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Devaluación y salarios: un conflicto que se refleja en la historia del país

Fuente: Archivo
Efecto espejo. El vínculo entre el tipo de cambio y el sueldo real es inverso; cómo podría romperse esa dinámica
Silvia Stang
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14 de octubre de 2018  

Un paisaje de la naturaleza puede reflejarse bastante fielmente en un lago. Las formas y los colores de montañas, árboles y hasta flores, si es primavera, pueden observarse de manera invertida en el agua. Sin la sensación de relax que puede provocar esa imagen, el efecto espejo es el que se observa cuando se está frente a los gráficos de evolución histórica de las curvas -uno ubicado arriba y otro debajo de una línea- del tipo de cambio real y de la participación que tienen los salarios de los trabajadores de la Argentina en el producto bruto de la economía. Porque cuando una de esas variables crece, la otra cae. Y viceversa. Lo mismo se observa en la interacción entre las curvas del tipo de cambio real y del salario real promedio (el ingreso medido en función de su poder de compra) .

Con cada devaluación fuerte que hubo en las últimas décadas en el país, la participación de los asalariados en el PBI cayó, según concluye el informe del economista Martín Rapetti titulado Un conflicto estructural y tres modelos de desarrollo, publicado por el sitio Alquimias Económicas. Por el contrario, el ingreso salarial total tendió a mejorar su protagonismo en los períodos en los que el tipo de cambio real estuvo bajo. Ninguno de los dos momentos fue sostenible en el tiempo, un hecho que revela algo por demás conocido: la elevada volatilidad histórica de las variables económicas.

A igual conclusión (la del espejo) se llega cuando se miran las curvas del tipo de cambio real y el salario real promedio, según muestra el economista Daniel Heymann, profesor en la UBA y en la Udesa, quien ofrece los resultados de una comparación hecha sin ir demasiado lejos: en países como Brasil, Chile o Colombia, la variación del tipo de cambio en los últimos años no deriva en ese vínculo inverso con los salarios.

¿A qué se refieren los economistas cuando hablan de tipo de cambio real? "Se compara el valor en dólares de una canasta de bienes y servicios en Estados Unidos contra el valor en dólares de una canasta similar en la Argentina", explica Rapetti, quien hoy se desempeña como director de Desarrollo Económico en el Cippec. Y hablar de un tipo de cambio real alto significa que la canasta de afuera es cara en relación con la local. Y ahí, el país gana competitividad. "Si un dólar sirve para comprar más acá que allá, el tipo de cambio real es alto", define con otras palabras Heymann.

La historia del espejo entre el tipo de cambio real y los salarios, agrega el economista y docente, responde a elementos macroeconómicos (como el pase de la devaluación a precios, el llamado pass through), pero también a factores estructurales, como el nivel de productividad, y a otros culturales. Ese movimiento entre las dos variables tan repetido en la historia, ¿es algo que se puede cambiar? Sí, pero después de una transición de años, dice Heymann.

Los antes mencionados países de la región, en los cuales la variación de los ingresos reales mostró una curva ascendente como tendencia de mediano plazo, se caracterizan, por ejemplo, por no tener alta inflación (algo que comparten con la gran mayoría de los países del mundo). En la Argentina, analiza el economista, "hoy la atención se concentra en lo inmediato, y cuando se diluya la emergencia quedará mucho trabajo por hacer" si se quiere generar una nueva dinámica que sea sostenible.

Objetivos en tensión

Lo que ocurre en esta emergencia pone sobre la mesa las cartas de un debate de fondo. Desde la cuestión de los números, en una sociedad podría definirse que existen dos metas deseables: la del equilibrio económico o fiscal, que implica que estén los recursos para que el Estado haga frente a los compromisos asumidos, y la del equilibrio social, que se traduce en lograr que existan ingresos en todos los hogares y que estos sean suficientes para acceder a los bienes materiales y servicios a los que se aspira.

Un tema central en la historia de la economía argentina está en la tensión entre esos objetivos. Y los diferentes capítulos de ese conflicto incluyeron hechos de stop and go en la actividad y de crisis de deuda. Rapetti lo grafica así: para lograr el pleno empleo los gobiernos pueden estimular el gasto público y privado, pero un gasto excesivo deriva en una fuerte demanda de importaciones por mayor consumo y, por tanto, en la necesidad de más divisas. "Si el financiamiento no está disponible, tarde o temprano se produce un salto en el tipo de cambio, que recortará el gasto doméstico", señala el economista. La suba del dólar reduce el valor de los salarios para comprar bienes y eso, a su vez, se traduce en menor consumo interno y en menor déficit externo. Y en una caída del empleo. Así, el circuito puede volver a empezar.

En un trabajo titulado Causas y efectos de las devaluaciones en Argentina, el economista Pablo Wahren, investigador del Centro de Investigación para los Trabajadores (Citra/Conicet) y del Ocepp, identifica seis eventos devaluatorios principales: 1958, 1962, 1975, 1981, 1989 y 2002. Antes de los tres primeros, concluye, el déficit comercial fue la principal fuente de desequilibrio que llevó a la necesidad de divisas. Wahren describe que había una fase de crecimiento económico e industrial, con expansión de las importaciones y retracción de las exportaciones. "En el período había un freno cuando empezaban a escasear las divisas", explica. Y entonces, la respuesta era una devaluación para restablecer el equilibrio externo. Y la variación del dólar se iba a precios, bajando los salarios reales.

