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Nadie está dispuesto a ceder

Si los intereses corporativos y el individualismo extremo prevalecen sobre el bien común, no habrá cambio de rumbo posible ni esperanza sostenible
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15 de octubre de 2018  

En tiempos de dificultades se espera que los sacrificios sean compartidos. Sin embargo, eso no siempre sucede. En un país como el nuestro, en el que históricamente se buscan soluciones ejerciendo presión sobre los mismos actores, el esfuerzo resulta unilateral y, como tal, injusto.

Hoy, cuando la crisis es evidente, todos se resisten a ceder y la absoluta falta de simetría entre el sudor de quienes pagan y la frescura de quienes gastan es indecorosa.

Mientras caen las ventas y se ajustan los cinturones, hay funcionarios que continúan viajando al exterior y contabilizando sus viáticos, ajustes y retroactivos. Los jubilados de privilegio, en muchos casos sostenidos por medidas de no innovar, son protegidos por autoridades que no dan acceso a sus nombres por una confidencialidad mal entendida. Expresidentes, como Carlos Menem o Cristina Fernández de Kirchner , continúan circulando con una plétora de custodios, en tres turnos cada uno, sin vergüenza alguna.

Y cuando se discute una reducción de ingresos para quienes están habituados a gastar, el grito se escucha hasta el cielo.

Por ejemplo, el Gobierno propuso eliminar el plus por "zona desfavorable" en las jubilaciones y asignaciones del sur del país. El recorte había sido pensado para todos los haberes, pero por presión de los gobernadores patagónicos se acotó esa quita a los nuevos beneficiarios.

Ocurrió algo similar con respecto al pago del impuesto a las ganancias por los magistrados y empleados del Poder Judicial. Una ley dispuso que deben hacerlo los nuevos empleados, pero el tema se judicializó. ¿Cómo determinar cuándo un empleado o un funcionario judicial es nuevo? ¿Es nuevo cuando ingresa al Poder Judicial o cuando, por ejemplo, un secretario de juzgado es nombrado juez? Eximir de Ganancias a los jueces y empleados judiciales costará, en 2019, casi 10.000 millones de pesos, apenas un poco menos que el monto que el presupuesto asigna a la inversión en educación (gastos de capital) para el mismo período.

En las provincias, el mayor gasto está representado por sueldos de personal redundante. No obstante ello, el gobernador de La Pampa, Carlos Verna, ha eximido del impuesto a las ganancias ciertos ítems de dichos sueldos, cuando ese gravamen es federal. Siguió así el ejemplo de Santa Cruz, cuando Néstor Kirchner dictó un decreto semejante, alzándose contra el orden constitucional. Lo siguieron Chubut y Río Negro, en un contubernio cuasi secesionista.

Son innumerables los trucos, trampas y zancadillas que se diseñan para evitar el costo político de reducir gastos y las quejas de correligionarios, amigos y parientes para resistir cualquier recorte de privilegios.

El país no tendrá futuro mientras no se encare en serio una importante reducción del gasto público. Jamás se lograrán confianza ni inversiones si se actúa únicamente sobre el tipo de cambio y la tasa de interés, mientras se continúa cazando en el gallinero. Pues a los posibles inversores no les entusiasma ver ese espectáculo e imaginar que ellos también serían desplumados.

Todo esto evidencia la primacía del fragmento sobre el ideal del conjunto y una exacerbación de los intereses corporativos o del individualismo extremo por sobre el bien común.

La perpetuación de esta propensión a privilegiar las partes sobre el todo -una de las herencias más nefastas de nuestra tradición- solo podrá corregirse con un amplio consenso compartido acerca de la necesidad de un verdadero cambio.

Pero para que ese consenso sea duradero y fructífero, es indispensable comprender el alcance y el sentido del cambio. Pues no se trata de cambiar de actitud, sino de rumbo.

Un simple cambio de actitud no implica otra cosa que modernizar recursos para el mantenimiento de antiguos privilegios. Representa tan solo encontrar nuevas estrategias para sostener viejos hábitos y aggiornar la repetición de nuestros errores históricos.

El cambio de rumbo que se requiere implica la capitalización de los recurrentes fracasos para no caer en su repetición.

Si nuestra clase dirigente sigue demostrando que no puede hacer de nuestra historia una fuente de aprendizaje, la respuesta frente al desafío del cambio seguirá siendo la incapacidad para generar una esperanza sostenible. Y si no aprendemos de nuestros errores, nuestro porvenir no será otro que nuestro pasado.

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