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La arrogancia subversiva

La historia demuestra que es imposible justificar y defender el salvaje ataque a un cuartel de Formosa que hace 43 años arrojó 16 víctimas inocentes
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13 de octubre de 2018  

El paso del tiempo es fuente de interrogantes y de angustias, pero también de certidumbres, como el privilegio de la visión en perspectiva, para juzgar actos y verificar predicciones.

En 1947, el filósofo Maurice Merleau-Ponty, autor de Humanismo y t error, al justificar las purgas estalinistas sostenía que "la revolución no define el delito según el derecho establecido, sino según el de la sociedad que pretende instaurar". Su colega Jean-Paul Sartre también atribuía virtudes cardinales a los crímenes de la Rusia soviética, calificándolos de "humanismo proletario, la justicia sumaria de la historia".

Como fue recordado en nuestro reciente editorial "Terrorismo e indemnizaciones", el 5 de octubre de 1975, la organización Montoneros atacó el Regimiento de Infantería de Monte 29, en Formosa, en el mayor operativo terrorista ocurrido en la Argentina, conocido como "Operación Primicia. El despliegue implicó el secuestro de un avión de Aerolíneas Argentinas, el copamiento del aeropuerto El Pucú, el ataque a la guarnición y la fuga en el Boeing 737 secuestrado, cobrándose la vida de diez conscriptos y dos oficiales en el cuartel, de un policía formoseño en El Pucú y de tres civiles ajenos a la acción, todo esto en pleno gobierno democrático.

Al día siguiente, el presidente provisional Ítalo Luder dictó los llamados "decretos de aniquilamiento", que dieron sustento legal a la represión clandestina que ya había comenzado mucho tiempo antes, cuando José López Rega organizó la llamada Triple A.

El secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj, asistió al acto conmemorativo de ese asalto torpe y atroz, en nombre del gobierno nacional, por primera vez desde el advenimiento de la democracia. De inmediato varios dirigentes de izquierda salieron al ruedo a cuestionarlo. Debieron recurrir a un malabar dialéctico al sostener que "hablar de héroes y asesinos es descontextualizar el proceso de luchas populares contra los preparativos golpistas que el Ejército argentino sostenía", omitiendo reconocer que ese ataque fulminó al gobierno de Isabel Perón, contribuyendo a su caída. Fue la profecía autocumplida.

Han pasado 43 años de aquellos sucesos y el apotegma de Merleau-Ponty recupera hoy todo su valor: juzgar los hechos del pasado en función de la sociedad que se pretendía instaurar.

¿Cuáles eran los valores que esos "idealistas" querían implantar? ¿Cuál era el justificativo ético de sus "luchas populares"? ¿Puede excusarse el homicidio sobre la base de ideas y creencias personales? ¿Cuál es el tipo de sociedad que aspiraban a imponer y por cuyo logro mataron a prójimos inocentes con petulancia redentora?

Si aún viviese, Merleau-Ponty se avergonzaría, no solo por haber apoyado el estalinismo, sino también por comprobar que en 2018 no hay absolutamente ninguna nación en la Tierra que haya adoptado con éxito los principios que abrazaban los homicidas, tanto de Moscú como de la Argentina. Todas las alquimias marxistas fracasaron rotundamente. En resumidas cuentas, los Montoneros asesinaron en función de fantasías personales que no conducían a ningún lado. Se alzaron contra el orden constitucional por exceso de lecturas, como aquel caballero al que, de poco dormir y de mucho leer, se le secó el cerebro y perdió completamente el juicio. Aunque en este caso, también fueron armados -no con lanza y adarga- sino con granadas y ametralladoras por el régimen de Fidel Castro.

Para desazón del filósofo francés, las dos principales naciones que adoptaron el credo de Karl Marx y Friedrich Engels se convirtieron en capitalismos "salvajes", dominadas por gobiernos autoritarios, donde no se respetan los derechos humanos y reina la corrupción. Se trata de la Federación Rusa de Vladimir Putin y la República Popular China de Xi Jinping, que también gobierna la isla de Hong Kong, epítome del mercado y los negocios.

Lo más parecido al antiguo paradigma del "socialismo nacional" es la República Popular Democrática de Corea o Corea del Norte, donde rige la dictadura hereditaria de la familia Kim, gobernada desde las nubes por un "presidente eterno" fallecido, abuelo del actual líder, el estrafalario Kim Jong-un, cuyo poder reside en la militarización de la sociedad, su aislamiento total y el completo desconocimiento de los derechos humanos. ¿Pueden justificarse las muertes de Formosa para lograr un orden similar en la Argentina?

A nivel regional, el estado cubano también fracasó cuando dejó de tener apoyo de la URSS, pues la gratuidad como ideal es admirable, pero como práctica no es sustentable. También Merleau-Ponty se frustraría si supiese que Cuba, cuya revolución admiró en 1959, proyecta reconocer el papel del mercado y de la propiedad privada para dar bienestar a su sufrida población. Nadie duda de que más temprano que tarde la Perla del Caribe volverá a ser una potencia económica cuando esas reformas se pongan en ejecución. ¿Tenían sentido los asesinatos de Formosa para copiar el fracaso cubano y terminar en un capitalismo tardío y vergonzante?

El caso de la República Bolivariana de Venezuela, estado socialista en vías de disolución, no merece mucho análisis pues difícilmente haya sido el modelo de país por el cual valía la pena "matar o morir" el 5 de octubre de 1975.

Quedan por mencionar las experiencias de la Argentina y Brasil, moldeadas por la "razón populista" posmarxista. La radicalización de las estrategias de izquierda para superar los escrúpulos de la socialdemocracia fue una fachada teórica para que el kirchnerismo en la Argentina y el Partido de los Trabajadores en Brasil pudieran acumular poder e implementar esquemas de corrupción sin precedente. Las complejas teorizaciones y los emotivos discursos de sus líderes quedaron arrasados por Odebrecht, el Lava Jato, los cuadernos, los hoteles y los bolsos, mecanismos del submundo delictivo para apropiarse de recursos públicos. En ambos países el voto popular defenestró a sus dirigentes aunque continuasen sus arengas falsamente progresistas, desde la cárcel o cerca de ella.

Usando la vara del filósofo francés, no puede encontrarse ninguna sociedad actual como paradigma del sueño marxista que querían implantar los subversivos en nuestro país. Los países que mejor concilian la igualdad con el progreso material son aquellos donde los ciudadanos construyen vínculos solidarios mediante la educación y la práctica democrática. El capital social es frágil y cuando las "luchas populares" lo destruyen, se regresa al estado de naturaleza, donde prevalece el más fuerte, como ocurre en los países que abandonan el comunismo y sus líderes se apropian de los bienes públicos (los oligarcas rusos).

Abusando de la condena jurídica y social que mereció la represión llevada a cabo por la dictadura militar, los criticos de Avruj no advierten que sus malabares dialécticos los descolocan, poniendo a la luz intereses personales que nada tienen que ver con la represión ilegal o las violaciones de derechos humanos que ya han sido juzgadas y condenadas.

Por el contrario, sabiendo que el kirchnerismo los utilizó como cortina de humo para ocultar la trama de negociados y corrupción instalada en todos los ámbitos del Estado, mediante la imposición de un relato oficial, la entrega de subsidios y el pago de indemnizaciones, lo mejor que podrían hacer es mantener un piadoso silencio, mientras otros funcionarios y otras agrupaciones civiles rinden sentido homenaje a esos chicos que murieron en cumplimiento de su deber, de manera inesperada y abrupta, mientras prestaban el servicio militar obligatorio.

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