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En una misa multitudinaria, Francisco declaró santos a Pablo VI y a Romero

Francisco
Francisco Fuente: AFP
Elisabetta Piqué
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14 de octubre de 2018  • 10:26

ROMA.- En una ceremonia solemne ante 70.000 fieles de todo el mundo, el papa Francisco proclamó hoy santos a Pablo VI y al arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, dos figuras que han marcado a la Iglesia del siglo XX, cuyo ejemplo de cercanía a los pobres y entrega total de su vida al Evangelio invitó a imitar.

Un fuerte y conmovedor aplauso estalló en la Plaza de San Pedro cuando el Papa terminó de pronunciar la fórmula en latín con la que elevó al honor de los altares a Giovanni Battista Montini (1897-1978), a quien definió como "sabio timonel del Concilio Vaticano II"- y a Romero (1917-1980), popularmente llamado "San Romero de América".

El nuevo santo salvadoreño fue asesinado por un escuadrón de la muerte el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba misa con los enfermos de un hospital, recordó el cardenal Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, que leyó una breve biografía. En plena represión social y política en su país, Romero había denunciado la violencia, la injusticia social y las torturas de parte del régimen militar que gobernaba en ese momento. Y el día anterior a su asesinato había llamado a los soldados a no matar a sus hermanos en un sermón memorable.

En una misa que concelebró junto a 120 cardenales, 500 obispos y más de 3000 sacerdotes en una jornada primaveral, junto a Romero y Pablo VI el Papa elevó también al honor de los altares a otros cinco beatos. Entre ellos, la monja española Nazaria Ignacia March (1889-1943), fundadora de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia , considerada por los bolivianos su primera santa, ya que allí misionó gran parte de su vida, que terminó en la Argentina, donde murió. De hecho, se trata de una monja especialmente venerada en el barrio de Villa Pueyrredón. Su figura podía verse en un tapiz colgado junto a los de los otros nuevos santos -una monja alemana, dos sacerdotes y un joven italianos-, en la fachada de la Basílica de San Pedro.

Francisco -que durante la misa utilizó un cinturón manchado con sangre de Romero y un báculo de Pablo VI-, en su homilía recordó que " Jesús es radical". "Él lo da todo y lo pide todo: da un amor total y pide un corazón indiviso. Jesús no se conforma con un «porcentaje de amor»: no podemos amarlo al veinte, al cincuenta o al sesenta por ciento. O todo o nada", sentenció.

En la canonización de dos figuras con las que siempre se sintió muy identificado -Pablo VI y Romero-, que quiso que tuviera lugar en medio de una reunión de obispos dedicada a los jóvenes, el Papa también hizo autocrítica. "¿Somos una Iglesia que solo predica buenos preceptos o una Iglesia-esposa, que por su Señor se lanza a amar? ¿Nos basta Jesús o buscamos las seguridades del mundo?", preguntó. "Pidamos la gracia de dejar las riquezas, la nostalgia de los puestos y el poder, las estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo", siguió. "Sin un salto hacia adelante en el amor, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de «autocomplacencia egocéntrica»", denunció.

Ante los presidentes de El Salvador, Italia, Chile y Panamá y la reina emérita Sofía de España y demás delegaciones presentes en la ceremonia, Francisco llamó a imitar a los nuevos santos, que entregaron su vida por Jesús y estuvieron especialmente cerca de los pobres. Consideró a Pablo VI un "profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres" y recordó que "en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús". "También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad", subrayó. "Es hermoso que junto a él y a los demás santos y santas de hoy, se encuentre monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos", destacó.

Clima de fiesta con miles de salvadoreños

La causa de beatificación de Romero, que comenzó en 1997, durante años fue bloqueada por sectores conservadores que lo acusaban injustamente de ser comunista y seguidor de la Teología de la Liberación. Se desbloqueó a fines del pontificado de Benedicto XVI y tomó impulso con Francisco, el primer papa latinoamericano, quien lo declaró beato en 2015.

Un clima de fiesta reinó en la ceremonia de su canonización, marcada por la presencia de 8000 salvadoreños que con banderas y pancartas invadieron la Plaza de San Pedro, muy emocionados. "Romero, que ha muerto por decir la verdad, era santo en vida y ahora está arriba y es un orgullo y un honor para nosotros, los salvadoreños", dijo a La Nación María Magdalena Fuentes, que contó que de pequeña iba a sus misas en San Miguel y que viajó junto a un grupo de salvadoreños desde Barcelona, donde reside desde hace 41 años. "No podíamos no estar en el nacimiento del primer santo salvadoreño, que dio la vida por los pobres", le hizo eco Wilfredo Amilcar Peñate, otro compatriota, que llegó desde Bruselas.

También argentinos

En la ceremonia, en la que también hubo muchos italianos llegados desde Milán, donde Montini fue arzobispo, y de Brescia, donde nació, entre miles de fieles de diversas partes del mundo, tampoco faltaron los argentinos. Entre ellos, el premio Nobel de la Paz argentino, Adolfo Pérez Esquivel -que escribió un artículo publicado hoy por el diario La Repubblica sobre "Los verdaderos enemigos de Francisco, papa humanista"-; Gustavo Martínez, que contó que viajó con una pequeña delegación del Instituto Pablo VI, de Buenos Aires; y la hermana Delia Báez Espínola, monja de la Misioneras Cruzadas de la Iglesia, la congregación de la flamante santa Nazaria March, que recordó que trabajó mano a mano con el entonces arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio, en la Villa 17.

"Fue el primer obispo que se atrevió a confirmar en una villa miseria, porque el resto enviaban a delegados. Siempre llegaba en autobús o en metro, porque nunca quería perder el contacto con el pueblo", contó esta misionera cruzada, que subrayó que "nunca pensamos que pudiera ser Papa y por eso ahora es muy especial que, conociéndonos tanto, haya sido él quien canonizó a nuestra fundadora".

Muchos sacerdotes argentinos concelebraron junto al Papa la misa de canonización. "Pablo VI fue un papa muy especial para mi vida y fue una emoción muy grande poder estar en la ceremonia de canonización de él y de Romero", dijo a La Nación el padre Eduardo De Paola, vicario parroquial en Bariloche. "Nos recuerda una época muy difícil de la Iglesia, en la que el papa sufrió mucho, como sufre este", destacó este sacerdote, que comparó la fuerte oposición que tuvo Pablo VI con la que tiene ahora Francisco, recientemente atacado por un sector ultraconservador que lo acusó de encubrir a un ex cardenal abusador. "Pero me parece que hay que tener alegría y esperanza siempre -indicó- y hay que pensar que con el pasar de los años, la gente termina reconociendo la acción de Dios en aquellos que hoy critican y rechazan, como pasó con Pablo VI".

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