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Pregunta radical: ¿venderías tu casa al valor declarado al fisco?

Fuente: LA NACION
La determinación del precio de los bienes para el pago de impuestos es un tema muchas veces conflictivo; con diferentes disrupciones en danza, surgen ideas para la discusión
Pablo Mira
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14 de octubre de 2018  

Hubo un tiempo en que recibir cartas era motivo de emoción y ansiedad. Podía tratarse de buenas o malas noticias, pero lo importante era saber que alguien se había tomado el tiempo de acordarse y escribir. Hoy en día todo papel que atraviesa el hueco de la puerta de entrada provoca recelo y enfado. Las publicidades son molestas, pero lo verdaderamente intimidante son las tarifas de servicios públicos, que para peor ahora se reciben cada 30 días.

Un caso particular es el Alumbrado Barrido y Limpieza (ABL). Para empezar, como bromea un standupero local, no se entiende bien por qué el "Barrido" no está incluido en la Limpieza. Pero aunque nos "cobren dos veces por el mismo servicio", esto no es preocupante porque los importes que se abonan son relativamente bajos.

La razón es que el ABL se paga en función de la valuación fiscal homogénea de la propiedad, en la práctica muy inferior a su valor real. Un informe de Reporte Inmobiliario elaborado hace pocos años revelaba una brecha de entre 10 y 15 veces entre lo que figura en la boleta y los precios de mercado. Como impuesto inmobiliario que es, el ABL grava la riqueza y, por tanto, es un tributo más progresivo que el IVA, pero al ser su base imponible tan baja, la alícuota efectiva es ínfima.

Cuando pagan su impuesto anual, en cambio, los contribuyentes deben estimar el valor de su propiedad considerando un precio más realista. Como la autoridad impositiva no puede estar al tanto de los precios inmobiliarios en todo tiempo y lugar, algunos aprovechan y rebajan un poco el valor que le asignan a su riqueza para pagar menos impuestos a los bienes personales. De comparar los precios a los que los dueños de su casa venderían su hogar con el precio que ellos mismos le asignan para pagar impuestos, seguramente encontraríamos diferencias escandalosas. ¿Cómo hacer para atenuar esta hipocresía impositiva?

En el libro recientemente publicado Radical Markets, Eric Posner y Glen Weyl reviven una vieja idea del economista Arnold Harberger para resolver el problema. La propuesta se conoce como impuesto Harberger y plantea sencillamente que todo propietario debería estar dispuesto a vender su propiedad al precio implícito que surge de su declaración jurada de impuestos. Así, si un contribuyente intenta engañar al fisco valuando su departamento muy por debajo de su verdadero valor, debería acceder a venderlo obligatoriamente ante una oferta similar o superior.

La amenaza permanente de takeover (compra compulsiva) de la vivienda propia incentivaría una declaración más realista de su valor y aseguraría una tasa de recaudación efectiva similar a la teórica.

Los mercados extremos de Posner y Weyl pretenden revivir la tradición de Adam Smith y David Ricardo, quienes veían a los mercados como un instrumento para acabar con privilegios tales como el monopolio o la renta por la mera propiedad de activos sin uso productivo. Si se grava una propiedad en función de lo que rinde como negocio (por ejemplo, alquilándola), quienes en lugar de explotarla deseen mantenerla inactiva (como reserva de valor) deberán contribuir con muchos impuestos, devolviendo a la sociedad el costo. En un esquema aceitado, los monopolios deberían valuar su negocio incluyendo sus rentas extraordinarias, si no quieren que otros se apoderen del negocio. Para asegurar la redistribución de riqueza, el gobierno debería repartir la mayor recaudación progresivamente.

Los beneficios de esta idea para la economía no se limitan a la equidad. La propiedad de los activos debería fluir hacia aquellos que los hagan rendir más, dotando al conjunto del sistema de una mayor eficiencia. De paso, los modernos sistemas de blockchain podrían contribuir a un seguimiento más eficaz de los traspasos, y también proveer conocimiento común de precios y oportunidades en tiempo real. Un potencial efecto negativo es que, si el impuesto a la riqueza terminara siendo demasiado alto, las firman podrían preferir repartir dividendos en lugar de reinvertirlos, afectando el crecimiento.

¿Propiedad privada o pública?

Si bien parten de la idea de Harberger, Posner y Weyl van mucho más allá. Proponen la aparente paradoja de abolir la propiedad privada para que los mercados funcionen mejor. La idea es que el Estado se apropie de la riqueza social y luego subaste los derechos de uso sobre la tierra, las fábricas, las viviendas y los automóviles. Estos derechos generan beneficios sociales que luego son devueltos a la sociedad. Quienes disponen temporalmente de estos derechos pagan un impuesto reportado por ellos mismos (el impuesto Harberger), bajo la amenaza de que si el valor declarado es bajo, el Estado puede darle la concesión a un competidor.

Lamentablemente, el idealismo no se llama así por casualidad, y suele tener dificultades de implementación y consecuencias inesperadas. Un primer obstáculo es que establecer el impuesto justo a pagar por el uso de una propiedad no es trivial, porque los precios de mercado varían todo el tiempo. Para evitar ofertas por sus hogares "que no se puedan rechazar", las familias podrían invertir más en el interior de sus viviendas que en las fachadas, haciendo que los barrios luzcan muy mal. Además, la valuación emocional puede ser muy diferente de lo que el mercado estima, y el riesgo de perder el hogar de la infancia obligaría a pagar demasiados impuestos "por las dudas". El microeconomista Roman Pancs, del Instituto Tecnológico Autónomo de México, alerta en el blog Foco Económico sobre el uso común de los bienes durables. ¿Estamos obligados a vender nuestra ropa interior a un precio justo? ¿Y qué hay de gravar la "propiedad" sobre nuestros hijos e hijas menores de edad? De alguna manera, el sistema requiere definir claramente a qué llamamos riqueza y qué parte de ella estaría sujeta al impuesto.

Para el emprendedor Matthew Prewitt, el impuesto Harberger debería diferenciar entre el capital natural (no producido por el hombre) y el capital artificial (resultado del trabajo humano), y gravar fundamentalmente los primeros para premiar el esfuerzo. Pero esta distinción, debida originalmente al economista del siglo XIX Henry George, no es fácil de determinar. Una parcela de tierra puede estar despojada, y otra similar puede tener una magnífica construcción encima, pero parece injusto que quien ha trabajado el espacio pague lo mismo que quien no lo hizo. Prewitt también nota que, con el mero paso del tiempo, el capital artificial termina transformándose en capital natural. Las pirámides de Egipto llevaron mucho esfuerzo, pero hoy día estas maravillas constituyen una herencia natural similar a los recursos de la tierra. Lo mismo con los edificios que pasaron de mano en mano y que fueron construidos hace cien años.

Las tradiciones impositivas de George, Harberger y ahora de Posner y Weyl se meten con el corazón del funcionamiento de una economía de mercado: la determinación de los derechos de propiedad para el uso eficiente de los recursos. Pero también apuntan a reducir desigualdades que han ido emergiendo y que a todos les parecen excesivas. Y si bien tiene desafíos de implementación, la idea de gravar la acumulación exagerada e improductiva puede ser una de las grandes discusiones por venir.

Por: Pablo Mira

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