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El secreto de Maradona: cómo destruir con códigos

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
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13 de octubre de 2018  • 22:10

Lionel Messi debe explicaciones tras el insólito Mundial de Rusia, qué duda cabe. Todo fue demasiado extraño durante esas semanas de descontrol, y muchos siguen preguntándose hoy, entre otras cosas, qué le pasó al capitán de la selección durante el partido-debacle ante Croacia. Le haría bien, pero muy bien al "10" hablar y sincerarse. Admitir las culpas propias no disminuye, engrandece, incluso a alguien como Messi que no es grande, sino enorme.

El detalle es que Messi acumula cada vez más razones para que su explicación sea, a efectos prácticos, en abstracto. Es decir: contarnos la verdad del desastre ruso, pero ya como ex jugador de la selección. Diego Maradona y la AFA lo impulsan a dar el paso de nunca más volver a vestir la celeste y blanca. ¿Sucederá? Difícil, porque el rosarino soñó siempre con ella. Y ese sueño sigue vivo.

Vivo pese a Maradona, aquel técnico del Mundial tirado a la basura por Julio Grondona, y vivo pese a Claudio "Chiqui" Tapia, que acierta en algunas cosas al frente de la AFA, pero sigue sin entender lo que es la representación y el lugar que ocupa. Así como no debió pasearse por la concentración argentina en Bronnitsy vestido de jugador, por la sencilla razón de que es el presidente, ni presentarse como pacificador de Medio Oriente, Tapia no entiende que debe poner límites públicamente cuando se maltrata a Messi, el mayor patrimonio que tienen la AFA y el fútbol argentino. Si la idea, perfectamente factible, es que el "10" juegue en 2022 en Qatar, cuando Maradona denigra a Messi hay que frenarlo en seco. Y es muy sencillo, la frasecita en twitter se escribe en 15 segundos: "La AFA rechaza categóricamente las lamentables declaraciones de Diego Maradona, ex técnico de la selección nacional y de Lionel Messi, y recuerda lo que todos los argentinos comparten: el enorme orgullo de contar con el mejor del mundo".

A partir de ahí quedan Maradona y su maradonidad, con todo el tiempo del mundo para explicar cómo es eso de que a la pelota no se la mancha pero al capitán de su selección se lo incinera. Messi va 20 veces al baño antes de los partidos importantes y en vez de hablarle a sus compañeros se encierra a jugar a la play station, dice ese Diego custodio de los "códigos" del fútbol. Ese mismo Maradona enamorado de cuanto autoritarismo se le cruce, ya sea castrista, bolivariano o del Golfo Pérsico, y que mientras enchastra a Messi le dice "ladrón", muy suelto de cuerpo, al presidente Mauricio Macri, días después de haber afirmado lo mismo sobre Cristina Kirchner (aunque no se diera cuenta de que lo dijo). Es Maradona, ese gran inimputable.

La selección juega el martes un partido ante Brasil que llega rodeado de la mayor indiferencia que se recuerde. Orgullo en otros tiempos, la celeste y blanca es maltratada por aquel que la llevó bien alto y que tan bajo vuela hoy, pero también por los encargados de cuidarla. Es por eso, precisamente por eso, que Messi sigue siendo la mejor carta para recuperar lo perdido. Vaya una o veinte veces al baño.

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