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Compañeros del colegio y de la vida

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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13 de octubre de 2018  

Hay fotos de todos nosotros juntos a los diez o doce años. Formados en hileras -abajo, al medio y arriba- miramos a la cámara con extrañeza, despeinados y medio dormidos, entregándole apenas media sonrisa al fotógrafo que sacaba esas imágenes protocolares donde en apariencia nada cambiaba de un año al siguiente, excepto la sombra del bigote, el largo del pelo y la maestra o el profesor que nos acompañaba con cara de circunstancia. Calzábamos zapatos abotinados y blazers azules, era el uniforme que nos igualaba, pero ciertas corbatas flojas y algunos cuernitos dedicados con disimulo al compañero ubicado adelante ya denotaban rasgos de personalidad que rompían la uniformidad en la que éramos educados. Acaso esos gestos cifren lo que nos esperaba más adelante, ese destino particular que cada cual desplegaría una vez terminado el colegio. Hoy, varias décadas más acá, cuando nuestros hijos han superado en edad a aquellos chicos de la foto, a veces jugamos a reconocernos en esos rostros desprevenidos e inocentes, como si aún fuéramos los mismos. En cierto sentido lo somos. Sin embargo, también somos distintos. No podría ser de otro modo, porque en el medio pasó la vida.

Tal vez sea eso lo que buscamos cada vez que nos reunimos: encontrarnos con aquellos que conocemos desde los días de la infancia (la utopía de volver a casa), pero siempre dispuestos a la sorpresa de descubrir en ellos algo que ignorábamos, como con frecuencia ocurre. Hay una identidad que cada uno de nosotros forjó allá lejos y hace tiempo, en el patio del colegio, pero la vida se ha encargado de llevarnos a cada cual por su camino y las experiencias nos han ido y nos van cambiando. Aprendimos, con los años, a mirarnos de otro modo, a redescubrirnos en cuentos e historias que revelan aspectos desconocidos de quienes hemos conocido a lo largo de décadas. Los roles, las etiquetas y hasta las inevitables segregaciones de la infancia se han desvanecido hace rato. Entre nosotros el presente pesa más que el pasado, y eso evita que los encuentros sean una especie de club de la nostalgia, con anécdotas y recuerdos que hacen reír, pero se agotan pronto. No importa lo que fuimos, sino lo que somos.

Por supuesto, seguimos repitiendo viejas anécdotas de los días de colegio que se han convertido en clásicos, nos volvemos a reír de las mismas cosas e incluso nos permitimos bromas tontas sin temor de que nos juzguen como tontos (que para eso nos conocemos desde hace tanto), pero hay noches en las que alguno de nosotros toma la palabra y cuenta algo personal sin necesidad de preámbulos ni explicaciones. Pueden ser asuntos laborales, cuestiones de los hijos, cosas de la vida en pareja, dudas existenciales o más cotidianas, historias que son seguidas por el resto tal como decía Pavese que se escucha a los amigos: como si habláramos con nosotros mismos. Habiendo salido del mismo lugar, más allá de las diferencias, no es difícil reconocerse en el otro. Lo que le pasa podría haberme pasado a mí. La experiencia es intransferible y cada cual lidia con lo suyo, pero de algún modo incorporamos esas trayectorias ajenas que vamos siguiendo según pasan los años como parte complementaria de nuestra propia experiencia, que así, de paso, se enriquece.

Lo conocido y lo nuevo. Pasado y presente. Lo fijo (¿hay algo fijo?) y el cambio. Todo eso volvió a combinarse una vez más en el último de nuestros encuentros, que reunió a unos doce de la camada tras una convocatoria general a la que, según la costumbre, responde el que quiere y puede. En medio de las pizzas y el vino, uno de nosotros, separado hace un tiempo, empezó a contar sus incursiones en una app de encuentros nueva, un paraíso para depredadores a la que él sin embargo usa a su modo, con el tacto y la sensibilidad que le conocemos. Caballero discreto, no habló de conquistas, pero sí de algunas historias interesantes que acabaron en nada y reflejan el modo en que un veterano puede apelar a la última tecnología para volver al ruedo sin dejar de ser quien es. En otro signo de los tiempos, la charla derivó en el relajamiento de la vida corporativa y profesional para adaptarse a los millennials: el esfuerzo, parece, ya no es lo que era. Los talentos de las nuevas generaciones no lo toleran e imponen sus condiciones. Gracias a los pibes, ahora en las grandes firmas hay happy hour a las seis en punto incluso para aquellos gladiadores cansados que en su juventud podían pasarse la noche trabajando. A veces llegamos tarde a todo.

¿Qué cambió desde aquellas viejas fotos de nuestra infancia? Todo y nada. Nosotros seguimos encontrándonos. Somos los mismos y somos otros. Compañeros del colegio y de la vida.

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