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Siempre hay estímulos suficientes si el rival se llama Brasil

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Lionel Scaloni, el entrenador interino que tendrá hasta aquí su máximo desafío con la selección argentina
Lionel Scaloni, el entrenador interino que tendrá hasta aquí su máximo desafío con la selección argentina Fuente: Reuters - Crédito: Waleed Al
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13 de octubre de 2018  • 23:59

Las luces y el cartel están, no importa cuáles sean las circunstancias. Para nosotros, los partidos contra Brasil son distintos porque representan la oposición perfecta. No todos los rivales ni todos los partidos tienen la misma jerarquía, y Brasil es siempre una medida enorme.

Pero ahora bien, ¿puede modificar algo sustancial en el futuro de nuestra selección el encuentro del martes ante Brasil? ¿Marcará algún tipo de sentencia? Definitivamente, no. Los escenarios en la Argentina tienden generalmente al dramatismo y quizás haya llegado el tiempo de empezar a mirar las cosas prescindiendo por un rato de los resultados. Estamos en un paréntesis que necesita mucha reflexión, mucha calma y mucho sentido común. Tanto, que ningún resultado debería alterarlo.

No se trata de abrir un paraguas. En los papeles y en cuanto al juego, hoy por hoy parece existir una brecha favorable a Brasil, pero en el fútbol existen estímulos -la ilusión, la motivación, el orgullo- que pueden emparejar puntualmente un partido. Ahí tenemos la Copa Argentina como ejemplo más cercano. Se trata entonces de poner las cosas en el contexto adecuado.

La única ruta razonable que debería recorrer en este período la selección argentina es la de la coherencia y el conocimiento para ir dando los pasos necesarios hasta alcanzar la meta: que vuelva a ser un equipo que nos haga felices. Los logros deportivos solo deberían llegar a continuación, como consecuencia de una tarea bien hecha y no como producto del azar. Por eso, será indispensable no darle un valor desmedido al resultado, favorable o desfavorable, que pueda darse el martes. Sería muy triste que eso sucediera, y no serviría como ladrillo a la hora de reconstruir lo que alguna vez fuimos en el fútbol mundial.

Tampoco ayuda a esa reconstrucción la organización de estos amistosos sin metas claras y en rincones apartados del planeta. Me preguntaba mirando el partido contra Irak cuánta gente sabría que en ese momento, un jueves a las tres de la tarde, la selección estaba jugando en Arabia Saudita. Entiendo las necesidades del negocio. Pero al fútbol lo sostienen los hinchas, y esta realidad tan alejada de la gente disminuye el significado de una camiseta que es parte de nuestra familia.

Es una contradicción gestionar un equipo con un enfoque puramente empresarial y reclamar a la vez un sentido de pertenencia. Los vínculos hay que forjarlos y no parece que este tipo de partidos colaboren en ese sentido. Ni siquiera para los propios jugadores, que privilegian de manera entendible una semifinal de Copa Libertadores frente a un largo paseo sin un objetivo definido. En este punto sería positivo dejar de engrupirnos, de estafarnos intelectualmente, y dar mensajes claros. Incluso con la anuencia de quienes manejan la selección, que deberían comprender la coyuntura.

Pero al margen de todo esto, cualquier partido ante Brasil es una experiencia formidable, que para la mayoría de los integrantes del actual plantel llega en un momento en el que tienen más para ganar que para perder: están lejos de todo tipo de examen definitivo y tienen coartadas útiles si las cosas no salen bien.

Aunque por supuesto depende de cada caso. No es igual la exigencia para Lautaro Martínez , a quien se le abre la oportunidad de dejar una marca y enseñar todo su potencial frente a un rival de categoría, que para Paulo Dybala , que ya pasó por varias pruebas y debería empezar a demostrar que su talento está a la altura que imaginamos para conducir al equipo.

Lionel Scaloni vive una situación parecida. También para él un partido de este calibre se presenta como una posibilidad de sumar. En estas circunstancias, el tiempo es su gran aliado. Lo fortalece porque le da opciones de crecer como entrenador y de ir incrementando el mayor capital con el que puede contar un técnico: la relación de afecto que establece con sus jugadores.

Tal como se vienen dando las cosas, con muchos otros entrenadores que le van dando la espalda a la selección, si los dirigentes perciben que el equipo responde, que hay armonía en el grupo y su director muestra suficiente personalidad, para Scaloni la posibilidad de verse por más tiempo en el puesto empezará a tener cierto asidero.

Como se ve, nunca faltan estímulos cuando el rival que está enfrente se llama Brasil.

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