Algunos rasgos sociales de la época de aquellos ciclos están reflejados en la tira protagonizada por Mafalda, la niña inteligente y sensible creada por Quino, que se publicó originalmente entre 1964 y 1973. En una de las viñetas, el lamento del personaje porque justo "viene a tocarnos un mundo lleno de países extranjeros", es una reacción a las noticias que, por esos días, daban cuenta de las dificultades para exportar. La etapa de industrialización se grafica en la llegada al hogar de artefactos y en el origen de la historieta, que había sido pensada para promocionar productos de la fábrica Siam Di Tella (un proyecto de publicidad no concretado).

Avanzando en el tiempo, y según Wahren, las devaluaciones que hubo entre 1976 y 2002 se dieron en una etapa de desindustrialización, en la cual el endeudamiento y las inversiones de capital extranjero habían tomado protagonismo en la dinámica de entrada y salida de divisas.

"Cada uno de los eventos devaluatorios en la Argentina de las últimas décadas estuvo precedido por desbalances en el sector externo, y en ningún caso la devaluación ofreció soluciones si se mira el mediano plazo. Hubo una fortísima traslación del ingreso y se favoreció a ciertos sectores. La historia deja muy claro que los efectos de una devaluación son recesivos en términos de actividad y regresivos en términos de distribución del ingreso", dice a LA NACION el economista. Esos efectos se dieron, explica, porque la estructura productiva del país es muy dependiente de las importaciones y porque hay un protagonismo de los "bienes salario" (alimentos) en las exportaciones, lo cual impacta sensiblemente en los precios de los productos que más participan en la canasta de consumo de la población de menos recursos.

A eso se suma la existencia de un alto grado de dolarización de contratos. Wahren agrega que, en el actual contexto, la consecuencia recesiva se agrava por la muy elevada tasa de interés (aunque se la supone transitoria) y el ajuste del gasto público.

El fifty fifty

Las etapas inversas a las de caídas del ingreso real fueron aquellas en que, con un tipo de cambio real bajo, hubo mejoras en la participación que tienen los salarios en el producto bruto. La frase quizá más recordada por algunos sobre este tema es la pronunciada por Juan Domingo Perón sobre el fifty fifty, como su objetivo en cuanto a la participación del capital y del trabajo en lo producido por el país. Aquella "meta" estuvo cumplida a mediados de los 50 y en 1974. Esas situaciones no duraron, pero sí hubo, señala Rapetti, otros períodos de tipo de cambio bajo y mejora distributiva, que no distinguieron colores políticos: "Eso se observó bajo los dos gobiernos de Perón, el radicalismo de Illia, el proceso militar, la convertibilidad de Menem y los gobiernos kirchneristas", dice. En este último caso, el efecto estuvo apuntalado por medidas para nada sostenibles, como el cepo cambiario y las prohibiciones al envío de utilidades al exterior.

¿Cómo salir del espejo?

El debate que trasciende las emergencias pasa por ver cómo romper con el esquema recurrente de las relaciones inversas entre tipo de cambio y salarios y con el impacto de eso en el mediano plazo, más allá de la necesidad de bajar la inflación.

Para Rapetti, la respuesta estaría en el desarrollo de un modelo económico principalmente desarrollista, que busque la expansión de sectores como la industria y los servicios transables, sin dejar de lado el aprovechamiento de los recursos naturales. Pero la clave para que el modelo funcione está, aclara, en trabajar sobre los factores que hacen a la productividad, como los costos de logística y transporte. Y así lo ejemplifica: "Si las firmas argentinas tuvieran la productividad de sus pares alemanas, transportaran sus productos por rutas como las noruegas y los cargaran en puertos con logística holandesa, no necesitarían pagar salarios en dólares 'bajos' para tener una rentabilidad adecuada. Más aun, bajo esas condiciones podrían pagar salarios en dólares similares a los de Alemania, Suecia y Holanda. Como en el corto plazo, las firmas argentinas tienen productividad, infraestructura de transporte y logística argentinas, el tipo de cambio real es decisivo para la rentabilidad".

Para Wahren, la salida pasa por modificar el perfil de inserción comercial y financiera de la Argentina, "y para ello es fundamental administrar correctamente los dólares". Por eso, agrega, se debe reducir el incentivo a ahorrar en dólares; priorizar el uso de divisas para importaciones de bienes y servicios que favorezcan la producción y el cambio tecnológico, con una selección previa de los sectores estratégicos; trabajar en la potencialidad de algunos sectores exportadores; fortalecer la integración regional y, en materia financiera, regular el ingreso y la salida de los capitales especulativos, para evitar el riesgo de corridas impulsadas por bancos y fondos de inversión.

Más allá de las medidas tendientes al incremento de la productividad, el cambio de comportamientos -algo que involucra a toda la sociedad- es un aspecto no menor. Heymann afirma que las conductas arraigadas con respecto a pensar en dólares responden a la experiencia histórica que, a su vez, influye en la generación de expectativas. Y cambiar las lógicas que hacen que haya niveles elevados de pass through tras cada devaluación es algo posible, pero que lleva tiempo.

Mientras tanto, señala, una política de lucha contra la inflación no debería basarse en un tipo de cambio bajo. Eso es comprar más inflación y, por tanto, salarios reales más reducidos, para un período futuro. Es una parte de la historia ya vivida.

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