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El encanto por la marca "olímpico" pegó en el corazón de la gente

Claudio Cerviño
Claudio Cerviño LA NACION
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13 de octubre de 2018  • 23:59

Era imposible imaginar semejante explosión olímpica en Buenos Aires 2018. Primero, porque son chicos los que compiten. Quizá figuras del mañana, sí, pero chicos al fin. Segundo porque si bien en la Argentina existe un conocimiento del deporte en general, no abundan las disciplinas masivas. Tercero porque no necesariamente lo que es gratis resulta sinónimo de convocatoria: durante el año se desarrollan numerosos torneos de distintos deportes sin entradas pagas y solo concurren familiares y amigos.

La ceremonia de apertura fue el indicio de que los Juegos Olímpicos de la Juventud podían funcionar en la comunión con la gente. Y el primer domingo también. Igualmente, dominaba cierto escepticismo: "En días laborables no va a ir nadie", apuntaban los agoreros. Falsa presunción: el interés no decayó. ¿Hubo chicos de escuela? Muchos. Cultura que se practica en diversos eventos de mayor convocatoria (hasta aquí). Pero también asistieron muchísimos mayores que hace rato largo terminaron el secundario.

La marca "olímpico" pegó fuerte en el público argentino. También deportes con modificaciones sustanciales impactaron: ¡qué mejor muestra que el beach handball, furor en cada jornada! O el más conocido básquet 3x3. Y el hockey 5. ¿Cuánta gente va al Buenos Aires Lawn Tennis a ver un interclubes? Facundo Díaz Acosta ganó su medalla plateada con la cancha central colmada casi como en los tiempos de Guillermo Vilas o la Copa Davis.

A la vez, estos Juegos cambiaron la ecuación psicológica de chicos acostumbrados a competir casi en soledad: quien más, quien menos, todos se sintieron en el escenario de sus sueños y como si fuesen ya olímpicos mayores. Y tomaron nota de lo que es sobrellevar las presiones que se desprenden desde las expectativas populares.

Los 600.000 brazaletes parecían un chiste. Se quedaron cortos. Porque la pasión fue más fuerte.

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