nada es irreversible en la justicia humana y sobre todo si además de humana es argentina. De Vido -que alguna vez fue intocable para jueces y fiscales- lo sabe.

A su adorado Jesús, en cambio, lo mandaron a la cruz sin posibilidad de juicio. Algo evolucionamos en estos 2000 años.

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